Para mí, toda la ciencia que hay que saber en esta vida se resume en estas pocas líneas:
«Pero la fiesta dura poco. Sin mandamientos que nos obliguen a vivir de un cierto modo, queda nuestra vida en pura disponibilidad. Esta es la terrible situación íntima en que se encuentran ya las mejores juventudes del mundo. De puro sentirse libres, exentos de trabas, se sienten vacías. Una vida en disponibilidad es mayor negación de sí misma que la muerte. Porque vivir es tener que hacer algo determinado —es cumplir un encargo— y en la medida en que eludamos poner a algo nuestra existencia, evacuamos nuestra vida. Dentro de poco se oirá un grito formidable en todo el planeta que subirá, como el aullido de canes innumerables, hasta las estrellas, pidiendo alguien y algo que mande, que imponga un quehacer u obligación.»
La disponibilidad es una condena que no se puede ocultar tras el romántico mito de Lulú. La supuesta libertad de espíritu de Lulú es pura pulsión suicida. De hecho, ¿han conocido ustedes a alguna, o algún Lulú, que no acabe trágicamente? No se engañen al respecto, porque Lulú no es más que otra alma en pena con un poco más de aparato que el común de ese siniestro espécimen. Por eso llama la atención e, incluso, se quiere hacer de él, o ella, personajes simpáticos. Acuérdense de la Lulú de Alban Berg —la única ópera que puedo soportar, por cierto— o el Lulú que interpreta Gérard Depardieu, una gran película sin duda para el que pueda entenderla, no muchos, sospecho, ya que las almas en pena, como los vampiros, si es que no son la misma cosa, tienen como principal característica el no poderse ver en los espejos.
Almas en pena, lulús, vampiros, el mundo está a rebosar de ellos merced a la maldición prometeica. Cada vez que alguien roba un poco de fuego a los dioses, de inmediato estos se vengan dejando a unos cuantos millones más sin qué hacer en la vida. Gente que desaparece y nadie lo nota a no ser que dejen cuatro perras a unos herederos que no veían llegar la hora. Seguramente ese sea el destino de la especie, correr como locos tras lo que se ha dado en llamar progreso sin percatarse de que ese es, precisamente, el camino hacia la extinción. Por eso supongo que será que cuando surge por ahí un alma lúcida, tan raro, por cierto, dedica la vida a denunciar el progresismo y enaltecer el conservadurismo.
Terrible situación íntima la del que es incapaz de encontrar su qué hacer. He podido comprobar que aquí en el barrio hay un par de señoras que se dedican, una a recoger los papeles que hay por el suelo y otra a conseguir que los alrededores de los contenedores estén limpios. Seguramente, a ambas, la mayoría las toma por locas; sin embargo, estoy convencido de que son las que menos angustia vital tienen de todo el barrio. Por así decirlo, han sabido montárselo; lo que hacen, a buen seguro, les proporcionará la íntima convicción, con toda la razón, de estar contribuyendo a hacer el mundo un poco mejor.
En fin, el que quiere puede... encontrar dedicación, quiero decir. Y el que no quiere, una de tres, que en realidad es sólo una: alma en pena, lulú o vampiro... y a sufrir.
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