viernes, 26 de junio de 2026

9,8 m/seg²

Se me suceden los días a la velocidad de la luz. Y utilizo el pronombre personal me porque soy, específicamente, yo el que tiene esa sensación. Dicen que es propia de los viejos y seguramente es así porque, lo que alarga el tiempo, es la espera de la novedad —lo propio de los niños— y, los viejos, salvo que hayan perdido ya la cabeza, no esperan nada que no sea la rutina de cada día, algo que, como todo lo que cae sin tropezarse con nada, lleva una aceleración de 9.8 metros por segundo al cuadrado. Así que, qué de extraño tiene que transforme un quilo de garbanzos en humus, lo meta en el congelador, debidamente fraccionado en porciones, pensando que ya tengo resuelto el desayuno de casi un més y, como por sortilegio, es como si al día siguiente ya se hubiese acabado y tuviese que volver a los pucheros para encontrar a Dios, como hiciera Teresa de Cepeda. 

No esperar novedad —pas de nouvelle bonne nouvelle, que repetía mi madre como un lorito— supongo que es un mecanismo de defensa del que nos provee la naturaleza para hacernos más fácil el tránsito. Es como una especie de escepticismo total; a uno le vienen con cuentos de que si este político ha dicho no sé qué cosa o que si aquel científico ha descubierto tal prodigio y es como si oyeses llover: lo has escuchado un millón de veces y siempre se quedó en más de lo mismo. 

Me levanto, desayuno y me pongo a escribir esto. Unas veces voy a la carrerilla y otras es como una carreta de bueyes que trasporta un bloque de granito... en cualquier caso, me las apaño para no salir derrotado. Hago mis estiramientos y, acto seguido, agarro la guitarra. Siempre tengo una nueva partitura entre manos. Parece que fue ayer cuando comencé el Capricho Árabe de Tárrega y ya hace días que puedo balbucearlo de un tirón. Ahora estoy con la Serenata Española de Malat y me parece que nunca podré con ella, pero sé que, si insisto, algo sacaré algo en limpio... y, así en cuatro patadas, me veo, ya, metiéndome a la cama molido de cansancio y siempre pensando para mí que se ha ido otro día sin haberme apercibido de nada... y ruego a los dioses que así sea, porque la más leve alteración me mantiene insomne hasta altas horas de la madrugada. 

Sin embargo, también tengo que decir que nunca tuve en la vida momentos tan placenteros como los de ahora. Prácticamente todo lo que hago, lo hago a gusto y, si no, no lo hago. Porque es raro que me urja algo. Mis conversaciones, siempre son distendidas. Mis compromisos, inexistentes. Mis aspiraciones, que, en lo que de mi dependa, se cumplan las leyes no escritas del cielo.  

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