Entre la publicidad que financia la gratuidad de los videos de YouTube cada vez aparece con más frecuencia la de la ONG Greenpeace advirtiéndonos de cómo la industria turística está destruyendo nuestras ciudades. Son los típicos sinsentidos de las sociedades desbaratadas por los recursos fáciles. Hace años se hablaba del "oil curse" —la maldición del petróleo— que hacía referencia a la corrupción y atraso que había en algunos de los países más ricos en petróleo. Y digo sin sentido porque Greenpeace está financiada por el mismo gobierno que emplea recursos casi infinitos en promover el turismo de masas... nuestro petróleo, por así decirlo.
Pues bien, la maldición del petróleo me parece a mí que son tortas y pan pintado por comparación a la que nos está trayendo el turismo. Y es que el fenómeno del turismo es la consecuencia directa de la abundancia de ocio que, a su vez, como nos enseñaban en la catequesis de la parroquia, es la madre de todos los vicios. En el fondo, y en la superficie, la industria turística es un a modo de prostitución, es decir, vender nuestros encantos al mejor postor, no importa lo repugnante que este postor sea. Y así es que el aspecto de la ciudad va adquiriendo paso a paso el que es propio de las putas, o sea, entre la incitación cuando estás hambriento y la repugnancia cuando estás servido.
Lo de los encantos, diría yo que conviene hacérselos mirar. Ya dice un conocido refrán que, la suerte de la fea, la guapa la desea. Y Gracián dedica sendas páginas en su Criticón a glosar los peligros sin cuento que para la mujer supone el tener un físico agraciado. También se dice que Dios, donde quita, pone... y viceversa. Así que, conviene no sentirse orgulloso de lo que te ha sido concedido por gracia. Lo suyo sería sentirte agradecido y no dedicarte a despilfarrar el capital concedido por los cielos... claro que para eso es necesario estar en posesión de, al menos, un par de neuronas funcionantes, lo que, desgraciadamente, no suele ser el caso.
Recuerdo que, de chaval, allí en Valladolid, lo de las putas era un tema recurrente y, en el caso de unos compañeros de pensión que eran vascos, francamente obsesivo. De hecho, a algunos de ellos, les enviaban sus padres todos meses un suplemento dinerario para que pudiesen hacer uso de ese servicio que se suponía relajador del espíritu. Después, cuando me fui de aquel ambiente, pasé a otro en el que lo de ir a putas era como la confesión de un fracaso personal. Claro que esta nueva situación coincidió con el estar al alcance de cualquiera los métodos anticonceptivos. Pero, en fin, sea por lo que sea que haya sido, el caso es que en los ambientes en que me he desenvuelto a lo largo de la vida nunca hubiese tenido cabida un putero. Y no es que hayan sido ambientes castos ni mucho menos, más bien, todo lo contrario; digamos que habíamos pasado del comercio de encantos a su libre intercambio... aunque, claro, todo eso siempre tiene sus matices, porque, muchas veces, por no decir todas, no es tan fácil diferenciar lo que una transacción tiene de comercio o de libre intercambio.
El caso es que, sean de un tipo o de otro, el ser humano parece no poder vivir sin comprar encantos. Y es el turismo el que ahora nos los pone al alcance de la mano, a paladas diría yo. Así es que, estas ciudades agraciadas por la fortuna con diversos encantos, no hacen el menor remilgo a dejarse manosear por cualquiera que tenga dos perras en el bolsillo. Es de ese modo como sacan para tanto como destacan. Y si así se ajan prematuramente, pues nada, para eso están los afeites. Uno vive de lo que puede, y al que Dios no da neuronas, le concede un bonito cuerpo para que lo venda. Lo que sobran, en cualquier caso, son ociosos dispuestos a matar el gusanillo.
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