lunes, 20 de octubre de 2025

Misterio

Para una de las cosas, entre otras muchas, que me ha servido la lectura insistente de la Biblia ha sido para cambiar mi percepción acerca de los mendigos. Tendía antes a pensar que darles limosna solo servía para propagar la plaga. Y, para colmo, había leído las consideraciones que acerca de esa profesión -porque profesión es- hace Mateo Alemán en su Guzmán de Alfarache. Una lectura somera de ese libro te puede llevar a pensar que los mendigos son unos jetas que aprenden a trocar al trascantón y con eso ya tienen aprendido el oficio. Sin duda había interpretado mal el asunto porque no tuve en cuenta que las circunstancias de la vida, si por un lado las puedes convertir en favorables con tu esfuerzo, por otro están sujetas al querer de los dioses, es decir, que tienen un componente de imprevisibilidad contra el que nada podemos hacer. Por eso supongo que es que la Biblia insiste una y otra vez en que seas misericordioso con los mendigos sin preguntarte nunca por el porqué de que hayan llegado a ese estado miserable. ¿O es que acaso tú piensas que estás libre de verte en una situación similar? Pues ándate con cuidado con tu soberbia porque se te puede disparar y llamar con ello la atención de los dioses, que ya sabes lo mal que soportan ese pecado. Sí se da el caso, ya te puedes poner a buscar una puerta de supermercado que este libre -que no es fácil-para tomarla de asiento. 

Comentábamos esta mañana acerca del misterio por el cual se encadenan las circunstancias de la vida que, lo mismo que te pueden llevar a ganarte el pan trocando al trascantón por las ciudades de la Italia renacentista, pueden llevar a una persona nacida en un barrio humilde de extrarradio de una ciudad de provincias a ser catedrático en una universidad de un país del otro extremo del mundo. Pues sí, al margen de la desidia del uno y el insistente esfuerzo del otro, hay en esos resultados finales un cierto componente misterioso que nunca podemos perder de vista. Y por eso precisamente es que, yo, que no es que no me haya esforzado, pero que, también, he hecho tonterías para dar y tomar, me pregunte muchas veces, al verme cómodamente instalado en el reclinable de Ikea, con mis guitarras aquí al lado, cómo ha podido ser que los dioses me hayan favorecido tanto... porque méritos para que fuese lo contrario no me faltan. 

En resumidas cuentas, que unos dicen que todo es cuestión de libre albedrío y, otros, que estamos predeterminados; y por esas falsas convicciones se han andado matando a lo largo de los siglos. Tanto lo uno como lo otro, no sería más que hemiplejias morales, que diría Ortega. Todos somos un conjunto de todo y si hoy te sientes predeterminado, mañana pensarás que fue el libre albedrío el que te llevó a donde estás. Por eso no merece la pena darle vueltas al asunto; bastaría con sentir compasión cuando ves a un mendigo... bueno, la verdad es que mi percepción del asunto no solo la cambió la Biblia; la cosa también me viene de mi admiración por Bukowski: le dio un día cinco dólares a un mendigo alcoholizado y, éste, le dijo: "no lo voy a gastar en vino"; "¿por qué? -le respondió Bukowski- yo sería lo primero que haría". 

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