miércoles, 8 de octubre de 2025

Saber prescindir

 Mi principal habilidad, dice Thoreau, es la de saber prescindir. ¡Uno se siente tan seducido por tantas ortopedias como ofrece el mercado! En vez de utilizar las piernas, te colocas bajo el culo un vehículo a motor que te lleva mucho más rápido y más lejos. Así te hace tener la sensación de que estás aprovechando mucho más la vida. Pero es solo una sensación que, una vez analizada, deja muchos cabos sueltos a la verdadera satisfacción que siempre estará ligada a la necesidad. ¿De verdad necesitaba yo ir tan rápido y tan lejos? ¿Para hacer qué? Desde luego que, no sé ustedes, pero, lo que es yo, en la actualidad vivo convencido de haber perdido miles y miles de horas a causa de haber comprado un día esa ortopedia que te colocas bajo el culo para ir a sitios en los que no se te ha perdido nada.

Es una cuestión de economía, de cálculo, de saber llevar las cuentas. Y, también, de saber resistirse a la corriente de estulticia generalizada. Saber decir: ¡no, gracias!... tanto a los demás como a uno mismo. Porque, los demás, se pasan la vida tratando de autoafirmarse en sus convicciones por medio del infantil procedimiento que es el hacer proselitismo: ¡no hay nada que se pueda comparar con el viajar!, gritan como posesos en los bailes de vampiros a los que acuden tan pronto abandonan por un rato la somnolencia en la que viven a perpetuidad. ¡Los pobres! ¡A cualquier cosa le llaman viaje! Pero eso no es nada comparado con la dificultad de saber controlarse; a la que te bajan un poco las hormonas que propician el bienestar interior ya eres presa fácil de todas las insinuaciones. Mantenerse firme, entonces, exige atarse al palo mayor de la nave, cual hiciera Ulises. 

El caso es que Thoreau demuestra con números lo barato y asequible que es vivir a tu bola. El mejor trabajo, dice, es el de temporero: con seis semanas al año se tiene de sobra para satisfacer las verdaderas necesidades. Y es que las verdaderas necesidades son muy baratas. "De balde compra, el que compra lo que ha de menester", se decía en aquella España del Siglo de Oro. Y es que de siempre se ha sabido que lo de las necesidades es el gran negocio del diablo. Las crea en donde no las hay y ya tiene a legiones de incautos encadenados y picando piedra en la cantera.

Bueno, todo esto es muy manido y allá cada cual con cómo se lo monta. Yo no quiero, dice Thoreau, que nadie haga como yo. Lo interesante del mundo es que no haya dos personas iguales; que cada cual pueda escoger su propio camino... por más que la mayoría de los caminos no sirvan para otra cosa que para engendrar pestilencia. Aunque esto de la pestilencia es algo muy personal: la mayoría, se podría decir, vive a sus anchas dentro de ella... y no por nada, sino porque el demonio les ha hecho confiar a ojos ciegas en las vacunas. ¡De qué te vas a preocupar si la ciencia tiene remedios para todo!  En fin, lo dicho, allá cada cual con sus elecciones.

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