Por muchas vueltas que le demos para autoengañamos no podemos evitar acabar por caer en la cuenta de que el tirano que nos roba la libertad somos nosotros mismos. Ese tiranillo que llevamos dentro que colabora con entusiasmo con el gran tirano que domina el mundo y que, vendría a ser, así, en abstracto, eso que denominamos el demonio o, por simplificar más, el mal. ¿Por qué tendrá que ser tan atractivo el mal?
Vencer a ese tiranillo es nuestro gran reto. Por eso las dos obras, que para mí son las cumbres de nuestra literatura, El Ingenioso Hidalgo y Segismundo Encadenado, van precisamente de eso, de vencerse a sí mismo. Aquí llega Don Quijote, vencedor de sí mismo, que, según el mismo dice, es la mayor victoria que el ser humano puede alcanzar en esta vida, exclama Sancho a la vista de su aldea. Por su parte, Segismundo, también se reconoce vencedor de sí mismo cuando renuncia a Rosaura por considerar que lo correcto es cedérsela a Astolfo que es del que Rosaura quería vengarse por haber faltado a su palabra de matrimonio. Y a mayor abundamiento, que diría un sindicalista, Segismundo se queda con Estrella que tampoco está mal para lo que en realidad necesita una mujer que no es otra cosa que para trasmitir su ADN.
Pero es que no solo es en la ficción en donde nuestra literatura insiste en el tema del vencimiento; si nos vamos a las dos obras que también podrían ser consideradas cumbres de nuestra filosofía, El Criticón y La Rebelión de las Masas, en realidad no tratan de otra cosa que de dar pistas para ayudar a llegar a esa difícil meta. Aunque, para ser justos, tendríamos que decir que, cualquier literatura que consigue perdurar a través de los siglos, lo consigue, precisamente, por ser esclarecedora respecto del camino hacia el autovencimiento.
«La vida humana, por su naturaleza propia, tiene que estar puesta a algo, a una empresa gloriosa o humilde, a un destino ilustre o trivial. Se trata de una condición extraña, pero inexorable, escrita en nuestra existencia. Por un lado, vivir es algo que cada cual hace por sí y para sí. Por otro lado, si esta vida mía, que sólo a mí me importa, no es entregada por mí a algo, caminará desvencijada, sin tensión, sin "forma".»
Ponerse a algo... a algo que nos sirva para derrotar al tiranillo que llevamos dentro. O que, por lo menos, le baje los humos al comprobar lo mucho que le cuesta tirar hacia delante con la empresa. ¡Jo, mira que es difícil sabérselo montar para no andar toda la vida como puta por rastrojo! ¡De puro torpes que somos!
Bueno, voy a dejar a Ortega, que ya estuvo bien, y me voy a poner con Ovidio que fue un tipo al que desterraron de su patria por saberlo todo sobre las mujeres... o, por lo menos, eso es lo que quiere dar a entender en sus escritos. Vamos a ver.
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