jueves, 2 de octubre de 2025

¡Viva las caenas!

Cuando Tocqueville se dio una vuelta por los incipientes EEUU de comienzos del siglo XIX tomó buena nota de un hecho sorprendente por paradójico: los negros esclavos del sur vivían mejor que los negros libres del norte. Aquella era una época en la que el asunto de la esclavitud hacía furor; unos la querían abolir y otros mantener. Los del sur que se dedicaban a la agricultura, mantener; los del norte, que eran predominantemente industriales, abolir. La cosa, como todo en este mundo, no era en absoluto inocente ni propiciada por cuestiones morales, sino por el cálculo económico. A la agricultura le salía más baratos los obreros esclavos y, a la industria, más baratos, los libres. Es por el dinero por lo que la gente se mata, aunque, luego, para tranquilizar la conciencia, se quiera hacer ver que es por cuestiones morales. El sur agrícola y el norte industrial no tardaron en entrar en guerra, poco después de la visita de Tocqueville, y, los victoriosos, los abolicionistas, se apresuraron a revestir su triunfo de justicia divina. O sea, igual que ha pasado y pasará con todas las guerras: nunca las ganaron, ni las ganarán, los malos de la película.  

Por cierto, que Aristóteles filosofa largo y tendido sobre la esclavitud, para justificarla, por supuesto. Hay que tener en cuenta que en tiempos de Aristóteles la sociedad era predominantemente agrícola; muy otras, sin duda, hubieran sido sus deliberaciones, si aquella sociedad hubiera tenido un componente industrial significativo. Así todo, las cosas no son sencillas. Recuerdo una película española, de por los años setenta del siglo pasado, en la que Fernando Fernán Gómez interpretaba a un profesor universitario que decide, por considerarlo muy ventajoso para él, contratarse como esclavo en casa de una familia acaudalada. Allí lo tenía todo resuelto a cambio de educar a los niños de la casa. Comida a las horas, casa caliente en invierno, ropa limpia y, sobre todo, nada de burocracias. Y, para redondear, seguro que había por allí alguna criada a la que hacerla pasar un buen rato. 

Pues sí, señoras y señores, es mucho más paradójico de lo que a primera vista pudiera parecer esto de la esclavitud. El libro de Thoreau que estoy leyendo no para de incidir sobre tal paradoja. No cabe duda de que, para Thoreau, civilizarse es, en gran medida, esclavizarse. El proceso civilizatorio no es otra cosa que convertir en necesidades perentorias lo que son caprichos prescindibles. Al final, el pretendido civilizado no hace otra cosa en su vida que correr tras las quimeras que alguien le metió en la cabeza. No sé ustedes, pero servidor tiene sobrada y cumplida experiencia sobre el particular. 

Porque ese es el asunto, que nos han hecho creer que los que viven en casas confortables piensan mejor, que es de lo que se trata, que los que viven en tiendas. Pues yo les puedo asegurar que eso es mentira; allí donde hay hombres, dice La Bruyere en uno de sus aforismos, se piensa correctamente. El problema entonces, sería, que muy pocos llegan a hombres; la inmensa mayoría prefiere instalarse en la infancia permanente, siempre a la búsqueda de padres castradores... se vive tan seguro a la sombra de un padre castrador; de qué, si no, iba a existir el socialismo. ¡Sí señor, viva las caenas! 

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