miércoles, 15 de julio de 2026

Hasta los cojones.

La aparente unanimidad. ¿Qué no daría yo por poder sumarme a la fiesta? Pero no puedo; algo se ha revuelto dentro de mí con resultado de malestar físico siempre que lo he intentado. Cada uno es, o está hecho, como es o ha sido hecho. Yo nunca ví a mis padres sumarse a ningúna celebración colectiva; a juzgar por algunos comentarios que les escuché, pienso que les horrorizaba. Claro, ellos habían vivido aquellos entusiasmos que habían acabado en lo que habían acabado y tenían la lección bien aprendida: para ellos, la sustancia aglutinante siempre era venenosa. ¡Y qué razón tenían!

Esa es la cuestión, la calidad de la sustancia aglutinante. ¿Cuántos de entre todos esos, tan españoles ellos, que ayer al atardecer rugían en la terraza de la esquina sur de la calle habrán leído El Ingenioso Hidalgo? Me temo que ninguno. Esa es la preocupante cuestión, que detrás de esa unanimidad no hay el menor esfuerzo intelectual; todo es sentimentalidad, el mismo argumento que han venido usando los asesinos vascos para justificar sus tropelías. ¡Yo es que me siento vasco, español, o de donde sea, hasta la médula de mis huesos! ¡Bonita forma de exhibir inanidad!  

A Dios Gracias, hay bastante gente que ha leído y lee el Quijote. Y también a Murray Rothbard. Y por eso nunca están en las terrazas donde se ruge. Suelen estar en sus gabinetes calculando el área que hay entre dos curvas o asuntos por el estilo con los que se genera la riqueza de la que comen los que rugen. 

En fin, a ver si termina esta mierda, y, también, las fiestas del barrio, y las de la ciudad, y, y, y... y todo este fingimiento de felicidad con el que los muchos se autoengañan y los pocos acaban hasta los cojones. 

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