Este barrio en el que vivo está construido sobre las marismas al suroeste de la ciudad que conocí de niño. Por aquel entonces la entrada principal a la ciudad estaba más al norte, aunque también se podía entrar por una estrecha carretera de adoquines que cruzaba las marismas de oeste a este. Era una carretera que mayormente tenía un uso industrial, de camiones que iban de las fábricas del fondo de la bahía al puerto y viceversa. Luego se urbanizaron las marismas de tal modo que los bloques de viviendas quedan aprisionados entre dos avenidas, una al norte, por donde se sale de la ciudad y, otra, al sur, por donde se entra; el conjunto es largo y estrecho y, a trechos de unos cien metros o así, tiene calles trasversales de avenida a venida. Pues bien, en una de esas trasversales vivo yo. Es una calle que en la parte que toca la avenida de entrada tiene un ensanchamiento que, como no podría ser de otra manera en este país, está ocupado al cien por cien por las terrazas de los bares; ya saben, aquella canción de los años cincuenta del siglo pasado, «vengan ustedes a la terraza/ y verán que bien lo pasan». El caso es que en ese ensanche de la calle siempre hubo animación, pero desde que el bar de la esquina sur es regentado por dominicanos aquello es ya animación elevada a la enésima potencia; ya hasta la acera ha sido invadida por mesas, con lo cual, siempre hay allí un tapón de viandantes que tampoco se pueden derivar hacia la acera de enfrente porque, en ella, están en las mismas merced al éxito que viene arrastrando desde tiempo inmemorial la taberna La Graciosa a la que, confieso, suelo ir a media mañana a tomar el preceptivo pincho de tortilla. Y digo yo: ¿para qué coño voy a ir al Caribe si lo tengo al lado de casa? Porque este barrio, por obra y gracia del mal hacer de los gobernantes de los países caribeños, todos marxistas empedernidos, ha sido tomado por gente que viene huyendo de aquellos paraísos. La verdad es que, hoy por hoy, estoy encantado de que así haya sido porque nunca había vivido en un sitio tan respetuoso a la vez que alegre.
Pero a lo que yo quería llegar es a lo de la diversión. O, por mejor decirlo, al mito de la diversión. Porque ¿es que acaso no es un mito? Y de los más tontos, a buen seguro. No creo que pueda haber una máquina más poderosa de producir frustraciones que la de la diversión tal y como ésta es entendida por estas sociedades atontolinadas por la abundancia. La obligación de divertirse se ha convertido en una verdadera tortura psicológica de la que, la comprensión de sus mecanismos, sólo está al alcance de unos pocos. La mayoría acumula frustraciones sin saber de dónde le llegan... no por otra causa es que insistan tanto. Quizá, si leyesen la Biblia, a lo mejor...
Es muy curioso que uno de los preceptos en los que más insiste Yahvé sea el del descanso al séptimo día. Hasta Él mismo descansó al séptimo. Seis días de trabajo y uno de descanso. Y, cuando dice descanso, es descanso; es decir, quedarse en casa tocándose las bolas. Yo, juraría que es justamente en ese precepto en donde reside, en gran parte, la causa de la relevancia del pueblo judío. Ellos aprenden desde niños a distinguir la diversión del descanso. Para ser productivo, sobre todo intelectualmente, hay que descansar propiamente dicho; lo cual, tiene que ver con la la diversión lo que vendrían a tener los cojones con el comer trigo. La gente que se pasa el fin de semana yendo a esquiar, o imbecilidades por el estilo, cuando llega el lunes al trabajo lo único que quiere es contar su experiencia para ver si así, dando envidia, se saca de encima la frustración acumulada. Cualquier cosa, en cualquier caso, menos ponerse a la tarea con entusiasmo.
Claro que, tal y como está montado el tinglado en estas sociedades que llaman posindustriales, si se hiciese caso del precepto judío, sería el apaga y vámonos. En una ciudad como ésta en la que vivo, la parte del león de la actividad económica está basada en la diversión, o sea, que la gente está obligada a divertirse so pena de que el tinglado colapse. Divertirse, por así decirlo, sería el trabajo de las masas. Y así es que la gente del común anda todo el día de aquí para allá a la búsqueda de nuevas sensaciones que se supone han de servir para serenar el ánimo alicaído por la frustración que le produjo la anterior sensación. Es Sisifo subiendo piedras a lo alto de la montaña.
Yo, la verdad, prefiero que me persigan por ser judío, que pasarme el día subiendo piedras a la montaña.
No hay comentarios:
Publicar un comentario