El ser humano nunca paró ni parará de hacer esfuerzos inútiles para torcer el brazo a la naturaleza, o a Dios, o como quieran llamar a este todo en el que estamos inmersos como una gota de agua lo está en el océano. ¡Con lo que duele que te tuerzan el brazo! En realidad, todo eso que llamamos educación no es más que un puro torcer el brazo entre continuos gritos de dolor. ¡Y qué le vamos a hacer si no hemos dado con mejor procedimiento para conservar la especie! .
Pensaba en estas cosas porque al abrir hoy el ordenador lo primero que he tenido ante mis ojos ha sido el anuncio de una serie de cachivaches con los que se pretende conseguir que los perros caguen y meen en casa. No cabe duda de que es una muy loable pretensión porque hasta el más furibundo animalista coincidirá conmigo en que veinte, o más, millones de perros, cagando y meando por las calles de nuestras ciudades, constituyen un problema sanitario de primera magnitud. Pero, -¡los perinquinosos peros!, que decía Gracián-, ¿qué es un perro que no puede cagar y mear por la calle?, o sea, un perro que no puede marcar territorio. Sin duda otra torcedura de brazo por la que a buen seguro se verá compelido a lanzar incesantes gritos de dolor. Lo escucho a diario por las ventanas que dan al patio: hay un par de perros que se pasan la mañana gimiendo como almas en pena.
A mí todo esto me recuerda mucho a los libros del Marqué del Sade: Justine o los infortunios de la virtud. Aquellos monjes que tenían a Justine siempre en la posición idónea por, si les daba un pronto, poder desahogarse al instante. ¿Qué cosa más virtuosa para un animalista que un perro? Sus dueños les torturan con manifiestas señales de gozo. Recuerdo a uno de aquellos proscritos de Alar al que sus hijos le habían traído un perro para que le hiciese compañía. Cuando íbamos al monte el perro disfrutaba como un chon en un patatal; corría detrás de todo animalillo que olfateaba y aquello no le gustaba un pelo al proscrito. Se lo dijo a sus hijos y los hijos le trajeron un collar eléctrico; mano de santo. A partir de entonces lo que más nos divertía de aquellos paseos por el monte era ver cómo el pobre perro quedaba paralizado cada vez que iniciaba una expansión: todo era ponerse a correr y el proscrito apretar el botón. El hombre estaba feliz con aquella solución tan sofisticada. Y nada, el perro como si tal, seguía en la posición idónea.
En fin, qué vida esta. El caso es tener a alguien a quien torturar para poder mantener un cierto equilibrio mental. Debe de estar en nuestra condición de la misma manera que necesitamos ingerir alimentos. Quizá no sea más que un mecanismo de resarcimiento por lo mucho que nos torcieron el brazo en la infancia. ¡Vete tú a saber! Pero, en cualquier caso, para los que en los animales solo vemos proteínas aprovechables, el hecho de que se inventen cachivaches para que caguen y meen en casa por lógica elemental nos tiene que parecer una buena cosa... así podremos pasear por las calles sin tener que tener todo el rato la vista pendiente del suelo.
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
ResponderEliminarQué barbaridad, la moda de tener un perro para sustituirlo por hijos. Conozco un montón de gente así , por estos luteranos lares. A mí me han gustado siempre los perros, pero los que yo educo. Aquí en el campo, siempre he tenido algún terrier bichero, por lo de las ratas, los topos, que si los dejas , te arruinan la propiedad. Mismo el Terrier que tengo ahora. Barrunto, que es más inteligente que mucha de la gente, la gente a la que conozco. Nunca tendría un perro en un piso en la ciudad, qué barbarie, además cagando en casa... ya lo hacen, hace tiempo, con los gatos. Por cierto , en la Postguerra Pizarraleña de mi padre, acompañaban a los guisos de arroz
ResponderEliminarPues sí, los perros, como los gatos, tienen derecho a tener un empleo digno. Lo sé bien porque soy de pueblo, de cuando los pueblos eran pueblos.
ResponderEliminar