Cuando andaba cursando el tercero o cuarto de bachillerato tuve que aprenderme de memoria el monólogo de Segismundo de La Vida es Sueño de Calderón. Pocas cosas he agradecido más en la vida que aquella obligación que me impusieron porque nunca olvidé gran parte de ese monólogo y en multitud de ocasiones me veo recitando para mí los fragmentos que recuerdo —«apurar cielos pretendo, /ya que me tratáis así /que delito cometí /contra vosotros, naciendo; / aunque si nací, ya entiendo /que delito he cometido:...»— y experimento una especie de reconfortamiento del espíritu; les parecerá una chorrada, pero el caso es que así es y no pretendo buscarle explicaciones.
Para mí, el Quijote y La Vida es Sueño, junto con El Criticón de Gracián, son la mayor aportación que este país en el que nací y vivo ha hecho al mundo. Seguramente, desde la época clásica para acá no haya habido otra mayor. Ya sé que, para la inmensa mayoría, lo que puedan aportar esos libros frente a lo que supuso, yo qué sé, la invención del motor de explosión, por ejemplo, es completamente irrelevante. Y es que la mayoría ni siquiera se plantea la necesidad del conocerse a sí mismo ni, tampoco, el mundo en el que vive. ¡Craso error! Renunciar a ese conocimiento está en el origen de gran parte de los sufrimientos inútiles que esa inmensa mayoría arrastra por el mundo adelante. En fin, ¡allá cada cuál!
Ayer, como suelo hacer los días calurosos del verano, bajé al atardecer a sentarme en un banco de un un paseo que tengo aquí al lado en el que hay sombra desde el mediodía y corre el aire. Bajé, como digo, con La Vida es Sueño, en la edición de Cátedra, en el bolsillo trasero de mi pantalón. Me senté y me puse a leer en voz queda, recitando para mí, las dos primeras escenas... me gustaría saberlas par coeur, como dicen los franceses. En mi inmodesta opinión —ya saben que alguien dijo que la modestia es propia de los incompetentes—, esas dos escenas son uno de los más logrados inicios que ha dado la literatura universal. Ahí está planteada de forma inigualable la mayor problemática del ser humano consciente de sí mismo y, por tanto, de su libertad siempre vulnerada. Porque la libertad, si bien lo consideramos, nunca pasa de ser una aspiración que nunca consigue lograrse del todo. Y ese no llegar nunca es la causa de la frustración que no cesa por más que tratemos de aliviarla con quejas.
Y aquí, en la forma de tratar el tema de la queja por parte de Calderón —y tanto placer había /en quejarse, un filósofo decía— es en donde encuentro un contraste de lo más inspirador respecto de la forma de tratarlo Shakespeare en Hamlet —who complaine, and act not, breed pestilence—. ¿Quejarse, para qué? ¿Para consolarse o para incitarte a la acción? A la postre no hay diferencias sustanciales entre Segismundo y Hamlet; los dos se matan a quejas hasta que no pueden más y, entonces, pasan a la acción, en ambos casos desmedida, supongo que para no desmerecer del volumen de sus previas quejas.
Dice Clarin: «El filósofo era / un borracho barbón. ¡Oh, quién le diera/ más de mil bofetadas! /Quejárase después de muy bien dadas.» Clarin, escudero como Sancho, no le ve el sentido a lo que no lo tiene. ¿Para qué quejarse si no sirve para nada? Lo del consuelo es una mandanga. Si estás jodido, lo que tienes que hacer es arriesgarte. Esa es la única posibilidad de alivio, salga o no salga bien la empresa. Todo lo demás, ya digo, es puro engendrar pestilencia.
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