jueves, 23 de octubre de 2025

El Gran Mandala

 Alan Watts fue un filósofo que tuvo cierto predicamento en la segunda mitad del siglo pasado. Recuerdo haber leído un libro suyo, El gran Mandala, que, sin duda, me dejó bastante huella. Iba de filosofías orientales que, en esencia, te vienen a decir que no te compliques la vida con chorradas. Yo no creo que pueda haber algo más sensato en un mundo como el que vivimos, porque, si ustedes se fijan, todo este tinglado socio/político/económico se sustenta en que la gente se complique cada vez más la vida con chorradas. Cuando no es un coche innecesario, es un viaje de placer a las quimbambas; y, por ansia de placer, te metes en el maldito embrollo de una segunda vivienda, cuando no, un yatecito, por no hablar de la adicción a los bailes de vampiros o al "buen gusto" en general... un sinvivir en perpetua huida hacia delante en medio de una montaña de burocracias asfixiantes. 

Vivimos en un mundo que es así y uno tiene que aprender a defenderse si no quiere acabar subsumido en la barbarie. En realidad, a lo que más se parece lo que debemos hacer para no sucumbir es, como hiciera Ulises, atarse al palo mayor de la nave que nos lleva para no poder torcer el rumbo hacia los paraísos que nos prometen los cantos de sirena que resuenan por doquier. ¿Cuántas veces no habré tenido que escuchar la milonga de lo importante que es la socialización? Sin duda, muchos piensan que soy un desgraciado porque no socializo lo suficiente. Socializar, o sea, plegarte a los gustos de la gente... ir a actividades, que así es como llaman ahora ir a sitios donde un especialista en vivir del cuento te adoctrina. Bueno, también está lo de ir a los bares, pero eso es para cuando ya has alcanzado el grado óptimo de adoctrinamiento. 

El caso es que Alan Watts nos previene contra todo tipo de sirenas de las que, al menor descuido, ya las tienes colgadas de la yugular. Porque sus artimañas son infinitas. Y más sutiles cuanto más atrapados están en el laberinto de las necesidades inútiles. ¡Mucho cuidado con la compasión!, nos dice, porque no hay emoción más traicionera. Por eso lo de ayudar a la gente es algo que hay que mirar con lupa. Y es que la sabia experiencia nos dice que en la inmensa mayoría de los casos la mejor forma de ayudar a la gente es no ayudándola; nada precipita tanto la decadencia de los pueblos como la ayuda institucionalizada... las paguitas que le dicen aquí y ahora. 

No sé a cuento de qué les he traído a colación estas obviedades. Quizá sea porque estando ayer tranquilamente sentado bajo las palmeras del paseo de la estación marítima, leyendo, por cierto, las opiniones de Thoreau sobre las visitas, se me acercó un conocido muy aficionado a enumerar los sinsentidos de este mundo en el que vivimos. Así fue que estuvimos un rato entonando cantos jeremiacos hasta que me cansé y le dije que me tenía que ir a hacer unas compras... golosinas, concretamente, para los niños de la vecindad que están a punto de venir a lo del "truco o trato" esa costumbre americana que hemos importado con el entusiasmo propio de los que piensan que haciendo lo mismo que los importantes te igualas a ellos. En cualquier caso, el invento sirve para tomar un somero contacto con la gente que te rodea, lo cual, siempre y cuando quede en somero, es cosa de agradecer. Por cierto, que, qué baratas son las golosinas; por diez euros atiborras de azúcares y grasas saturadas a todos los niños de la vecindad. 

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