«Lo que antes no solía ser problema empieza a serlo casi de continuo: encontrar sitio.» Esto lo decía Ortega, allá por los años veinte del siglo pasado. ¿Qué diría hoy si levantase la cabeza? Entre el barrio en el que vivo y las altas bardas del puerto hay un espacio considerable de solares a la espera de ser urbanizados. Ese espacio es un enorme aparcamiento por el que siempre hay multitud de coches circulando en busca de un hueco en el que meterse. Es como de chiste, pero encontrar aparcamiento se ha convertido en, quizá, el momento más feliz del día de una inmensa mayoría de la ciudadanía. Es un desahogo de tensión que en ocasiones tiene proporciones similares a las del orgasmo. En definitiva: a esto es a lo que hemos venido a dar tras siglos de lucha incesante por facilitarnos la vida. Por así decirlo, el mito prometeico se ha cumplido al pie de la letra: tanto querer ser como dioses nos ha convertido en víctimas del águila que viene todos los días a roernos el hígado.
E insistimos porque está en la esencia de la especie. Ahora todo el mundo habla y nunca acaba de la inteligencia artificial. No se quiere comprender que no es más que otro cachivache que solo va a servir para dar más alas al águila roedora. Recuerdo que en aquel cómic semanal llamado Pulgarcito había un personaje llamado Bartolo el As de los Vagos. Siempre estaba tumbado. Un día le llevaron a un concurso de vagos. Había llegado a la final y tenía que competir con uno que quería que alguien inventase una máquina que con solo apretar un botón ya te lo resolviera todo. Entonces llegó el turno de Bartolo: pues yo quiero una máquina para que apriete ese botón... supongo que la inteligencia artificial es, precisamente, la máquina que quería Bartolo.
Siempre corriendo detrás del dichoso botón; en eso se ha convertido la vida. Todo el mundo te quiere convencer de que utilices trucos para sortear la agonía. ¡Cuántas veces no me habrán exhortado a que cambiase mi bicicleta de motor de alubias por una con motor eléctrico! Afortunadamente, por algún don que me concedieron los cielos, comprendí a edad relativamente temprana que lo único que da sentido a la vida es la agonía. Por eso, de muy niño todavía, me ponía como reto, con mi grupo de proscritos, subir el puerto de Alisas en bicicleta; han pasado ya setenta años y tengo vivo en la memoria, como si hubiese sido ayer, el momento en el que coronábamos el puerto... à bout de souffle, nunca mejor dicho. ¿Qué es una vida sin épica? Sin luchar con molinos.
En fin, el caso es ese, que ya no hay sitio para el que se obstina en querer solucionarlo todo apretando el botón. No hay aparcamiento para el que usa coche para desplazarse. Para el que no usa coche hay todo el aparcamiento del mundo. ¿Acaso alguien te obliga a usarlo? Total, puedes ir andando hasta el fin del mundo. ¿Para qué llegar antes de tiempo? Bueno sí, para dar lugar a que el águila tenga todo el tiempo del mundo para roerte los hígados... y, así, luego, remedando a Rosaura podrás decir: y tanto placer había/ en quejarse, un sabio decía/ que, a trueco de quejarse,/ habían las desdichas de buscarse.
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