Escribía Ortega a principios del siglo XX a propósito del «señorito satisfecho». Si atendiendo, dice, a efectos de vida pública se estudia la estructura psicológica de este nuevo tipo de hombre-masa, se encuentra lo siguiente: 1º, una impresión nativa y radical de que la vida es fácil, sobrada, sin limitaciones trágicas; eso le da una sensación de dominio y triunfo que, 2º, le invita a afirmarse a sí mismo tal cual es, dar por bueno y completo su haber moral e intelectual; esto le llevará a no escuchar y no poner en tela de juicio sus opiniones. Su sensación íntima de dominio le incita constantemente a ejercer predominio, por tanto, 3º, intervendrá en todo imponiendo su vulgar opinión sin miramientos.
Este personaje que ahora anda por todas partes y donde quiera impone su barbarie íntima es, en efecto el niño mimado de la historia humana. el niño mimado es el heredero que se comporta exclusivamente como heredero. Ahora la herencia es la civilización —las comodidades, la seguridad en suma, las ventajas de la civilización—. Es una de las tantas deformaciones de las que el lujo produce en la materia humana. Tenderíamos ilusoriamente a creer que una vida nacida en un mundo sobrado sería mejor, más vida y de superior calidad a la que consiste, precisamente, en luchar contra la escasez.
Y acaba recalcando con letra cursiva: Toda vida es lucha, el esfuerzo por ser sí misma. Las dificultades con que tropiezo para realizar mi vida son precisamente lo que despierta y moviliza mis actividades, mis capacidades.
Todas estas consideraciones, llevadas al límite de la precisión, se pueden encontrar en un libro escrito tres siglos antes que la Rebelión de las Masas; me refiero a El Criticón de Gracián. Pero hay otra forma de encontrarlas que es ínútil pasar por alto, y no es ni más ni menos que la de enfrentarse a uno mismo sin contemplaciones y reconocer lo que ha sido la propia vida. Cuando uno piensa en todo aquello en lo que llegó a estar convencido le dan ganas de subir al Taigeto para arrojarse al vacío. Todo, poco más o menos, me vino rodado para que pudiese acabar dando con la cabeza en un pesebre, el de la función pública. Cuánto, ¡Dios mío!, me costó darme cuentas de que la comida de ese pesebre me creaba tales flatulencias que no podía pensar en otra cosa que en aliviar la insufrible distensión de mis intestinos. Y podría uno pensar, para consolarse, que todo ello no fue sino la causa del cúmulo de circunstancias que me cayeron en suerte, pero en absoluto me quedo satisfecho con esa explicación; más bien tiendo a creer que, como todos los cobardes, me acogí a la rebeldía sin causa, lo que vendría a ser como una especie de autoengaño para poder pasar por el aro con la sensación de conservar la pureza prístina de los elegidos.
En fin, a la postre lo que cuenta es querer reconocerse en lo que uno realmente fue y, por tanto, es. Y es para dar carta de naturaleza a ese querer por lo que, entre otras cosas, leemos la Biblia, y a Homero, y a Gracián, y a Cervantes, y a Ortega, y a cualquier otra literatura que nos golpee en el alma hasta hacer brotar de ella lo que con tanta obstinación nos empeñamos en ocultar... la obstinación del señorito satisfecho.
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