En el Reino Unido hay un movimiento en contra de la implantación, por parte del gobierno, de la identificación digital. Lo que pretende ese gobierno es una identificación al estilo de lo que hay en China. Allí el gobierno sabe lo que haces cada minuto y, si consideran que eres chico malo, lo primero que hacen es bloquearte la cuenta corriente del banco. En Tailandia, por lo visto, están en las mismas y, al mes de haber implantado ese tipo de identificación ya había trescientas mil cuentas bancarias bloqueadas. Cuando lo del Covid, en muchos países, España incluida, trataron de implantar ese sistema por la puerta de atrás -para controlar a los no vacunados decían-. Yo conocí a unos cuantos, que no sé cómo calificarlos, que se tragaron el anzuelo. Afortunadamente, aquello no prosperó de puro burdo que era.
Estamos en lo de siempre: pagando las consecuencias de tanto fuego robado. Nos creíamos que esto de la informática solo iba a redundar en nuestro beneficio. ¡Sancta simplicitas! Sería la primera vez que un descubrimiento no acabase convirtiéndose en un quebradero de cabeza. Pues bien, el quebradero ya hace tiempo que funciona en China y, las mafias que controlan los diversos países, no van a parar hasta que clonen el sistema. Porque se trata de la única guerra que siempre ha existido y nunca dejará de existir por los siglos de los siglos: la que mantienen los gobernantes con los gobernados; el afán de control de los unos siempre, en mayor o menor medida, ha chocado con el afán de libertad de los otros. Y no se engañen al respecto, porque todas esas guerras que nos cuentan los libros de historia no fueron más que artimañas que implementaron los gobernantes cuando sintieron que los gobernados se les estaban subiendo a las barbas.
El caso es ese, que ahora le toca el turno a Inglaterra, el país en el que los gobernados, allá por el año mil doscientos y pico, hicieron firmar a los gobernantes una carta de derechos fundamentales. En mil seiscientos y pico, el rey intentó saltarse la carta y los gobernados le cortaron la cabeza. Entre esos derechos fundamentales estaba y está el de no tener necesidad de identificarse ante la autoridad gubernamental: los ingleses nunca tuvieron un carné de identidad como el que tenemos nosotros. Tienen el carné de conducir y el pasaporte, el que los tiene, pero nadie te los puede exigir si no has cometido una infracción de tráfico o quieres viajar al extranjero. Y, ahora, va el gobernante de turno -socialisto por más señas- y quiere imponer la identificación digital: no querías taza, pues toma taza y media. La pelota está en el tejado; será interesante ver de qué lado cae.
En cualquier caso, es tanto el control al que de forma sibilina nos han ido sometiendo con la cosa digital que no sé si tanta movida va a merecer la pena. Personalmente, en una actitud seguramente ilusoria, me niego a pagar con tarjeta salvo que no haya otra opción. Pienso que es verdad que el dinero en metálico es uno de los bastiones de libertad que aún nos quedan. Y también creo que, caso que las autoridades suprimiesen los pagos en metálico, no tardaría en aparecer algo que lo sustituyese, porque, sustraerse al control estatal siempre será un nicho de negocio.
En fin, ya digo, a la espera de ver de qué lado cae la pelota. Aunque, caiga del que caiga, el resultado será transitorio, porque lo que nunca va a cesar, porque no puede ser, y además es imposible, es la dialéctica gobernantes/gobernados... es una cuestión inherente a nuestra condición animal; no hay especie que, al respecto, se libre: el que manda es el que más veces hace el delicioso, como dicen los mexicanos.
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