sábado, 20 de junio de 2026

Destellos de perspicacia

 Sigo leyendo a ratos La Rebelión de las Masas, un libro escrito hace más de un siglo, pero que parece escrito hoy y, sospecho, que podría haber sido escrito hace cinco mil años. Es un libro de psicología; la psicología del hombre masa. La psicología del necio, en definitiva. Me siento retratado en cada una de sus páginas. Porque me he pasado lo más de la vida, si no toda, cegado por la vanidad; ajustando mis ideas a mi situación vital y siempre convencido de haber dado con la piedra filosofal. Es muy difícil escapar a esa necedad; y es que los cielos son muy avaros en su reparto de la perspicacia necesaria para que de vez en cuando nos sintamos a dos pasos de ser estúpidos. 

¿Cómo no nos vamos a sentir perfectos si con solo una ligera presión del pie sobre la palanca del acelerador nos trasplantamos de Santander a Bilbao en menos de una hora? Si eso no son poderes sobrenaturales que venga Dios y nos lo explique. Y mientras vamos todo ufanos por la carretera ni por asomo se nos pasa por la cabeza los tremendos esfuerzos que tuvieron que hacer algunos de nuestros ancestros para que sea posible el milagro que yo estoy realizando ahora. Nada de eso; todo nos parece lo más natural del mundo por la sencilla razón de que yo lo valgo. Y, ¡ay si por lo que sea me surge un contratiempo! ¡Qué mal lo llevo, entonces! 

Supongo que cuando el hombre consiguió domesticar al caballo y, con ello, reducir las distancias, también se hizo un poco más necio. A la postre, cuando Newton y Leibniz descubrieron el cálculo, lo que en realidad consiguieron fue que la inmensa mayoría de sus congéneres diesen un paso de gigante hacia la necedad. Aquí estoy yo, sin ir más lejos, escribiendo estas reflexiones de chichinabo que de inmediato haré llegar a todos los confines del mundo. ¿Soy consciente en algún momento del esfuerzo ajeno que ha hecho que ese prodigio sea posible? A nada que me despisto me siento omnipotente. Sin embargo, si aterrizo, caigo en la cuenta de que mis reflexiones no son más que minúsculos e irrelevantes añadidos a la siempre en funcionamiento maquinaria del mundo. Y, entonces, tengo que echarle mucha voluntad para seguir adelante. 

Desde luego que hay que tener mucho cuidado con los destellos de perspicacia que nos pudieran sobrevenir, porque nunca son en vano. Nos ayudan, sí, a desvelar la realidad de las cosas y, también, la de nosotros mismos. Y, ¡ay!, es entonces inevitable que des otra vuelta de tuerca al encerrarte en ti mismo. Afortunadamente, destellos de esos, con cuentagotas.  

No hay comentarios:

Publicar un comentario