Pla decía que esa obsesión que tienen algunas personas porque en sus casas todo esté en el sitio que le ha sido asignado de antemano es un a modo de mecanismo de compensación del desorden que tienen en la cabeza. ¿Quién, a poco observador que sea, no conoce ejemplos que confirman esa teoría? Yo, desde luego, podría citar unos cuantos y, juraría que, en todos los casos, se ha tratado de personas con un alto índice de silencioso sufrimiento, porque, claro, ¿cómo evitar que venga alguien y cambie algo de sitio? El orden exterior a uno mismo es, siempre, por definición, una batalla perdida.
El caso es que todas esas personas sufrientes, que les digo, de tanto perder batallas, suelen tener una propensión irreprimible a adscribirse a ideologías totalitarias... aunque, esto de ideología totalitaria, mucho me temo que es un pleonasmo. ¿Puede haber alguna ideología que no lo sea? En fin, sea como sea, lo que les puedo asegurar es que a los ejemplos que he conocido de torturados por el desorden exterior siempre se les ha pegado, como las ladillas a los pelos del pubis, una ideología criminal... ¡otro pleonasmo!, me temo.
De todas formas, esa afirmación de Pla no deja de ser una apreciación irónica para subrayar la molesta patología de quienes no pueden soportar el desorden que, por la propia naturaleza de las cosas, todos tenemos en la cabeza. Tratar de ordenar ese desorden es el esfuerzo humano por excelencia con el resultado de todos conocido... cero patatero, que diría el otro. Pero, no nos engañemos, porque hay ceros y ceros: unos que repercuten negativamente en el conjunto y otros que se limitan a la procesión interior.
Pla, sin duda, entendió perfectamente esta cuestión de los ceros y por eso hizo lo que hizo, lo que cualquier hombre sabio, apartarse del mundo. ¡Dichoso él que tuvo medios para agenciarse una masía! Desde allí se dedicaba observar el mundo con escepticismo guardándose mucho de que le alcanzasen las salpicaduras de los necios.
Y eso es todo, aprender o no aprender a convivir con el desorden que tenemos en la cabeza. En realidad, es bien fácil, solo hace falta agenciarse una masía en mitad del campo —en sentido figurado, claro está— y dedicarse a reirse de uno mismo... que, ¡anda que no da uno para hacer chistes a poco que sepa observarse por dentro!
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