viernes, 24 de octubre de 2025

El arrepentimiento

Cuando iba acabando mis estudios de medicina se me presentaron muy jugosas oportunidades para haberme dedicado a la actividad privada, pero por alguna circunstancia de la que en absoluto era consciente ya estaba infiltrado hasta los tuetanos de marxismo cultural. Por eso fue que me parecía infinitamente superior en el plano moral -¡qué cosa tan fea lo de ganar dinero a costa de la enfermedad, o sea, el sufrimiento, de los demás!- convertirme en funcionario. No necesité mucho más de diez años de ejercicio profesional en los hospitales del Estado para convertirme en una piltrafa que vegetaba entre piltrafas. Vivía en una continua huida hacia adelante en el inútil intento de olvidar mi miserable condición. Hasta que, por algún tipo de gracia divina, saqué fuerzas de flaqueza y salté por el portillo del caer en la cuenta. Como siempre pasa en estos casos, tuve que andar unos años vagando por el desierto antes de conseguir una razonable reconciliación conmigo mismo. La primera treta del trato, desde luego, consistió en reconocer sin paliativos que la cobardía había sido el motor de mi fracaso existencial. 

Como ven, es una historia de lo más vulgar y no por otra cosa sino porque la cobardía es la condición predominante en el mundo.  Nietzsche lo deja meridianamente claro cuando explica como las especies débiles siempre van en manada para defenderse de las fuertes. No otra es la filosofía del marxismo cultural: tots plegats, como dicen en Cataluña; da igual que lo llamen comunismo, que lo llamen fascismo, o cualquier otro sinónimo que se quieran inventar, el caso es que el individuo sea solo un número... el de la cartilla de la seguridad social. 

Les contaba estas milongas a propósito de un artículo que me enviaron ayer: "El arrepentimiento del exilio republicano: "la izquierda pensaba que iba a ganar cualquier guerra civil". Todos los que han sido imbéciles alguna vez en la vida fue porque "pensaron que...". ¡Pobrecillos! No pensaron nada; simplemente se dejaron arrastrar por su cobardía. Por eso se adhieren a cualquier ideología, que vendría a ser la ortopedia que utilizan los discapacitados para seguir arrastrándose por el mundo. La superioridad moral, en definitiva. ¿Conocen alguna ideología que no se sustente en esa falacia? 

En fin, los exilados. Conocí a uno -al que las circunstancias me llevaron a tener que hacerle una broncoscopia-, que había sido miembro del gobierno español en el exilio. Había regresado a España como un corderito. Recuerdo que me regalo una moneda de plata con el escudo de México. No sé a dónde iría a parar aquella moneda. Hoy día, seguramente hubiera sido más cuidadoso.  

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