Hay en Inglaterra un tipo llamado Douglas Murray al que es un verdadero placer escuchar. Y no solo por lo que dice, que también, sino por cómo lo dice. Y es que, por lo que sea, los dardos certeros de Diana Cazadora se han convertido en una de las más raras piezas de museo que obligan a peregrinar miles de kilómetros para poder contemplar uno. Lo que se acostumbra a escuchar hoy día, salvo, ya digo, rarísimas excepciones, son letanías, a toda mecha, de tópicos engarzados mediante conectores del lenguaje; así se logra dar a las mentes poco evolucionadas, que son la mayoría, una impresión de agilidad mental apabullante. Supongo que el arte de la oratoria vendría a ser algo así como la demostración de un teorema matemático: no se puede adelantar un pie si el otro no está firmemente asentado en tierra. Toda afirmación tiene que estar basada en unas premisas indiscutibles. Y ahí es en donde reside la gran tragedia de estos tiempos del hombre masa, que de tanto repetir las ideas preconcebidas, éstas, se han convertido en premisas indiscutibles para la inmensa mayoría. En fin, son las argucias que utiliza el poder político en el inútil intento de perpetuarse. Y es que, nada asentado sobre la falsedad, dura, porque siempre acaba por llegar en niño, o el Douglas Murray, que grita que el rey va desnudo.
En realidad, si bien lo consideramos, nunca hubo rey —ya se lo advirtió Dios a Samuel— que no fuese desnudo. El problema siempre ha sido la falta del Douglas Murray de turno. A veces pasan años y años sin que aparezca uno y el rey hace de las suyas, o sea, exprimir hasta la extenuación a los que trabajan. En el libro del Éxodo está muy bien explicado eso: el faraón llevaba cuatrocientos años exprimiendo a los judíos hasta que, de pronto, apareció Moisés a guisa de Douglas Murray y les descubrió a los judíos que el faraón, en realidad, iba desnudo. Así fue que se largaron y le dejaron con dos palmos de narices.
En Europa llevamos ya ochenta años en los que el faraón de Bruselas no hace más que exprimir a la gente; pero tiene los días contados porque le están creciendo los Duglas Murray por todas las partes. Y es que, aunque no se lo crean, cada vez hay más gente aficionada a los teoremas matemáticos, es decir, a distinguir los tópicos de las premisas. A saber pensar, en definitiva. Eso de los sentimientos, como argumento, ya no cuela. Por no hablar de la superioridad moral que ya es que hasta da risa.
Por cierto, ¿vieron el otro día toda aquella rimbombancia con motivo de la visita del Padrino al que dicen Santo Padre? Toda aquella gente iba desnuda. Ninguno era nada más que unos jetas viviendo del cuento. ¡La Sagrada Familia, ya te digo! Si entendemos por familia lo que entiende esa gente, o sea, la mafia, pues sí, vale, es sagrada para ellos. ¿De qué iban a vivir si no, si entre todos ellos serían incapaces de hacer la o con un canuto? Había allí mariquitas como para parar un tren.
Resumiendo, que ya pasó el tiempo de las catedrales y los santos padres. Y la familia, o es conflictiva o no es. Y el orden, o es espontáneo o es tiranía. Y la libertad, o se defiende con las armas, o no se tiene. Ya lo dijo Cisneros, señalando los cañones: estos son mis poderes. ¡A ver si nos enteramos!
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