Lonely are the brave. Aquella película de los años sesenta del siglo pasado cuando Hollywood todavía no había sido colonizado por los mariquitas comunistas, perdonen el pleonasmo. Lo que yo ví en esa película fue una recreación del Quijote. No importa cuantas veces se estrellase el protagonista, maravillosamente encarnado por Kirk Douglas, porque el caso era perseguir la libertad por encima de todas las demás consideraciones. Y casi la consigue si no hubiese sido por una climatología adversa que se pone del lado del sistema. Así que, seguramente, ese final patético fue una triquiñuela para despistar a los censores que, por aquel entonces, en plena guerra fría, estaban muy centrados en todo lo que oliese a revolucionario. Y es que, díganme ustedes qué puede haber más revolucionario en este mundo que el ser capaz de andar solo por la vida... todo, absolutamente todo, lo que de notable haya creado el ser humano a lo largo de la historia ha sido obra de individuos que se hurtaron a la masa. La masa, por su parte, es el espíritu de destrucción por excelencia. En definitiva, es la eterna dialéctica entre la valentía de los pocos contra la cobardía de los muchos. Si tienen dudas al respecto, échenle un vistazo a El Manantial de Ayn Rand: más claro el agua.
Ayer por la tarde salí un rato a tomar el aire y me tuve que volver para casa de inmediato so pena de suicidio. Nada más deprimente que una ciudad en fiestas. Es como la apoteosis del sometimiento al poder. Todo el tramo que recorrí, un par de kilómetros, era un atasco sin expectativas de solución. Las familias dentro de los coches con cara de resignación; quizá, con suerte, para la hora de la cena, alguien vendría a rescatarlos. Y, a lo lejos, sonaba el tantán de los hotentotes. A cosas así es a lo lleva toda esa milonga de la socialización, empatía y demás burdos engaños. Es elemental, querido Watson, todo cosiste en mantener al personal en cotas bajas de productividad; así los manejas con el dedo meñique de la mano izquierda; con el mismo que usas, previo dejarte crecer la uña, para sacar las cascarrias de la nariz.
En fin, perdonen el desahogo, pero es que, según para donde uno mire, se corre el riesgo de perder toda esperanza... como en el infierno de la divina comedia. Claro que, afortunadamente, podemos mirar hacia donde los valientes cabalgan solos y vemos que, quizá sean muchos más de lo nadie hubiese podido sospechar. Yo sé que no lo veré, pero me voy a ir de aquí con la convicción de que toda esta borreguería cobarde está ya camino del matadero y una nueva raza de solitarios productivos —otro pleonasmo— asoma ya por el horizonte.
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