Titulaba ayer mi post en este blog «Apetece fusilarlos»; pues bien, esa apetencia la he copiado de aquellos portugueses de cuando la que se dio en llamar Revolución de los Claveles por la sencilla razón de que la gente se acercaba a los soldados armados y metía el tallo de un clavel por el cañón de sus fusiles. Como ven, poético a más no poder. Corrían los primeros setenta del siglo pasado y los españoles revoltosos nos acercábamos a Portugal para adorar lo que nos parecía ser el Santo Grial de la libertad hallada y, de paso, disfrutar de los precios comparativamente muy favorables respecto de los de España. Fue entonces cuando vimos en una plaza céntrica de Lisboa una gigantesca pancarta con ese lema: al pueblo llano portugués le apetecía, y razones no le faltaban, fusilar a quienes fuera que hubiesen sido los que habían estado enviando a la juventud del pais a morir en las guerras coloniales africanas que, a la vista de lo que había en la metrópolis, para nada habían servido a efectos de mejorar el nivel de vida del pueblo llano. Así ha sido por lo general la historia de la humanidad: gente muriendo en guerras sin sentido para favorecer los intereses de no se sabe quiénes que, por lo general, andan merodeando por los salones de los palacios. Y lo natural, entonces, es que a la gente le apetezca fusilarlos, aunque, todo hay que decirlo, las veces que, eso que llaman pueblo, ha pasado de la apetencia a la acción, por lo general, ha errado el tiro y ha matado a los que nada, o poco, tenían que ver con sus tribulaciones. Los verdaderos culpables, las más de las veces, se van de rositas. ¡Pelillos a la mar!
Pero el caso es ese, que, por más que se suela errar el tiro cuando se pasa a la acción, el consuelo de la apetencia nunca se lo podrán quitar al pueblo llano. No hay más que ver los vídeos que corren estos días por las redes sociales a propósito de lo que está pasando en Ceuta. ¿Y qué es lo que está pasando? Pues, muy sencillo, algo que beneficia a alguien. Ya se lo dijo el infradotado José Luis Zapatero a micrófono cerrado, que resultó estar abierto, al repugnante político, disfrazado de periodista, Iñaqui Gabilondo: nos conviene que haya tensión. Sin duda, en esta ocasión, a alguien le convenía que hubiese toda la tensión posible, porque, como cuando aquello de la pandemia, lo que ha pasado ahora ha sido de todo menos natural. Es imposible concebir que a un país como España, que gasta cada año miles de millones en sus servicios de información, se le pase por alto que justo al otro lado de la frontera hay preparativos, que habrán llevado meses, para una invasión tipo Marcha Verde. Ya digo, como cuando lo de aquella pandemia en la que sólo había muertos en la pantalla del televisor y, eso sí, tensión por un tubo.
Si, señoras y señores, les vuelvo a advertir como les advertí cuando la pandemia, no se dejen arrastrar por las emociones porque esto de Ceuta no es más que un movimiento táctico del poder en curso dentro de su estrategia general de tensión social a cualquier costo. Y así seguirán hasta que el asunto se les vaya de las manos y el pueblo llano pase de la apetencia a los tiros a voleo... pónganse a resguardo entonces, porque solo estarán libres de peligro los verdaderos causantes del desaguisado.
En fin, como les iba diciendo, otra más de doctrina Zapatero... o, si mejor quieren, del poder en curso en todo tiempo y lugar. ¡Jo, qué premonitoria resultó ser la advertencia que hizo Dios a los judíos cuando estos le pidieron un rey! Ese pasaje de la Biblia tendría que estar transcrito en grandes cartelones en todas las plazas de todos los países del mundo. Pero, ya ven, la gente en general lo que quiere es seguir bailando la yenca: izquierda, derecha, izquierda, derecha, un paso adelante y otro hacia atrás. ¡Qué puto aburrimiento!
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