domingo, 12 de julio de 2026

Arte de Ligar

Leyendo Arte de Amar de Ovidio, irremediablemente me retrotraigo a la edad juvenil cuando uno no se podía sacar el asunto de la cabeza ni cuando estaba dormido. Las dichosas hormonas mandaban entonces y te instalaban en un relativismo moral que te permitía ser un villano sin sentir por ello el menor remordimiento. La verdad es que si Dios fuese tan listo como dicen hubiera sido más cauto a la hora de, una de dos, dejar que las hormonas tengan semejante poder sobre el cerebro, o, de lo contrario, haberse callado respecto de lo de la mujer del prójimo. Porque es evidente que lo uno no cuadra con lo otro. 

El caso es que Ovidio se dedicó en ese libro a dar consejos para la consecución, sin pararse en muchas mientes, del objeto de deseo. El arte de seducir no es otra cosa que engaño, o sea, vileza pura y dura. Claro que, en este tipo de negocios, la segunda parte de la parte contratante, no le va a la zaga. Si te pones a considerar con detenimiento tu particular currículum al respecto, es muy probable que llegues a la conclusión de que, en la mayoría, si no es que en todas las ocasiones que conseguiste llegar a puerto, fuiste más conquistado que conquistador. 

Claro está que todas estas consideraciones, tan racionales, es muy fácil hacerlas desde la perspectiva de unas hormonas en mínimos. ¡Así cualquiera! A toro pasado cualquiera puede presumir de valiente y mostrar así su necedad. Como la de toda esa senectud que condena con amargura los usos y costumbres de la juventud. ¡Qué poca memoria, por Dios! ¡Y cuánto resentimiento! Al mismo Ovidio le hicieron la vida imposible por haber escrito ese libro que, para ser más exactos, se debiera haber llamado Arte de Ligar. 

Por lo demás, leer a Ovidio tiene el aliciente de que sin querer haces un recordatorio exhaustivo de la mitología clásica. Aunque, a ese respecto, Las Metamorfosis son, a mi juicio, infinitamente más enriquecedoras que Arte de Amar... me voy a pasar a Las Metamorfosis.

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