martes, 21 de julio de 2026

El insidioso pacto

 Es un sentir al que podríamos llamar malestar existencial. Todo el mundo tiene su lote de eso y, en la inmensa mayoría de los casos se compensa sin mayores problemas por los más variados procedimientos, desde tomarse una copa a escalar una montaña, por poner dos ejemplos bien tontos. Pero, por lo que sea, hay personas que no encuentran remedio a su malestar si no es traspasándoselo al vecino. Digamos que es gente afectada del síndrome de Melmoth el Errabundo. 

Traspasar su malestar a los otros es el intento al que casi nadie renuncia en primera instancia llevándose con ello, en la mayoría de los casos, una amarga lección que suele ser suficiente para no volver a tropezar en esa piedra. Pero hay una minoría bastante numerosa en la que el síndrome está tan enraizado que no hay lección, por amarga que sea, que valga para nada. Para ellos insistir es la única posibilidad de sobrevivir. Por eso, podríamos decir que ellos son el mal del mundo. 

Ese malestar, en principio, no tiene otro origen que no sea algún tipo de pacto que se ha hecho con el diablo en la más tierna infancia. El diablo disfrazado de los padres, o de escuela pública, va concediendo todos los caprichos al infante y le va inculcando un concepto de sí mismo que nada tiene que ver con la realidad. Por eso a la hora de confrontarse con ella no recibe más que palos que de nada le sirven a efectos de curación sino todo lo contrario. 

La literatura universal se ha cansado de analizar este asunto. El Don Juan de Tirso de Molina, el de Zorrilla, el de Torrente Ballester —la mejor novela en español del siglo pasado, a mi inmodesto juicio—; los Faustos de Marlowe y Goethe; Melmoth y un largo sin fin. Y todo lo que se insista es poco, porque, por lo que sea, pocas cosas habrá que más nos cueste reconocer dentro de nosotros que ese pacto con el diablo que, en mayor o menor medida, alguien nos ayudó a firmar cuando todavía no habíamos hecho la primera comunión.  Y claro, ¡cómo no nos va a costar reconocer el insidioso pacto si para eso lo que hay que hacer es clavarse una estaca en el pecho! En fin, cosas de nuestra imperfección estructural. 

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