A veces, muy pocas, necesito hacer alguna gestión por el centro de la ciudad y no me queda más remedio que contemplar el panorama desde el puente: todo está invadido por eso que llaman turismo de masas y que, a mi juicio, sería mucho más exacto calificarlo de almas en pena; cada dos por tres, atraca en el muelle un barco gigantesco que las vomita a millares. Y en la ciudad, sobre todo esos a los se denomina autoridades, están que no les cabe un pelo por el culo: creen haber dado con la cuadratura del círculo. Ellos, solo tienen que poner y quitar casetas, y programar fuegos de artificio, para que las arcas estén a rebosar.
Afortunadamente, las almas en pena tienen una necesidad imperiosa de aglutinarse en espacios reducidos, así que a la que te alejas del centro de la ciudad la vida continua. Por donde vivo hay incluso niños y gentes de profesiones artesanas de las de toda la vida. Y en los márgenes del muelle, al atardecer, hay pescadores de caña que de vez en cuando sacan un calamar.
Pessoa decía que el turismo era propio de gente con sensibilidad roma, es decir, que necesita sensaciones fuertes para sentir algo. Stern, por su parte, sostenía que viajar solo se justificaba por negocios, o para recuperar la salud; hacerlo en busca de placer le parecía, simplemente, una imbecilidad. Mi propia experiencia al respecto confirma al cien por cien esas dos opiniones. El poco turismo que he hecho ha sido siempre en situaciones de desesperación o imbecilidad, lo uno por lo otro y viceversa.
Mis conocimientos históricos me hacen suponer que la vida en sociedad solo es posible si se sustenta en mitos; es decir, si se limita la libertad por medio de mentiras que está prohibido desvelar so pena de atraerse la enemiga de la gente en general y de los parásitos en particular... porque no nos podemos engañar al respecto, los mitos son el caldo de cultivo en el que los parásitos se reproducen como los hongos en el estiércol.
Así es que, en estos tiempos que corren, hay dos mitos que contribuyen como pocos a mantener la cohesión social: el turismo y los perros. Haz alguna objeción ante el respetable a cualquiera de esos dos mitos y de inmediato sentirás el vació a tu alrededor. Da igual que todo el mundo vuelva de sus turisteos hecho una desgracia de tanto comer, cagar y dormir mal, lo que cuenta es que le sirvió para huir de sí mismo por unos días. ¿Y quiénes son los que tiene necesidad imperiosa de huir de sí mismo? Pues blanco y en botella: las almas en pena. Y eso, por no hablar de esas otras almas en no menos pena que han hecho del salir tres veces al día a recoger cacas de perro por las calles su proyecto de vida. Dicho así, suena raro, pero es la realidad y Dios te libre de mentarla porque, incluso, te pueden matar... así anda el patio.
Así todo, todos los mitos, como todo lo demás, tienen su recorrido: nacen, se desarrollan y mueren. De hecho, si te vas a las redes sociales verás que cada vez se alzan más voces denunciando la imbecilidad del turismo. Lo de los perros, aunque se escucha algún tímido intento, todavía está muy terso; hay que tener en cuenta que la pudrición del espíritu que se oculta tras ese mito es mucho más profunda que la que se oculta tras el turismo. Por cierto, que en una red social que se llama Instagram hay multitud de vídeos sugiriendo que los perros, y también los caballos, tienen una especial habilidad para los trabajos de pilón... ya saben, aquello de bajar al pilón. Dios ya lo debía de saber y por eso fue que entre los preceptos que dictó a Moisés en el monte Sinaí estaba el de la pena de muerte para los que usasen animales para esos menesteres.
En fin, uno dice la suya con la incierta convicción de que así contribuye en algo al esclarecimiento de la oscuridad que cubre el mundo. Una vana ilusión como otra cualquiera.
No hay comentarios:
Publicar un comentario