martes, 2 de junio de 2026

El infierno de la uniformidad

Cuando pasaba una consulta en un ambulatorio de Hospitalet de Llobregat, allá por los principios de los años ochenta del siglo pasado, trabé conocimiento con un paciente, catalán pata negra, al que la naturaleza, o quizá los médicos, le había jugado una mala pasada. Era un tipo cultivado que venía por la consulta más que nada porque le gustaba hablar; un día me dijo si podía ir a mi casa con sus hijos gemelos porque quería que me conociesen. Cedí a sus pretensiones y un día se presentó en casa con los gemelos de dieciséis años. Estuvimos charlando un buen rato y, como no hubiera podido ser de otra manera el tema que se llevó casi todo el tiempo fue el de la independencia de Cataluña. Lo de la independencia, que evidentemente venía de lejos, era como una especie de patología psiquiátrica que producía en los contaminados un sufrimiento indescriptible: debe ser terrible vivir con el convencimiento sin fisuras de estar sometido a una injusticia de proporciones homéricas. Yo trataba de relativizar el asunto y cargar el acento sobre lo que uno hace con su vida, es decir, primando lo individual sobre lo colectivo. Y el caso es que aquel hombre había conseguido superarse, pasando de obrero a perito industrial, aprovechando las oportunidades formativas que brindaba el régimen franquista. Pero, ello, parecía no servirle para nada a efectos de su sentimentalidad territorial: sin duda estaba poseído por el mito de la tierra prometida, dado lo cual, toda pretensión de racionalidad estaba condenada al fracaso de antemano.  

El caso es que yo, por aquel entonces, tenía muy reciente la lectura de varios libros de Ortega y, aunque, ciertamente, debía haber comprendido muy poco, sin embargo, se me había quedado clavada en la conciencia esa afirmación que hace en el prólogo para franceses de su Rebelión de las Masas: ser de derechas o izquierdas, es haber escogido entre las infinitas maneras que tiene el ser humano de ser un perfecto imbécil; y añade, esa decantación es un a modo de hemiplejia moral. Por lo demás, también Ortega se detiene largo y tendido en la cuestión de las pasiones de pertenencia. Esto, lo estoy comprobando ahora que, por enésima vez, he vuelto a su lectura desde el total distanciamiento respecto de cualquier posición que no sea, como ya me canso de repetir, la de la Biblia y el fusil. Claro, por aquel entonces, el nacionalismo catalán me los estaba tocando bien tocados porque, aunque a efectos prácticos no me afectaba mucho, a efectos sentimentales era una verdadera tortura que me obnubilaba el entendimiento: estaba condenado a escuchar la palabra Cataluña, o cualquiera de sus derivados semánticos, varios millones de veces al día... y no exagero un ápice; tenía guardada una entrada para un concierto en el Palau de la Música en la que se las habían apañado para que la palabra Cataluña apareciese siete veces. 

Ahora, como digo, desde la distancia, y después de haber escuchado sendos vídeos de Anxo Bastos, que, aunque nunca le cita, estoy seguro que está muy influido por Ortega, me doy cuenta de que aquellos catalanes tenían su buena parte de razón: no hay nada más empobrecedor que la uniformidad que siempre, por cortedad de miras, quieren imponer los poderes centrales. Lo que pasaba en España era lo mismo que lo que está pasando ahora con la Comisión Europea. Ni entonces funcionaba en España ni ahora funciona en Europa por la simple razón de que la uniformidad destruye a las partes. Y es que las partes sólo pueden funcionar cuando pueden ser como quieren ser. Está muy bien la unidad, desde luego, pero desde el radical respeto a las diferencias. Son los intereses concretos los que unen y no las ideas abstractas. Cataluña no chistaba cuando en España había un régimen económico mercantilista; cuando empezó a liberalizarse ese régimen, sencillamente, España ya no interesaba. Así funcionan los territorios y, también, las personas. 

Destaca Ortega el importante papel que, según su parecer, jugó en la decadencia del imperio romano el empobrecimiento del idioma producido por la uniformidad. Al respecto no hay más que ver la Biblia Vulgata traducida por San Jerónimo. Hasta yo la entendía. Es algo parecido a lo que está pasando ahora en Europa con el inglés patatero que usan todos los políticos y burócratas de las diferentes naciones para entenderse entre ellos. ¿Qué riqueza pueden tener los debates con esa pobreza lingüística? Durante muchos siglos hubo una Europa dividida en multitud de Estados por donde la gente circulaba libremente entendiéndose, mayormente, con el latín; unos con el latín culto y otros con el latín vulgar. Aquella fue la Europa que se impuso al mundo, con sus cañones, desde luego, pero sobre todo con su saber. Saber, seguramente nacido de la competencia entre los diferentes. 

En fin, lucubraciones deslabazadas de una mañana lluviosa de junio en la que resuenan en lontananza las negras premoniciones para una España que se resiste a ser y una Europa no menos ficticia... precisamente, en ambos casos, por la obsesión de sus oligarquías en uniformizarlo todo para, así, mejor controlarlo... ¡no aprenden de la Historia!  

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