viernes, 31 de julio de 2026

Divagaciones tardoveraniegas

 



La apacibilidad de estos atardeceres brumosos del verano norteño. Gente del barrio baja con sus trebejos y se pone a la orilla del agua alimentando la expectativa de una cena gratis. Aunque, en realidad, pienso, a lo que más bien aspiran es a ensimismarse contemplando las suaves ondulaciones que la brisa produce en la superficie del agua. De vez en cuando intercambian un manido comentario que nunca va a más. Y así hasta que la noche se cierra y regresan a sus cobijos.

Procuro no faltar nunca a esa cita, aunque, en vez de a la orilla, me siento en un banco y observo el escaso tráfago: la típica dueña, o el típico rokero que nunca muere, que pasean a su perro; un grupo de la quinta edad, la mitad en el banco y la otra mitad en sus sillas de ruedas, que departe sobre sus últimos viajes —las enfermedades son los viajes de los pobres, decía Pla—; unos senegaleses que se apresuran a embarcar —ya ha empezado a levantarse uno de los brazos del puente levadizo—; y, allí, en frente, la chavalería del barrio sigue pegándose coles... ni se sabe las horas que llevarán con tan extenuante actividad. A veces pasa alguien conocido e intercambiamos un fugaz saludo, aunque, por lo general, si no es por María, que suele acudir a la cita, me voy a casa como vine, envuelto en mis pensamientos. 

Lo curioso es que esta es la misma ciudad en la que a poco más de un kilómetro a levante hay un avispero en plena ebullición. Gentes venidas de todos los confines pugnan por encontrar un significado a su azaroso deambular: da la impresión de que los árboles no les dejan ver el bosque... supongo que ese es el gran drama del turismo de masas. Y así es que tratan de consolarse consumiendo alimentos hipercalóricos y deshaciéndose después de los envoltorios por los más expeditivos procedimientos... el suelo da buen testimonio de ello. Bueno, el otro día me mandaron un video en el que unos jóvenes trataban de desahogarse pegando patadas a las bicicletas municipales; la que los estaba filmando decía; ¡esos no son de aquí! Claro, de aquí, por esos lares, no es prácticamente nadie. 

En fin, ya pasó lo peor. Apenas queda un mes para que el downtown vuelva a la relativa civilización; claro que si no es indispensable no me ven el pelo por allí, porque es que, ¡Dios mío!, que absoluta ausencia de personalidad... aunque eso de la personalidad... muy necesaria para ser policía y cosas así.

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