Yo, lo de Harry Potter, ni aún ciego de grifa se me hubiera ocurrido leerlo. Con saber que hay una varita mágica por medio ya me parece cosa de nenas. Las hadas madrina y todo aquello que había en los libros de mi hermana mayor que en paz descanse. El pensamiento mágico es como un cáncer con el que no nos queda más remedio que aprender a convivir. De repente, alguien descubre algo que creemos que es una cura definitiva, pero, vana ilusión, a la que le damos la espalda ya tenemos ahí otra recidiva. Hablábamos anoche de esas curas, de Euclides y sus Elementos, un manual de ejercicios de gimnasia para fortalecer el músculo mental. "La geometría, el momento decisivo en el que la mente, el ojo y el corazón, coinciden", me decía. Yo, me agarro a ella como a un clavo ardiendo, porque, si la suelto, sé que, a la primera de cambio, se me irá la olla. Es tremendo lo frágil que es nuestro aparato mental y lo poco conscientes que somos de ello. La más ligera emoción, o el más irrelevante deseo, trastoca sus mecanismos y nos pone a somiar truites, como dicen los catalanes.
Andaba estos días dándole otra vuelta al Éxodo. Es un libro que trata del camino de la libertad; de sus muchas dificultades que solo se pueden solventar recurriendo a la magia potagia. En realidad, más que Éxodo, ese libro se debiera llamar el Libro de los Prodigios. Jehová no resuelve un solo problema utilizando la razón; para todo echa mano de la varita mágica. Y, así todo, se tiene que prodigar hasta el cansancio, porque la terquedad de los unos y la cobardía de los otros se lo pone muy difícil. El Faraón necesita padecer como diez plagas antes de entrar en razón; era tan tonto que prefería todos aquellos sufrimientos antes que prescindir de los servicios que le prestaban los judíos. Y los judíos eran tan mierdas que, por sí mismos, nunca hubieran salido de su miseria existencial.
Es la metáfora perfecta. Todos somos el Faraón y todos somos judíos. ¿Cuántas plagas no tenemos que soportar antes de caer en la cuenta de que es esa necesidad absurda que nos tiene cogidos por los huevos la que las está provocando? ¿Por qué somos tan cobardes como para preferir la seguridad de la esclavitud que la incertidumbre de la libertad? A todo lo largo del relato del Éxodo, los putos judíos, a nada que algo se tuerce, en vez de ponerse a pensar en resolverlo, comienzan a murmurar de Johová y a lamentar el haber dejado la seguridad vigilada que les brindaba el Faraón; siempre esperando que otro venga a resolver tus problemas, sea el que sea el precio que le tendrás que pagar por ello.
¡Dios mío, por qué estaremos tan limitados para el recto razonar? ¿Será porque hacemos poca gimnasia mental o, sencillamente, porque pensar que podemos conseguirlo es una vana ilusión? En fin, en cualquier caso, seguiré recurriendo a la geometría porque, sirva o no sirva para algo, me va esa marcha.
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