Ayer había concurso de olla ferroviaria en Maliaño, justo en el parque Cros, donde está la terraza en la que me suelo sentar a tomar un piscolabis. Con tan fausto motivo, el olor a leña quemada y guiso potente lo impregnaba todo. Tengo que reconocer que, en cuanto a olores, aquel entorno ha mejorado una barbaridad; cuando era niño había allí una fábrica de fertilizantes que emitía al aire un olor a pedo; siempre que pasábamos por allí, camino de Santander, mi madre nos hacía la gracia del «yo no he sido». Así todo, en el centro de Maliaño hay un panel informativo sobre la calidad del aire en el municipio e, invariablemente, dice que es, unas veces mala y, otras, muy mala. Pero a nadie parece importarle lo más mínimo si nos atenemos a la animación que siempre suele haber por calles, parques y, sobre todo, los centros deportivos, que los hay a dojo, como dicen los catalanes.
En cualquier caso, lo de la olla ferroviaria —por todo el barrio hay carteles anunciando concursos de olla ferroviaria en los más recónditos lugares de la región— es para hacérselo mirar. Porque mira que hay que estar aburrido para ponerse una mañana de verano a hacer un guisote en mitad del parque... con toda la parafernalia que se necesita trasportar para tales menesteres. En fin, como diría Félix de Azúa, con tal de no ponerse a estudiar, lo que sea. Lo que sea, con tal de que haya que ponerse un uniforme para ello. Todos los concursantes de ayer, por supuesto, iban uniformados color butano. Uniformarse, o sea, hacerse indistinguible, fusionarse con la masa, que no por otra causa es que Ortega los llame hombres masa, un fino eufemismo de lo que todo el mundo conoce con el peyorativo nombre de chusma.
La Rebelión de las Masas, que como les iba diciendo, ando releyendo estos días, va precisamente de eso, de ollas ferroviarias, es decir, de cómo el hombre uniformado se va apoderando de todos los espacios públicos, imponiendo en ellos sus preferencias, porque, si algo caracteriza a ese tipo de pobre desgraciado es el estar en posesión de multitud de preferencias, todas ellas, eso sí, no por pequeñas menos molestas para quien pretende, sin éxito, mantenerse al margen de la fiesta.
Sea como sea, el caso es que yo me tomé el pincho de tortilla y esperé, observando el entorno, a que se enfriase la infusión de gengibre con limón. Y tengo que confesarlo, algo de envidia me daba por el no estar capacitado para sumarme a ese tipo de eventos. ¡Se les veía tan felices! Justo igual que los niños en sus parques a guisa del paraíso hallado. No sé, en fin, qué coño estoy haciendo yo aquí con mis cultas aficiones que me apartan de cualquier tipo de comunión con los santos inocentes... porque, a la postre, qué puede haber mejor en esta vida que el dejarte arrastrar por la corriente y no enterarte de nada. ¿Es que acaso no se va tan pronto el carnero como el cordero? ¡Sancta simplicitas!, como se decía de aquellos que iban a ver como quemaban a un hereje y tiraban el mondadientes a la hoguera, porque alguien les había convencido de que así, echando leña al fuego, ganaban una indulgencia plenaria. ¿Puede haber en esta vida un logro superior al de una indulgencia plenaria? ¡Piénsenlo!
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