Sabido es que cuando el mono se bajó del árbol, una de las primeras cosas que hizo fue concebir a los dioses. Y ¿qué era un dios? Pues muy sencillo, un ser que poseía lo que más ansiaba el mono sin poder conseguirlo nunca ni, ni siquiera, aproximarse a ello. Y ¿cuáles eran esas posesiones?: la inmortalidad, la omnisciencia y el don de la ubicuidad. El caso es que, consciente o inconscientemente, el mono no ha hecho otra cosa desde que piso tierra que esforzarse por conseguir algo de esas tres posesiones divinas. Y lo curioso del caso es que, con las cuatro cosas que ha aprendido, ha llegado a creerse que ya está a dos pasos de la ansiada meta.
A mí todo esto me maravilla. A veces miro alguno de esos videos en los que enseñan las obras de ingeniería que están llevando a cabo los chinos; todas ellas tienen el denominador común de aspirar a lo sobrehumano. Esa parece ser su única motivación, la misma, por cierto, que movió a los egipcios a construir las pirámides. Es todo de una ingenuidad apabullante... en nada difiere del columpiarse en las ramas de las que un día bajaste. ¡Por Dios Bendito, con lo bien que se está contemplando puestas de sol mientras escuchas los gritos de los niños que juegan a lo lejos!
La perspectiva de las cosas que te da los muchos años vividos es que la inmensa mayoría no te sirvieron para nada cuando creíste haberlas conseguido. Recuerdo todos aquellos cachivaches que aprendí a manejar y que tanto me costó comprender que solo eran un trampantojo para ocultar mi ignorancia. Claro, los demás, que eran tanto o más ignorantes que yo, me veían manejarlos y me daban crédito, lo cual me ponía ufano, o sea, idiota perdido. Luego, muchos años después, cuando aprendí algo de matemáticas, me di cuenta de que cuando manejaba aquellos aparatos estaba haciendo poco más o menos lo que los monos cuando se columpian en las ramas.
Reflexiona Ortega sobre la técnica y las repercusiones que sobre el alma humana tiene su manejo. «Pero repito, dice, me sorprende la ligereza con la que al hablar de la técnica se olvida que su víscera cordial es la ciencia pura, y que las condiciones de su perpetuación involucran las que hacen posible el puro ejercicio científico. ¿se ha pensado en todas las cosas que necesitan seguir vigentes en las almas para que pueda seguir habiendo de verdad "hombres de ciencia"? ¿Se cree en serio que mientras haya dólares habrá ciencia? Esta idea en que muchos se tranquilizan no es sino una prueba más de primitivismo.»
En fin, uno fue aquello a lo que no supo resistirse. Es decir, todo el primitivismo imperante revestido de sabiduría. Hubiese caído a tiempo en mis manos la semblanza que Luciano de Samosata hace de Demonacte y, seguramente, otro gallo me hubiera cantado. Demonacte, un hombre con todos sus atributos. Por ahí hay que empezar, por saber cuáles son los atributos de un verdadero hombre. No es fácil, desde luego.
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