sábado, 17 de junio de 2023

La verdad

 La gente en general está entretenidísima con la película "Ucrania" que pasan una y otra vez todos los días por todos los medios de comunicación. Claro, recuerdo perfectamente como nos gustaba cuando niños aquel cómic llamado "Hazañas Bélicas". ¿Y a quién no? Porque es que las guerras a distancia son una pasada: estás viendo imágenes espeluznantes sin que te afecte para nada, lo cual, por no se sabe qué mecanismos psicológicos es una fuente de placer como hay pocas. 

Pero no se engañen, esa guerra sin el menor sentido no es más que una tapadera para sustraer de la opinión pública la verdadera guerra que se está librando tras las bambalinas del escenario político. Y es que cada día que pasa se une un millón más de personas a las que de una forma civilizada y sistemática vienen exigiendo el esclarecimiento de la verdad desde que comenzó todo esto que dieron en llamar pandemia no sin antes haberse preocupado de cambiar la definición del concepto para que se ajustase a sus pretensiones.

Es una guerra sorda en la que la parte contratante de la segunda parte, o sea, la mafia médico-política-mediática, cuenta con un aliado de incalculable poder: el miedo de los que se vacunaron a que se sepa a ciencia cierta que fueron inoculados con una pócima peligrosa. El inconsciente hace ahí su trabajo y ya saben lo poderoso que es ese señor entre las gentes mierdosas. Pero, todo ese poder lo diluye el tiempo que pasa porque el inconsciente tiende por naturaleza a salir a la superficie: a la luz de la conciencia. 

Así que dejen de lado esa aburrida guerra civil entre rusos y permanezcan atentos a las pantallas que ya no pueden ocultar por más tiempo la realidad. En R.U. ya se ha conseguido que haya una comisión parlamentaria para investigar el asunto de marras. Y están saliendo a la luz cosas mucho más espeluznantes que las de la guerra de Ucrania. Las conversaciones que tenían entre ellos los políticos que andaban en aquellos días aciagos por los pasillos y despachos del número 10 de Downing Street, por poner un ejemplo. Aquellos señores sabían perfectamente que todo era una farsa, pero como convenía para sus intereses tiraban hacia delante, eso sí, sin que a ellos les afectasen para nada las restricciones que imponían a los demás. Por no hablar el maldito embrollo judicial que está teniendo lugar en Alemania. Los jueces por más que lo intentan no pueden evitar que las querellas por los efectos perniciosos de las vacunas de marras sigan su curso y salgan a la luz. Y ya es un río a punto de desbordarse. Y en EEUU, y en Australia, y, en definitiva, por todo el mundo porque el número de los despiertos, como les decía, no para de aumentar. 

Sí señores, y señoras también, por qué no, estén atentos a esta verdadera guerra porque hasta que no se dilucide la verdad el mundo no va a poder tomarse un respiro. 

viernes, 16 de junio de 2023

Esfuerzo intelectual

Lo más sorprendente de esta novedad que nos ha traído la contemporaneidad y que se conoce como redes sociales, es la posibilidad que se nos brinda de entrar en contacto con seres superdotados. Que no son ni uno ni dos, sino multitud de ellos y, cada cual, con su realce rey, que diría Gracián, maravillosamente elaborado. Sí, los dioses les dotaron de ese realce y, ellos, en agradecimiento, lo trabajaron con entusiasmo. 

Esta mañana me he topado con que Juan, el de Matemáticas con Juan, al que suelo seguir con asiduidad, da unas clases de ruso de lo más divertidas. Ya ven, el hombre, no solo domina las ciencias exactas sino que también está dotado para los idiomas, porque no debe ser el ruso la única lengua extranjera que domina ya que en su clase de hoy hace comparaciones con la estructura verbal de otras lenguas. 

Y lo mejor de todo esto es la cantidad de gente que se aprovecha de este regalo que, la tecnología mediante, se nos ofrece. Porque en el mundo habrá mucho pobre desgraciado que se pasa la vida bavardeando en el bar o contemplando programas televisivos de entretenimiento, pero también hay millones que se dedican a buscar el conocimiento allí donde se le pueda obtener. No hay más que fijarse en las visitas que tienen todos estos tutoriales, ya sean de matemáticas, ya de música o de cualquiera de las mil materias que precisan del esfuerzo intelectual para su comprensión. 

Porque esa es la cuestión que marca la diferencia: el esfuerzo intelectual. ¿O es que acaso ustedes creen que hay alguna otra cosa que nos pueda diferenciar de los otros animales? Sí, es esa voluntad de diferenciación la que nos hace humanos y, a la postre, la que nos mantiene vivos. 

En fin, el caso es que ayer rematé la partitura de Libertango. Ahora me queda la trabajosa tarea de pulirla hasta conseguir que me suene. Bueno, como no tengo otra cosa mejor que hacer... 

