(No hay verdades científicas, solo ciencia reproducible. Entonces se convierte en teoría, pero no en ley. Y tampoco verdad. Ha habido leyes fundamentales de la física que han sido anuladas. Ley no es verdad. Ley es ley y, en ciencia, la ley puede ser revertida.)
Ya ven, algo tan sencillo de entender parece ser que no está al alcance de muchas de las mentes que se sientan en los escaños de los parlamentos de toda calaña, porque, otra cosa no, pero parlamentos los hay ahora hasta en la sopa. Les digo esto porque ayer me mandaron un vídeo en el que se veía a un científico chocando frontalmente con unos parlamentarios por la cuestión esa tan chusca del cambio climático. A los parlamentarios, como cuando lo de la falsemia, no se les apeaba de la boca la palabra ciencia con todos sus derivados semánticos. Es lo que tiene el no querer creer en Dios, que de inmediato te pones a adorar a los dioses más absurdos. ¡Dios mío, las barbaridades que no se habrán cometido en nombre de la ciencia! Más o menos las mismas que se han cometido en nombre de cualquier Dios que no sea el verdadero... es decir, esa abstracción que nos hemos fabricado para aliviar la angustia que nos produce el no encontrar respuesta a las grandes cuestiones. Desde que le hemos descubierto nos basta con pensar que las cosas son como son porque así las tiene Él dispuestas. Lo único que tenemos que hacer, entonces, es confiar, guardar su ley no escrita, y dejarnos llevar de su mano sabiendo que, mientras le seamos fieles, no nos abandonará. Ya sé que es una ilusión, pero funciona como nunca funcionó nada en la Tierra.
La ciencia, habría que decir a esos parlamentarios, es ese fuego que robamos a los dioses y que, después, se nos va de las manos y causa grandes catástrofes. Esto es algo que se sabe, más o menos, desde que Apolo dejó conducir a su hijo Faetón el carro del sol. Ahí nos queda, como recuerdo de aquella veleidad, el desierto del Sahara. Luego, Hesíodo, versificó el asunto con lo que todo quedó niquelado. Así que, el que no lo entienda -como esos parlamentarios que les decía-, es, sencillamente, porque está afectado por carencias estructurales básicas. Que no otra es la gran tragedia del mundo, las carencias estructurales del hermano tonto de Prometeo, Epimeteo, que para desgracia de la humanidad fue el encargado de hacer el reparto de dones entre las especies.
Pues sí, ahí están todos esos Faetones y Epimeteos, partiendo el bacalao desde sus escaños parlamentarios. Y así nos va. Pero ¿cómo pudimos consentirlo? Pues por lo mismo que Apolo consintió a Faetón o Prometeo a Epimeteo, por decadencia. El esquema se reproduce ad infinitum. Así que no podemos esperar otra cosa que unos cuantos desiertos como el del Sahara repartidos por el mundo. Ya ven, ahí están todos esos Faetones y Epimeteos que se acaban de cargar unos cuantos millones de personas con las vacunas y como si nada porque fue en nombre del dios ciencia. Y están echando unas mierdas en el cielo para cambiar el clima que, a saber qué regalito nos reserva de rebote. Por no hablar del uso que están haciendo de lo digital, que, por cierto, ayer hizo un comunicado al respecto Pável Dúrov, el fundador de Telegram, en el que nos avisa de que ya se nos pueden ir poniendo los pelos de punta porque la cosa no va a ser para menos.
Así son las cosas de este mundo, por cada Prometeo que sabe que no sabe hay millones de Epimeteos que viven convencidos de que saben lo que no saben. Cojan, por ejemplo, ese libro sobre la ciencia médica de Vernon Coleman. Por cada vida que salva un buen médico mueren mil personas a manos de los malos médicos. La historia da cumplida cuenta de esa realidad que no quiere cesar, seguramente, porque Él Todo Poderoso así lo tiene dispuesto.
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