lunes, 1 de junio de 2026

Caer en la cuenta

 Si bien lo consideramos nos daremos cuenta de que todo el trabajo intelectual que ha resistido el paso de los años, por no hablar de los siglos y milenios, no ha sido por otra causa que porque ha estado dedicado a reflexionar sobre la libertad individual y sus principales enemigos. Y es que no podría haber sido de otra manera, porque al que está dotado para el pensamiento abstracto no puede haber nada que le haga sufrir más que el que venga alguien a limitarle esa capacidad. La libertad para pensar lo que a uno le parece es lo correcto es el mayor don que los cielos hicieron al hombre y, por lo mismo, cuando se coarta ese don, es el mayor sufrimiento que se le puede infringir. 

Antaño, todo el mundo sabía de dónde procedía esa coartación del pensamiento. Nunca me cansaré de repetirles la advertencia que, vía Samuel, hizo Dios a su pueblo elegido. Será el rey la causa de todas vuestras desgracias, les dijo. Porque la opresión siempre vino del rey en sus diversas acepciones, por más que, a veces, estaba tan bien montado el truco que parecía que el malo era otro, como, por poner un ejemplo, pasó con la inquisición, que todo el mundo pensaba que tenía que ver con las cosas de la fe, cuando en realidad era la policía política del rey. El rey que, a su vez, era la cabeza visible de una oligarquía que se había hecho con el poder por la fuerza de las armas. Porque siempre hay una oligarquía camuflada tras ese poder real; oligarquía que de vez en cuando asesina al rey porque se ha dado cuenta de que otro servirá mejor a sus intereses. 

Pero, ya digo, eso era antaño; de hace un par de siglos para acá, quizá debido a la nivelación social llegada de la mano de la revolución industrial, las cosas han cambiado algo: ahora la opresión es en sábana; llega desde todos los lados, empezando por el vecino que no soporta que tengas gustos diferentes a los suyos. Esto, claro, no pasó desapercibido a las cabezas pensantes; una de ellas, británica, por cierto, escribía a mediados del XIX: «..., existe en el mundo una fuerte y creciente inclinación a extender en forma extrema el poder de la sociedad sobre el individuo, tanto por la fuerza de la opinión como por la legislativa. Ahora bien: como todos los cambios que se operan en el mundo tiene por efecto el aumento de la fuerza social y la disminución del poder individual, este desbordamiento no es un mal que tienda a desaparecer espontáneamente, sino, al contrario, tiende a hacerse cada vez más formidable. La disposición de los hombres, sea como soberanos, sea como conciudadanos, a imponer a los demás como regla de conducta sus gustos y opiniones, se haya tan enérgicamente sustentada por algunos de los mejores y algunos de los peores sentimientos inherentes a la naturaleza humana, que casi nunca se contiene más que por faltarle poder. Y como el poder no parece hallarse en vías de declinar, sino de crecer, debemos esperar, a menos que una fuerte barrera de convicción moral no se eleve contra el mal, debemos esperar, digo, que en las condiciones presentes del mundo esta disposición no hará sino aumentar».

Esa nivelación social que, por supuesto, es por el lado de los bajos instintos: todo eso que llaman la cultura woke que, como usa como su principal ariete la milonga de que se puede aprender jugando no hay puerta al precipicio que no abra. No creo que nunca la humanidad haya dado un paso hacia atrás de semejantes proporciones; nos ha colocado a un tris de volvernos a los árboles. Bueno, en fin, la ventaja de todo esto es que nos obliga a exprimir el caletre para dar con el portillo del caer en la cuenta que es por donde está la vía de escape. Caer en la cuenta, esa es la cuestión.  

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