jueves, 25 de junio de 2026

Disonancias.

Hemos de suponer que la naturaleza es sabia. Eso que llamamos naturaleza que, para algunos, vendría a ser lo que para otros es Dios, o sea, esa fuerza misteriosa que mantiene la armonía del universo y, por ende, de todo lo que existe. La armonía, bien seguro, con sus disonancias que son las que hacen que la música tenga interés, no aburra y, por tal, se eternice. Nosotros, los humanos, como parte del invento, también estamos sometidos a esas disonancias armónicas que son las que hacen que sintamos la vida... sin disonancias, la vida sería como esa música que llaman de aeropuerto, precisamente, porque es en los aeropuertos en donde suena y suena y nadie parece oírla. 

Las disonancias se producen cuando se juntan dos sonidos producidos por vibraciones del aire con frecuencias muy dispares. Cuando la relación de las frecuencias es de uno a dos, dos a tres, tres a cuatro, entonces, todo va sobre ruedas, pero, en el momento que nos salimos de las relaciones facilonas, la música empieza a chirriar. Igual pasa entre los humanos, que la naturaleza quiere que cada uno vibre a su particular frecuencia, lo cual hace que las relaciones, unas veces sean armónicas y, otras veces, chirríen. 

A la postre, no se engañen, son los chirridos los que tienen interés; o dicho de otra manera, los que nos hacen avanzar hacia no se sabe dónde. Dos personas, una a la que la naturaleza favoreció más que a la otra, se juntan y ¿qué podemos esperar? Pues eso, emociones desatadas. Y a la postre, guerra. Y eso que llaman civilización vendría a ser el intento de escribir una partitura en la que las disonancias entre las personas tengan un fácil acomodo en la estructura armónica del todo. 

El acomodo de las disonancias, en eso consiste todo. Cuántas veces no me habrán dicho: a mí esa música moderna no me va. Demasiadas disonancias, para cosa buena. Hay que tener muy educado el oído para que te agrade. Así que, una de dos, o educas el oído, o estarás condenado a vivir en la ficción de un mundo sin disonancias... el que prometen todos los tiranos.  

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