A Salomón le pasó como lo de aquel Papa que cantábamos en el colegio, que era "muy sabio con la voca pero con la polla a veces se equivoca". Así fue que, según dicen, coño que veía, coño que quería. Eso a Dios no parecía importarle demasiado; lo que no pudo tolerar es que por dar gusto a todas esas mujeres construyese altares a falsos ídolos. Así fue que decidió quitarle las nueve décimas partes de su reino; le dejo Juda e Israel se lo dio a otro rey. A partir de ese momento, el Pueblo Elegido -todos los pueblos lo son- ya dispuso de los ingredientes necesarios para poder pasar la vida dándose leña entre ellos -judíos e israelitas-. Reyezuelos a los que se les hacía muy cuesta arriba ceñirse a la ley del Dios único, como hiciera David. En realidad, con la casa de David, se cumplió el mito de las tres generaciones: padre bodeguero, hijo millonario y nieto pordiosero. David, el bodeguero; Salomón el millonario; y sus sucesores los pordioseros. Y es que Salomón sería todo lo sabio que ustedes quieran, pero a la hora de la verdad se comportó como un necio. Porque, quién siendo sabio se va a complicar la vida con tanta mujer; por no hablar de su gusto por el lujo. Quizá, lo uno por lo otro y lo otro por lo uno. A la postre, todo ello representa una feminización de los valores, lo cual vendría a ser la madre de todas las decadencias. Porque es que lo de los falsos ídolos -becerros de oro- es cosa, fundamentalmente, de mujeres... y de hombres afeminados.
La gente habla de la decadencia de Occidente y, haciendo alarde de cultura, se remite a la decadencia de Roma. Si leyesen un poco más la Biblia sabrían que es en ella en donde el asunto de la decadencia está realmente niquelado. Nos cuenta exactamente lo que ahora está pasando en nuestras sociedades. Con la feminización a la cabeza. Feminización que, lo que quiere decir, en definitiva, es pasteleo. Cualquier solución es buena con tal de que no haya mal rollo. Y venga a celebrarlo todo al margen del mérito que tenga; y venga a cultivar el "buen gusto" -pongo buen gusto entre comillas porque es un concepto que se las trae-. Así es que no hemos salido de una fiesta cuando ya estamos en otra y, entre fiesta y fiesta, a pedir dinero prestado para comprar trajes nuevos para la próxima. No hay nada más femenino, ni más degradante, que celebrar lo que no tiene mérito, es decir, lo vulgar.
Supongo que todo esto de la feminización de los valores es inevitable. De tanto criarse entre algodones. Ya no se ve por ningún lado a los niños jugando a las guerras. De darse el caso, de inmediato vendría el monitor de turno a impedirlo. Se ha entronizado la palabra paz como el tótem al que hay que sacrificar incluso la justicia, por no hablar de la libertad. Y, lo peor de todo, hemos concedido el monopolio de la violencia al poder de turno. Nos hemos convertido en seres indefensos que ante cualquier imprevisto corren a meterse bajo las faldas de mamá Estado. Y el Estado, ¡ancha es Castilla!, sin nadie que le tosa, cada vez más corrupto.
Recuerdo que cuando era niño, cuando salíamos de la escuela y no llovía, íbamos a cortar varas de avellano para utilizarlas a guisa de espadas; luego, hacíamos dos bandos, uno que defendía el portalón y el otro que trataba de tomarlo. Teníamos nuestras reglas para no hacernos mucho daño, pero eran inevitables las mataduras. Luego, de allí, si era verano, nos íbamos al río a pescar truchas a mano que era un delito bastante perseguido. El caso era correr riesgos... siempre, eso sí, con la anuencia de nuestros padres. Eran los padres bodegueros. Nosotros fuimos los hijos millonarios que corrimos sin freno tras las mujeres... de resultas de lo cual tuvimos estos hijos afeminados que no quieren otra cosa que los bailes de vampiros.
En fin, así se lo he contado porque así me parece que es.
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