Recuerdo, allá por los comienzos de los ochenta del siglo pasado, andaba yo por Cataluña teniendo frecuentes conversaciones con catalanes doloridos: ¡con lo que nos han hecho!, solían argumentar. Ya saben, cuando uno se instala en el victimismo huelgan todo tipo de consideraciones a la contra. Como yo, por aquel entonces, acababa de descubrir a Ortega, concretamente las Meditaciones del Quijote y La Rebelión de las Masas, era frecuente que le trajese a colación para apuntalar mis teorías. ¡Craso error! Una cosa es mentar el pecado y otra el pecador. Mentabas a Ortega y, cualesquiera fuese la idea señalada, daba igual, de inmediato saltaba el resorte de su descalificación por medio de la palabra, ya por entonces, toten: ¡fascista! Es muy curiosa la facilidad con la que se invierte el significado de las palabras para ocultar la propia condición. No hay mejor forma de identificar a un fascista —"todo por el Estado; nada fuera del Estado; nada contra el Estado", como lo definiera el propio Mussolini— que escucharle llamar fascista a un liberal. Hay por ahí una chiquita, que por cierto está muy buena, lo cual no es cosa baladí, que la oyes hablar y estás escuchando al mismísimo Mussolini: para ella todos los que se oponen a sus fantasías estatistas son fascistas a los que hay que eliminar.
En fin, semánticas aparte, el caso es que, en mi opinión, a Ortega es como si diese vergüenza citarlo en apoyo de las propias tesis. Tenemos ahí, por ejemplo, el caso del profesor Miguel Anxo Bastos, que utiliza verdaderas cataratas de erudición para apuntalar sus ideas antiestatistas; pues bien, no recuerdo haberle oído citar nunca a Ortega, por más que, a veces, lo que dice, es calcado, verbi gratia:
«Pero el caso es que el hombre-masa cree, en efecto, que él es el Estado, y tenderá cada vez más a hacerlo funcionar con cualquier pretexto, a aplastar con él toda minoría creadora que lo perturbe; que lo perturbe en cualquier orden: en política, en ideas, en industria.
El resultado de esta tendencia será fatal. La espontaneidad social quedará una y otra vez violentada por la intervención del Estado; ninguna nueva simiente podrá fructificar. la sociedad tendrá que vivir para el Estado; el hombre, para la máquina del gobierno. Y como a la postre no es sino una máquina cuya existencia y mantenimiento depende de la vitalidad que la mantenga, el Estado, después de chupar el tuétano a la sociedad, se quedará hético, esquelético, muerto con esa muerte herrumbrosa de la máquina, mucho más cadavérica que la del organismo vivo.»
No es algo dicho a humo de pajas; corrían por entonces los años veinte del siglo pasado y todavía había que echar mano de la historia antigua para apuntalar tales teorías —la decadencia y muerte del imperio romano—; hoy día le hubiese bastado con referirse a los recientes acontecimientos en el este de Europa: el estrepitoso derrumbe de la Unión de Repúblicas Soviéticas... es como si hubieran seguido al pie de la letra el guion que denuncia Ortega. ¡Tanto chupar el tuétano de la sociedad!
Todo lo que dice Anxo sobre la libertad en el antiguo régimen monárquico respecto de la libertad en el actual sistema político, lo haya sacado o no de Ortega, para el caso es lo mismo, porque ahí, en la Rebelión de las Masas, está relatado punto por punto. La libertad tiene que ver, principalmente, con el tamaño del Estado, y el que tenemos hoy día es como mil veces el que tenían por aquel entonces. Al fin y al cabo, aquel estaba regido por aristócratas y éste por burgueses devenidos funcionarios. Y no se engañen al respecto, porque siempre hubo clases y las seguirá habiendo por los siglos de los siglos. Aristocracia es autoexigencia individual y, burguesía, pragmatismo social. En fin, para pensárselo dos veces.
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