domingo, 7 de junio de 2026

El mantel de la Última Cena

El otro día estuvimos viendo, en el canal de la Iglesia, Horizontes Lejanos, una película del Oeste, en la que, por variar, los pecados capitales desatados se enfrentan a las más puras virtudes teologales. ¡Y qué le vamos a hacer si la imaginación no da para otros argumentos! En fin, el caso fue que mientras veíamos la película había todo el rato en la esquina superior derecha de la pantalla un anuncio de un reportaje sobre Cáceres, justo al acabar la película. Tuve la curiosidad de quedarme a verlo... lo que buenamente pude aguantar. La primera vez que estuve en Cáceres, hará ya casi sesenta años, me quedé maravillado con su barrio viejo. Luego estuve tres o cuatro veces y siguió sin defraudarme. Lo mismo que Trujillo. Claro, allí permanece la impronta de los primeros indianos que dejaron constancia de su éxito por medio de todos aquellos palacios... a veces la vanidad no es tan vana ya que el viento no consigue llevársela y, a la postre, sirve como soporte de la industria turística que, esa, si que sí, es la madre de todas las vanidades. Aunque, vete tú a saber. 

El reportaje, como lo hacía un cura pasado de simpático, iba de Iglesias. Se da la circunstancia de que Cáceres, hasta los años cincuenta del siglo pasado, pertenecía a la diócesis de Coria —ya saben, ese pueblo famoso por ser la cuna del bufón Calabacillas, más conocido como el Tonto de Coria, al que imortalizó Velázquez, lo que no es cualquier cosa—, así que el reportaje no tuvo más remedio que empezar por una visita a la catedral de Coria, sede central de la diócesis, un edificio, sin duda magnífico, al que un avezado técnico en imagen consiguió convertir en magnífico y medio... hay que ser muy cauto con esto de la imagen que te dan los medios, porque luego vas allí a verlo al natural y es muy probable que quedes defraudado. El caso es que por allí andaba el cura simpático acompañado de otros que no lo eran menos y, todo aquello, todo hay que decirlo, despedía un cierto tufillo a mafia rosa que interprétenlo ustedes como quieran. 

Pero, en fin, vayamos a la gracia principal de aquella magnífica catedral: nada más, ni nada menos, que el mantel que se usó en lo que se conoce como La Última Cena. Lo conservan en una urna de cristal que, a su vez, guarda un cofre de plata en el que está el mantel propiamente dicho: un paño blanco, por lo visto de lino, con dibujos azules, sin duda de índigo, todo ello muy Mediterráneo, lo cual es una pista más que apunta a la verosimilitud del invento. Porque no se crean que no hay dudas al respecto; dudas que se han tratado de solventar trayendo expertos en el tema, con sus espectrómetros de infrarrojos bajo el brazo, de todas las partes del mundo mundial. Oye, lo cortés no quita lo valiente y, aquellas gentes, parecían dispuestas a aceptar el veredicto de la ciencia. Pero, entre que la ciencia decide y no decide, ellos ya han montado su tinglado: la cofradía de La Última Cena. Han hecho construir un paso tan pesado que para bailarlo en semana santa se necesitan ciento cincuenta cofrades. Así es que, podríamos decir que la principal y, puede ser que única, startup de la provincia de Cáceres es esa cofradía. Es por así decirlo una incentivadora del turismo que podríamos llamar "turismo de fe". ¡Oye, que todo sirve para el convento!

Pues sí, así corre el mundo: cada cual según sus posibilidades que, por lo general, son en razón inversa a sus necesidades. Ya lo dijo Marx, en este caso el de los hermanos. En fin, qué quieren que les diga; lástima ser tan viejo, que, si no, mañana mismo agarraba la bicicleta y me iba a Coria a ver el dichoso mantel. 

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