Cortesía de Un Besi de Fresi
No creo que haya obligación moral en estos momentos que estamos viviendo que se pueda comparar a la de denunciar la extorsión institucionalizada, elevada a la categoría de ejemplaridad ética, que venimos padeciendo. Estamos esclavizados por una mafia armada empeñada en borrar por medio de una propaganda extenuante uno de los adagios más interiorizados en el imaginario popular, aquel que sostiene que el que parte y bien reparte se lleva la mejor parte. Y es que es eso, que, so capa de que ellos reparten mejor que nadie, se están quedando con todo.
Personalmente, me parece de maravilla el que unos tipos se dediquen a repartir, siempre y cuando, claro está, repartan de lo suyo. De hecho, durante toda la historia de la humanidad hubo gente que, por razones diversas, se dedicaron a repartir parte de su patrimonio entre los necesitados. La compasión es uno de entre los más poderosos sentimientos humanos a efectos de contribuir a la conservación de la especie; es algo instintivo, hasta en los más pervertidos, querer echar una mano al que lo está pasando mal. De hecho, hay pocas cosas que eleven tanto el espíritu como ayudar al necesitado y, de ahí, la alta productividad, o incalculable valor añadido, que tiene el oficio de mendigo. Sin compasión lo más probable es que ya nos hubiéramos extinguido.
El problema es que nos lavaron el cerebro de tal manera que hasta el dar limosna a los mendigos nos produce un sentimiento ambiguo. Por eso Nietszche decía que había que matarlos a todos porque, lo mismo si les dabas, que si no les dabas, te quedabas insatisfecho. Y es que este modelo de Estado que venimos padeciendo en Occidente, ya va para más de siglo y medio, se percató desde sus inicios de que uno de los pilares de su poderío era, precisamente, el colectivizar la compasión, es decir, destruirla a nivel individual: para ayudar a los necesitados ya estoy yo, te dijeron... y te lo creíste. ¡Era tan cómodo! Un truco del almendruco, en definitiva, para justificar el expolio. Lo que no supieron prever es que sin ese sentimiento de compasión activo los seres humanos se vuelven monstruos a la deriva en cuatro días... solo hay que remitirse a los hechos.
En cualquier caso, este modelo de Estado, diría yo que asesino, se fundamenta en algo que, de tan simple, es muy difícil caer en la cuenta. Tan simple como que el Estado tiene armas y tú no. Y ya, no solo es que no las tengas, es que, también, no sepas usarlas, que no por otro motivo es el que, de hace unos años para acá, en todos los países occidentales hayan suprimido la milicia de conscriptos, lo que se conocía como mili obligatoria. Nos dijeron que se trataba de una conquista social y nos tragamos el anzuelo; en realidad era otra vuelta de tuerca en la ejecución del plan de transformación de los ciudadanos en esclavos.
En resumidas cuentas, yo, a despecho de toda la repugnancia que en los espíritus pacatos pueda producir mi proposición, lo tengo claro: no existe otro camino de liberación de esta mafia extorsionadora que nos señorea que la vuelta a la Biblia y el fusil. La Biblia porque es, a mi juicio, el libro que mejor ayuda a reconocer la propia realidad; el fusil, porque te puedes defender de los que te meten la mano en el bolsillo por, según dicen, el bien de la humanidad. Así, con tales prevenciones, quizá pudiésemos volver a entronizar a la compasión entre nuestras principales armas de cara a conservar la especie.
No hay comentarios:
Publicar un comentario