El siglo XX, diría yo, es el siglo de la confusión como consecuencia del exceso de información. No es que sea nuevo, porque desde que se inventó la imprenta unos cuantos siglos atrás, los periódicos ya se encargaban de confundir a la gente con lo que so capa de información era propaganda. Pero con la llegada de la radio y, poco después, la televisión, la tergiversación de la realidad alcanzó proporciones homéricas, es decir, volvimos al mito. A la guerra fría... que era, otra vez, la de Troya.
Casi toda mi vida he sido víctima de esa estulticia que te lleva a intentar aprehender la realidad acumulando en el cerebro datos cuya verisimilitud es una cuestión de sentimentalidad: simpatía o antipatía. Cuando pienso todo el tiempo que perdí leyendo periódicos, o escuchando radios y televisiones, me tiro de los pelos más o menos con la misma rabia que cuando doy en recordar todas las horas que pasé conduciendo para ir a sitios donde no se me había perdido nada.
Afortunadamente, por el querer de los dioses, o por lo que fuere, fui recibiendo paulatinamente dolorosos avisos acerca de mi impenitente estulticia. Y tuve el valor de mirarlos de frente y, también, la inteligencia para comprender su pertinencia. Así fue que me fui cayendo del caballo camino de Damasco, una vez detrás de otra, hasta quedar tan magullado como si me hubiese peleado con Chuck Norris... o más propiamente dicho, con Fernando Pessoa.
No muchos, pero unos cuantos libros han influido en mí de forma más o menos decisiva. Uno de ellos, sin duda, es el Libro del Desasosiego de Pessoa. En ese libro me topé con una incitación irresistible a desprenderme de la grasa del mundo. Por así decirlo, fue el soporte que estaba necesitando para poder ponerme a régimen de erudición del conocimiento, es decir esa grasa con la que te embadurnas cuando lees periódicos y libros para chachas, ves televisión o escuchas radios. En cualquier caso, lo que más me costó desenmascarar fueron los libros para chachas.
Dice ese libro: «Pero hay también una erudición de la sensibilidad. La erudición de la sensibilidad nada tiene que ver con la experiencia de la vida. La experiencia de la vida nada enseña, lo mismo que la historia nada informa. La verdadera experiencia consiste en restringir el contacto con la realidad y aumentar el análisis de ese contacto. Así, la sensibilidad se ensancha y profundiza, porque en nosotros está todo; basta que lo busquemos y lo sepamos buscar.»
Sí no al pie de la letra, pienso que, al final, he conseguido ser bastante fiel al espíritu de esa filosofía. Mis libros se han reducido a poco más de dos docenas y mis preferencias se reducen a desentrañar problemas geométricos o aprender nuevas partituras o perfeccionar las antiguas. Así, en esos empeños, se me va lo más del día en un estado de una cierta beatitud, ajeno, en cualquier caso, a las querellas del mundo circundante que, a buen seguro, en nada difieren de las que siempre hubo y habrá a causa de la maldita erudición del conocimiento que es la madre de todos los pecados capitales. O de todas las estulticias.
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