Leyendo el Walden de Thoreau, me pasa algo parecido a cuando leí el Cuaderno Gris de Pla. ¿Cómo gente tan joven puede tener una cabeza tan madura? A los veinte Pla, a los treinta Thoreau, ya habían llegado mucho más allá de a donde he podido llegar yo a los ochentaypico, que tampoco creo que haya sido muy lejos. Pero ese es el caso, que hay gente, sin duda favorecida por los dioses y por las circunstancias, que no necesitan atravesar los desiertos de la estulticia por los que la mayoría necesitamos andar perdidos por lo menos cuarenta años y de los que muchos no consiguen encontrar nunca la salida.
Al final, te das cuenta de que en la vida todo consiste en eso, en dar con alguna salida para escapar del desierto de estulticia al que inevitablemente te arroja el deseo de emancipación que nace con las primeras oleadas de hormonas sexuales en sangre... la pubertad que le dicen. Sí, te suben las hormonas y de inmediato quieres contribuir a la perpetuación de la especie. Y para eso tienes que escapar de la protección paterna e ir por ahí a buscar pareja y construir tu nido. Pero, ¿con qué bagaje escapas? Pues, más o menos, el mismo que los israelitas llevaban cuando Moisés les sacó de la esclavitud del faraón. Era gente acostumbrada a que alguien decidiese por ella. Tenéis que hacer esto, les decían, y ellos lo hacían y, así, en vez de palos, recibían comida. ¡Pero, ay, hijo, de pronto se ven libres y con comida que cae del cielo! Los pobres están tan indefensos que se lanzan furiosos a comprar todas las motos averiadas que les venden los hombres del carromato que pasan por allí. Siempre hay hombres del carromato por todas las partes; los manda el demonio que, excepción hecha de Dios, es el único que posee el don de la ubicuidad. A la que Moisés se descuida un momento, ahí les tienes a todos bailando alrededor de cualquier ídolo.
En Walden, Thoreau, se pasa todo el rato señalando ídolos y derribándolos. Dice:
"¿Con qué fin se pica tanta piedra? En Arcadia, cuando estuve allí, no vi piedra picada. Las naciones están poseídas por la desquiciada ambición de perpetuar su memoria por la cantidad de piedra picada que dejan atrás. ¿Y si se tomaran la misma molestia por suavizar y pulir sus modales? Una pieza de buen sentido sería más memorable que un monumento tan alto como la luna. Prefiero ver piedras en su lugar... Casi toda la piedra que una nación pica se dedica solo a su tumba. Se entierra viva. En cuanto a las pirámides, no hay nada por lo que asombrarse tanto como del hecho de que pudiera haber tantos hombres degradados para gastar sus vidas en construir la tumba de un bobo ambicioso, que hubiese sido más sabio y viril ahogar en el Nilo, y arrojar luego su cuerpo a los perros. Posiblemente podría inventar una excusa para ellos y para él, pero no tengo tiempo..."
En fin, en mi descargo diré que, ni ciego de grifa me lleva a mí nadie a ver pirámides del tipo que sea. Y no necesité cuarenta años de desierto para caer en la cuenta de que ir a ver pirámides es una imbecilidad. Ahí tengo, en una estantería, treinta o cuarenta pirámides cien veces más altas que todas las de Egipto y México juntas. Pero no por eso canto victoria porque hay por ahí demasiados ídolos que ni siquiera sé que lo son, y es probable que me esté arrodillando delante de alguno para adorarle. Porque es que, si por algo morimos los humanos con las botas puestas, eso es por correr detrás de la quimera de que picando piedras se alcanza la gloria.
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