La humanidad en su conjunto, lo mismo que los individuos, siempre están prisioneros de dilemas irresolubles. Es eso que los ingleses llaman conundrum, una palabra que, una vez oída, por lo que sea, ya no se te olvida. En realidad, todo en esta vida, excepción hecha de las matemáticas es un puro conundrum. La gente del común tiene por hábito el enfrentar los dilemas decantándose por la opción que mejor casa con lo que ellos llaman su ideología y que, sin embargo, no es más que su conveniencia a corto plazo. Es todo puro infantilismo. Y la experiencia demuestra que nada se puede hacer al respecto si no es dejar que la bola corra ladera abajo y que sea lo que Dios quiera.
Ahora, por lo visto, hay muchos incendios y todos dicen la suya, pero nadie está dispuesto a mover un dedo en el sentido de la lógica. En realidad, todo el asunto, en principio, sería muy sencillo: no haría falta más que el que Helios negase a su hijo Faetón el capricho de conducir el carro del sol. Cojan, agarren las Metamorfosis de Ovidio y vean como quedó todo por aquí abajo por haber cedido Helios al capricho de su incompetente hijo. Y es que no es precisamente fácil conducir ese carro; tan pronto te alejas y te hielas, como te acercas y te quemas.
Y así es que ahí están todos con el asunto del puto calentamiento global. Unos dicen que sí y otros dicen que no, pero todos coinciden en fundarse en la ciencia para apuntalar sus posiciones. !A cualquier cosa llaman ciencia! Sí, ahí están todo el día con eso que llaman los modelos que no son otra cosa que un truco para justificar sus sueldos. ¿Modelos de qué? También el calendario zaragozano era un modelo con todos sus algoritmos y el recreo y toda la hostia de una culta población.
Ya digo, pon firme a Faetón y punto pelota. O, si mejor quieren, dejen de robar fuego a los dioses y, automáticamente, dejarán de quemarse. Pero, díganme ustedes, ¿conocen a alguien que esté dispuesto a disminuir su consumo de derivados del petróleo? A todas las horas estamos quemando con entusiasmo millones de toneladas de esos derivados. Puede que ello sea inocuo, puede que sea letal, ¿quién lo sa? En cualquier caso, ya nuestros ancestros más remotos habían concluido que la sabiduría es, fundamentalmente, prudencia. Y lo prudente en este caso sería desmitificar las ventajas que proporciona el coche. ¡Por Dios bendito, mira que hay que estar ciego para no darse cuenta de que son ventajas envenenadas!
Bueno, para muestra ya tenemos ahí el botón del desierto del Sahara que no es otra cosa que la herencia que nos dejó el capricho de Faetón. Al menos, eso es lo que dicen las crónicas.
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