Decir que la libertad individual tiene uno de sus principales puntales en el libre comercio es una obviedad tan manifiesta que casi da vergüenza mencionarla. Y por eso es el que las autoridades usen sibilinamente el comercio para limitarnos la libertad; de hecho, de una forma u otra, el comercio siempre está intervenido de manera arbitraria, es decir, sin más justificación que la de obtener los máximos beneficios, tanto fiduciarios como represivos, por parte del poder en curso. De hecho, del grado de esa intervención arbitraria es de donde vienen gran parte de las diferencias de desarrollo de los pueblos. Cuanta más intervención, menos competencia; cuanto menor es la competencia, menos innovación habrá... todo es de Perogrullo, pero vete tú a explicárselo al que manda.
Pero, por muy amantes que seamos del libre comercio, no podemos olvidar, que una parte muy significativa del comercio tiene las mismas connotaciones morales que el toco-mocho. Recuerdo lo que la gente en general se reía con aquellas películas de Toni Leblanc y compañía en las que el argumento iba de timar a los incautos. Siempre ha hecho gracia el ver como los pillos de la ciudad engañan a los ingenuos de pueblo. Pues bien, eso ya quedó atrás; ahora son los pillos de la ciudad engañando a los tontos de la ciudad, porque la ciudad ya hace mucho que dejó de espabilar a la gente. De hecho, las tres cuartas partes, por decir una cifra modesta con la finalidad de no equivocarse, de los negocios de la ciudad son puro toco-mocho. Ayer iba dando un paseo en bicicleta y, al pasar por Nueva Montaña, justo enfrente de la puerta principal del Corte Inglés, vi eso que les muestro en la foto: un chiringuito a modo de fuente de la eterna juventud. "Cámara de Colágeno Híbrida" ¿Se pueden imaginar ustedes una mayor sinvergüenzonería? Estimula la producción de elastina, colágeno y ácido hialurónico. ¡A ver quién da más! Pues nada, ahí está ese negocio que, a juzgar por el montaje y lo que resiste, tiene que estar sacando pingües beneficios del timar a los idiotas. O, más bien, a las idiotas.
Así son las cosas de la libertad; fundamentalmente aprender a convivir con la mentira que lo impregna casi todo. Y ahí, en saber identificar ese "casi", es donde reside toda la sabiduría posible. Cuando uno es viejo y se pone a pensar en todos los anzuelos en que picó... bueno, qué les voy a decir que no sepan ustedes. ¡Y menos mal si puedes tener unas acaballas más o menos libres de imbecilidad! Quizá sea a eso a lo único que se puede aspirar en esta vida.
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