Un amigo me manda un vídeo musical. Lo veo y, cuando acaba, aparece mi nieto en pantalla. Me sorprende, pero pronto caigo en la cuenta de que el vídeo venía por Facebook, cuyos algoritmos me tienen tan pillado como a cualquiera de los ochomilmillones que poblamos el planeta; algo demoniaco, sin duda, con lo que nos hemos acostumbrado a convivir como si fuera normal o, incluso, angélico. Ya se verá en qué para todo esto. Pero, bueno, a lo que iba, que es que, ya que ha aparecido, me pongo a curiosear. Y me quedo bastante sorprendido. Aparte de dos o tres fotos más o menos afortunadas, lo único que ha colgado en su perfil son un par de textos que bien pudieran estar sacados de aquel librito con meditaciones escogidas de Marco Aurelio que le pasé hace un par de años.
El uno dice, que conoce a gente muy inteligente a los que no les va bien en la vida. Sin embargo, no conoce a nadie genuinamente persistente que no acabe por tener éxito.
El otro, dice: ¿tienes algún trastorno médico? ¿O tienes una respuesta adaptativa depresiva a algo que ha ocurrido en tu vida? Si te etiquetas de deprimido, estarás deprimido. Si crees que es una respuesta para hacer un cambio, nunca volverás a estar deprimido o ansioso. Moraleja: No guardes creencias que: 1. Son en detrimento de tu vida. 2. te quitan fuerza.
La verdad es que mi nieto es un chaval curioso. Con dieciocho o diecinueve años decidió irse por el mundo a vivir su vida; concretamente al trópico americano. Me explicó un día cómo se gana la vida con el internet, pero solo entendí que se trataba de algo comercial. En cualquier caso, desde que se fue de casa, nunca ha tenido que recurrir a sus padres para sobrevivir. Aunque ya solo sea por eso, me quito el sombrero. Hace poco estuvo por aquí y vino un día a verme porque quería hablar de la Biblia. Por supuesto que no desde el punto de vista del creyente, sino desde el del intelectual. Pasamos un rato entretenido y, como unas cosas llevan a otras, acabamos hablando del Quijote y, también, de Robinsón Crusoe que, como él, desoyó los consejos de sus padres y se embarcó en aventuras con el resultado de todos conocido. ¿Qué sería del mundo si no hubiera habido hijos que desoyeron los consejos de seguridad —hazte funcionario— de sus padres y se dejaron llevar por sus impulsos de aventura?
En fin, el caso es que me ha dicho su madre que, al día siguiente de la visita que me hizo, tomó el avión para las Antillas con un Quijote debajo de un brazo y un Robinsón Crusoe debajo del otro. Todo lo cual me tranquiliza respecto a la estela que voy dejando en el mundo.
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