Son poco más de las nueve de la mañana y estoy en la frutería pagando, cuando oigo que alguien a mis espaldas dice: ¡Hola, Pedro! Me vuelvo y veo un alma en pena. Seguramente le conocí por los años sesenta cuando anduve por Londres, pero hasta que hace poco me lo presentó una conocida no tuve la menor conciencia de su existencia. Es un hombre de aquí que se ha pasado la vida trabajando por ahí, en diversos países, y, ahora, viejo ya, pasea la sombra de lo que fue por su ciudad natal. Me espera a que acabe de pagar y, ya en la calle, cuando me tiene a tiro, sin venir a cuento, me menta con cara compungida las guerras que hay por el mundo; la de Irán y todo eso. Alguna vez no las hubo, le respondo. Para qué coño ves la televisión y lees los periódicos; mejor dedícate a leer a Heródoto y así te enterarás de todo lo que tiene que ver con los persas, El tío me mira visiblemente descolocado. ¿Y tú, cómo estás? Pues bien, tirando, con mis cosas, le contesto. Entonces, va y me dice: entonces, tú, ya, de tu profesión... ¿De mi profesión? De mi profesión no quiero saber nada... desde hace mil años, ya. ¡Harta plaga!, por cada uno que curan, que lo pregonan a bombo y platillo, matan a cien y nadie se entera. El tío me deja plantado; no es para menos, porque no sale de las consultas de los médicos y va empastillado hasta el culo. ¡Leches, que vidas!, me digo y me encamino para casa con la preciosa mercancía.
La ciudad está llena de tipos y tipas así. Organizan su vida en función de encuentros que so capa de actividades culturales no son otra cosa que bailes de vampiros. Así es que andan por ahí exangües y con los colmillos siempre afilados con la esperanza de encontrar unas yugulares medianamente vírgenes en las que poder clavarlos. En realidad, esa pobre gente, si nos atenemos al significado de la palabra con la que se les califica, jubilados, tendríamos que suponer que viven en un tiempo de gracia, es decir, de renovación espiritual. Pero, mi impresión es que nada más lejos de la realidad. La palabra jubilado no es más que otra invención del marxismo cultural que, como ustedes saben, es una ideología que mayormente consiste en manipular el sentido de las palabras para hacer que la realidad parezca lo que no es. Así, el tiempo de gracia y renovación espiritual del jubilado, lo que en realidad sería, pues eso, estar arrojado en el contenedor de la basura a la espera de que te lleven al vertedero municipal. No creo que nunca haya habido en el mundo una idea más perversa que la de la jubilación; en vez de ir adaptando paulatinamente el trabajo a las capacidades de la persona, y así hasta el fin de su vida, se la tiene a ésta realizando tareas penosas hasta el día que se decide tirarle al contenedor. El marxismo es eso, considerar a las personas como piezas de una máquina; cuando se desgastan se las cambia por otra.
En fin, allá cada cual con su particular visión de la jugada. Cuando me jubile aprovecharé para hacer todo lo que me hubiese gustado hacer y no he podido, dicen los más optimistas. ¡Pobrecillos! Si yo te contase...
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