«Mis queridos compatriotas, estaríamos perdidos si no hubiésemos estado perdidos», dicen que dijo Temístocles a los atenienses cuando tenían enfrente una escuadra que les quintuplicaba en número de barcos. Aquello fue la batalla de Salamina, uno de esos momentos de la historia que tendemos a considerar como decisivos porque, para orientarnos en medio de la inmensidad, nos viene bien colocar hitos. La verdad es que, fuera como fuese que hubiera sido aquello, el hito que nos dejó construido Heródoto no tiene desperdicio: la debilidad aguza el ingenio y pare un hijo invencible. Luego, ya, nos venden la moto de la superioridad moral de la democracia ateniense frente a la autocracia monárquica persa. Todo ello, como es lógico, relato de vencedor para embaucar a los incautos. De aquella victoria ateniense se siguió el caos que Tucídides nos relata en sus Guerras del Peloponeso; cien años batallando para ver quien la tenía más larga con resultado final del regreso de la autocracia monárquica en la figura de Filipo II de Macedonia y, no digamos ya, en la de su hijo Alejandro. Poco después, a los romanos les pasa más o menos lo mismo; después de derrotar a duras penas a los autócratas cartagineses, se desgarran en luchas intestinas para acabar coronando a Cesar. Cesar y Alejandro, autocracias coronadas y, sobre todo, eficaces... los padres de eso que llaman los valores de occidente.
Pero a lo que quería ir es a lo de la frase de Temístocles, en principio tan oscura, pero que, una vez dadas las vueltas pertinentes, se nos muestra en todo su esplendor. Sólo desde la conciencia de nuestra permanente desorientación en medio del caos que somos y que nos rodea, podemos encontrar salidas hacia los cortos momentos de orden en los que nos sentimos razonablemente afianzados. Esos cortos momentos en los nos creemos capaces de derrotar al dragón... al que llevamos por dentro y al que nos amenaza desde fuera.
Pues sí, mis queridos compatriotas, para vivir de verdad hay que empezar por saber reconocer que se está perdido; ese es el único asidero firme al que nos podemos agarrar para no salir lanzados hacia la sumisión a una ideología o imbecilidad por el estilo. Y a eso es a lo más a lo que podemos aspirar... que no es poco.
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