Decíamos ayer, que hay por ahí un a modo de sed de libertad. Es raro que en cualquier conversación que mantengas con quién sea que viva de su trabajo, es decir, que no sea o haya sido funcionario, no salga a relucir el término en cuestión. Y nunca faltan las comparaciones con la que había hace treinta, cuarenta e, incluso, más atrás, cuando al régimen político imperante se le consideraba una dictadura. Yo diría que, más que caerse del caballo, lo que está haciendo la gente es tirarse en marcha porque sienten al caballo desbocado y seguir cabalgándole a toda costa tiene el final cantado: ser tragado por las arenas del desierto... nada nuevo, en definitiva.
Claro está que, al ser la libertad, diría yo, el asunto subjetivo por antonomasia, es muy difícil que resuene al unísono con la suficiente intensidad como para producir por simpatía una conmoción en las conciencias. Así todo, la historia está llena de momentos en los que esa conmoción se produjo, haciendo que, con ello, el ser humano diese un salto hacia delante en su primigenia aspiración de constituirse como individuo frente a la opresión de la comunidad. Bueno, quizá, podría ser que estuviésemos en uno de esos momentos gloriosos, aunque, en esto, toda prudencia es poca, porque si por algo nos caracterizamos los humanos es por nuestra irreprimible tendencia a ver la realidad con los ojos del deseo.
Es lo que tiene la subjetividad, que, las más de las veces, no sabes de que estás hablando cuando estás hablando de lo que sea. De ahí que la sabiduría popular diga que, en boca cerrada no entran moscas. Si haces el ejercicio de pararte a pensar en el significado de las palabras que utilizas en tus juicios de valor, caerás en la cuenta de que andas muy verde. Y con la palabra libertad, ya, ni te digo: verde y medio. Por eso fue el que, ayer, tras haber titulado mi post en este blog «Sed de libertad» me quedase una preocupación semántica que trate de aliviar viendo un vídeo en el que el profesor Axel Kaiser estaba haciendo para los alumnos de no recuerdo qué universidad el desmenuzamiento semiológico de la palabra en cuestión.
Así fue que se vino a dar en Locke, un médico y filósofo inglés del siglo XVII. Por cierto, si eres médico sin ser filósofo, más vale que no sigas adelante... pero éste es asunto para otra ocasión. El caso es que Locke dejó el concepto de libertad bastante niquelado. Dijo que la libertad natural consiste en organizar tu propia vida como te dé la gana disponiendo a tu antojo de tus propiedades, eso sí, todo ello dentro de los límites que te marca la ley natural, es decir, las leyes no escritas del cielo que decían los viejos griegos o, si mejor quieren, las que Dios le dictó a Moisés en el monte Sinaí. Esa es la limitación sin la cual ni siquiera el más fuerte podría ser libre.
El caso es que, hasta la independencia de los EEUU y, concretamente, a través de la constitución que redactó Jefferson, nunca se habían puesto por obra, al menos en teoría, tan elementales principios y, eso, por la sencilla razón de que el poder siempre supo el sitio en dónde le apretaba el zapato que no es otro que la libertad de elección que proporciona la propiedad privada... y, como lo supo, y lo sigue sabiendo, nada tiene de extraño este empeño de nuestros gobernantes en expoliar a la gente con impuestos, so capa de que con ello se promueve el bien común, estado del bienestar, etc., en fin, mandangas todas ellas con las que se trata de ocultar la verdadera intención que no es otra que privar al personal de toda posibilidad de elegir. La verdad es que si los gobernantes no fuesen analfabetos funcionales sabrían que, si no todas, casi todas las revoluciones trajeron causa, precisamente, del expolio fiscal.
Resumiendo, que, como escribía Juan de Mariana, cuando el gobernante se pasa con los impuestos, lo suyo es ir a por él y liquidarle. ¡A ver si es verdad! Porque, lo que es apetecer...
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