 

jueves, 15 de junio de 2023

Los resortes de la historia

Ya lo dijo Tucídides, que los resortes de la historia son inaprensibles. Nadie, no importa cuán poderoso sea, tiene poder para encauzarla en el sentido que desea. Podrá parecer durante unos momentos que lo está consiguiendo, pero en cuatro patadas, todo se le viene abajo y la historia se larga por sus fueros. Así que son inútiles de todo punto los esfuerzos de unos y otros por salirse con la suya. En última instancia, solo y necesariamente puede ser lo que Dios quiera, es decir, lo que nadie puede prever.  

Pongamos por caso lo que se conoce como superpoblación mundial. Para algunos, a los que se supone que son poderosos, es la madre de todos los problemas que tiene que resolver la humanidad para salvarse. Y entonces van y se ponen a tomar tal o cual medida para solucionarlo. ¡Non sense! No conseguirán otra cosa que empeorarlo todo. Si tuviesen dos dedos de frente, o hubiesen leído a los clásicos, sin ir más lejos, sabrían que si la naturaleza, llamémosla Dios, si quieren, considerase que hay superpoblación ya se encargará de corregir el problema por sus propios medios, que los tiene a patadas. 

Estoy terminando la novela Drácula de Bram Stoker. Pocas novelas habrá con tanto potencial simbólico. La prueba es que nunca se cansa el arte de recrear ese mito. Drácula es el mal absoluto que, por definición, no puede ser de otra manera que escurridizo. Y de ahí la angustia que produce en los pocos que son conscientes de su existencia. O que están despiertos, por usar una terminología muy querida por los que recientemente fueron tachados de negacionistas. Negacionista es para el mal dominante el que no se deja seducir por sus sibilinas estratagemas. Porque esa su principal herramienta, el arte de la seducción. Seducir es adormilar. O anular todas las barreras defensivas. El adormilado se tumba para dar facilidades al vampiro. No, dice, cuando alguien le cuestiona, yo es que tomo todas estas pastillas porque las necesito; me las ha recetado el médico... o sea, el mal absoluto que es, precisamente, el que va camuflado de bien absoluto. 

Pero, tampoco hay que desesperar, porque la naturaleza tiende al equilibrio: donde pone el mal crea al héroe para contrarrestarle. Por eso la historia es un cuento de malvados y héroes que nunca se acaba porque nunca hay victorias totales ni de uno del otro y, eso, por más que nos quieran convencer de que Sant Jordi consiguió matar al dragón... el más tonto de todos los mitos que, no por otro motivo es que tenga tanto éxito allí en donde la gente está más dormida. En fin. 

Bueno, mandangas aparte, me voy a poner con Libertango que ya la tengo bastante adelantada. ¡Y mira que es difícil! Para mí, quiero decir. 


miércoles, 14 de junio de 2023

Almas cándidas

Anoche estuvimos mirando un rato la película Nosferatu del director Murnau que se estrenó en aquella Alemania convulsa de los años veinte del siglo pasado. Ya saben que a aquellos años se les conoció después como los "locos años veinte". O sea, unos años en los que nadie se cortaba: lo mismo se invadían naciones que se suprimía toda jerarquía en la música que, lo más sorprendente de todo, se les subía a las mujeres la falda por encima de las rodillas. Aquello era el despelote generalizado, lo cual, como es preceptivo en semejantes circunstancias, hizo que el mundo se llenase a la caída de la noche de bailes de vampiros. Se solían celebrar en unos lugares que llamaban cabarets en los cuales las condiciones ambientales -música, luz, promiscuidad-propiciaban el desempeño de las fantasías del inconsciente. 

Nosferatu, la primera de las innumerables versiones cinematográficas del Drácula de Bram Stoker, es eso, fantasías del inconsciente: tener poderes sobrenaturales para apoderarse de la vida de nuestros congéneres. Comprendo que es algo terrible para quien es incapaz de reconocerse en las propias debilidades. Y no por otra causa es que Nosferatu, y todas sus secuelas, produzcan un sentimiento de repulsión en quienes no se detuvieron a considerarse tal y como son sin por ello dejar de sentirse humanos. 

Desde luego que no es por casualidad que este personaje de Drácula, Nosferatu, o como le quieran llamar, apareciese en el mundo cuando florecían con fuerza arrolladora las ideologías socialistas. Porque, ¿qué es un socialista sino un vampiro que, so capa de bondadoso corazón, se quiere apoderar de la vida de los demás? Desde luego que son sorprendentes los malabarismos mentales de los que somos capaces los seres humanos para camuflar bajo ropajes piadosos nuestras más bajas pasiones.

