martes, 7 de julio de 2026

Al pairo

Mi padre solía decir en sus postrimerías que le fastidiaba morirse por no poder ver las maravillas, todas tecnológicas, por cierto, que se anunciaban. Tenía uno de aquellos aparatos para jugar al ajedrez y le sacaba mucho rendimiento; siempre fue muy bueno con cualquier tipo de juego al que se pusiese. El caso es que, como le fascinaba el progreso, mi hermano, tan inocente como era, le regaló un libro, a la sazón muy de moda, del físico Stephen Hawking, en el que según decía la propaganda estaban las claves de las grandes preguntas sin posible respuesta. Aunque no era muy de leer lo que fuese que no tuviese relación con su profesión de médico, se puso a ello y no necesito insistir mucho para darse cuento de que aquello era un completo fraude. La física en el momento que empieza a prescindir de las matemáticas y se pasa a la especulación filosófica se hace tan incomprensible como la misma realidad. ¡Ay, que diferente sería todo esto si pudiésemos saber lo que realmente está pasando a nuestro alrededor! 

A mí, ya, lo de morirme, me la trae al pairo. Ya he visto todo lo que tenía que ver y estoy convencido de que nunca va a pasar nada que no haya pasado ya miles de veces. La gente seguirá con la ilusión de ganarle un poco más de tiempo al tiempo para llegar antes a su destino y, allí, desesperar esperando encontrar un aparcamiento. Igual que venimos de la nada nos vamos a la nada. Evidentemente, dejas un rastro que, en alguna medida, puede afectar, para bien o para mal, a la descendencia. El ir ganando conciencia de ese rastro ha sido lo que, a la postre, más me ha condicionado la vida; por alguna razón que se me escapa, mejorar la calidad de ese rastro se ha convertido en mi principal obsesión. Supongo que es algo relacionado con las leyes no escritas del cielo. Porque trasmitimos un ADN físico, pero, también, otro espiritual que, lo mismo que puede favorecer, puede convertirse en una pesada carga para la descendencia. 

Y, en el entretanto, mientras espero que me coloquen la moneda en la boca, me entretengo observando lo bien que lo pasan los justos —tocando la guitarra y cosas así— y los malos trances en que se ven metidos los idiotas... porque mira que hay que serlo para creerse tanta mentira junta.  

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