En fin, el caso es que a mí ver Nosferatu me da risa. Me imagino lo bien que se lo tuvieron que pasar los realizadores de la película creando cada una de las escenas, los decorados, las caracterizaciones... pensando siempre en el terror psicológico de las almas cándidas, que es que hay que ver hasta qué punto está el mundo lleno de ellas. Lo cual no quita para que la candidez, como ya apuntó el clásico, tenga una tendencia irreprimible a coger el tocino cuando mira la berza. 

martes, 13 de junio de 2023

Fumanchú

Por el siglo VII antes de nuestra era cristiana, estaban los atenienses bastante preocupados con la propensión que mostraba la ciudadanía a matarse los unos a los otros por un quítame allá esas pajas. Mayormente por cuestiones de venganzas familiares que es una cosa que la humanidad todavía no ha conseguido erradicar del todo, sobre todo en las comunidades con mucho arraigo a las tradiciones. Y no hace falta señalar. Así que en esas estaban los atenienses cuando eligieron como arconte a un tipo llamado Dracón. Pues bien, este tal Dracón hizo un código, llamémosle penal, en el que se especificaban las penas en las que incurrirían los que persistiesen en las practicas que no por comunes eran menos detestables. Unas penas, todo hay que decirlo, bastante radicales en cuanto a sus efectos por aquello de que muerto el perro se acabó la rabia. Y de ahí es el que todavía hoy día cuando una ley es muy estricta se la tilde de draconiana. 

Como ha pasado siempre, los considerados como innovadores lo son porque se han aupado sobre los hombros de los innovadores que les precedieron. Así fue que Dracón seguramente se aupó sobre los hombros de los egipcios, que era el pueblo más civilizado del momento, para la elaboración de su código. Pues bien, una de las leyes que tomó de los egipcios, y que luego introdujo Solón en su famosa constitución, se la quiero mentar por parecerme sumamente interesante. En Egipto, y luego en Atenas, los ciudadanos tenían la obligación de contarle al jefe de su comunidad de qué habían vivido durante el último año. Si el ciudadano no tenía una explicación creíble le daban matarile que es como en argot se dice a quitar la vida.  

Ya ven que forma más sencilla de acabar, por lo menos en parte, con los chorizos. Porque, claro, me imagino la irresistible propensión de los jefes de la comunidad a corromperse. No mire usted, yo vivo de vender droga, pero si usted pone en el informe que es de la pequeña tienda que tengo de tapadera, le regalo un BMW y todos salimos ganado. Y así es como corre el mundo. 

Uno, continuamente está observando cosas que más que de curiosas habría que calificar de misteriosas. Resulta que justo enfrente de mi portal hay un bar que llama Cucu Dos. Por lo visto sus antiguos dueños tenían otro igual llamado Cucu Uno y los dos eran afamadas casas de comidas. El caso es que, como suele pasar, los antiguos dueños envejecieron y traspasaron el negocio. No puedo decir lo que pasó con el Cucu Uno, pero el Dos les puedo asegurar que me da para no pocos comentarios con los vecinos. Porque es que resulta que se aprovechó del traspaso un chino que mantiene el negocio abierto las veinticuatro horas del día los 365 días del año sin que por el momento hayamos visto entrar a más de uno o dos clientes de Pascuas a Ramos. Bien es verdad que por la noche se observa que, en el altillo, que antiguamente era comedor, hay luz, y me ha dicho una vecina que antes se veían desde la calle las mesas de ese altillo, pero ahora hay una mampara traslúcida que hurta el interior a las miradas curiosas. Comprenderán que la cosa, y más tratándose de chinos, da para un montón de conjeturas. Pero es que, además, hace unos meses instalaron justo delante del Cucu Dos unas señales de tráfico prohibiendo el aparcamiento. A los pocos días vino un camión y colocó en ese espacio un gran contenedor azul en uno de cuyos laterales hay la palabra XINÈS que, si no ando equivocado, es como se dice chino en catalán. Pues bien, ahí ha estado el contenedor varios meses sin que nadie le hiciese caso hasta que, un buen día, unos tipos le abrieron, sacaron unos hierros viejos, los subieron a una camioneta y se fueron. A los dos días desapareció el contenedor, pero a los cuatro o cinco volvieron a poner las señales de prohibido aparcar y al día siguiente volvió a aparecer el contenedor y ahí lleva no sé cuánto muerto de risa y al bar siguen entrando con cuentagotas, pero muy, que muy, contadas. Eso sí, la luz en el altillo sigue encendida cuando me levanto entre las cinco y las seis de la mañana. 

En fin, ¿ustedes qué piensan que hubiese tenido que decir Dracón a propósito del Cucu Dos? No sé, a lo mejor nada. O puede que, poniéndose a investigar, descubriese que es precisamente en ese altillo en donde se ubican las oficinas de Fumanchú. 

domingo, 11 de junio de 2023

Sinuhé

Recuerdo la impresión que me produjo la lectura de Shinuhé el Egipcio del escritor filandés Mika Waltari. Te situaba en una sociedad compleja en donde el papel del médico venía a ser más o menos el mismo que desempeñaba mi padre varios milenios después. Por esa similitud que yo veía quizá fuese que me enganchase tanto porque, por lo demás, que tres mil años para atrás hubiese en algún sitio una sociedad tan desarrollada, aunque con algunas costumbres curiosas, ni fu ni fa. Podía ser más o menos como El Callejón del Cordelero o La Ciudadela, aquellas novelas inglesas de los comienzos del XX en las que la epopeya personal se realizaba por medio de la profesión médica. Porque era eso, una epopeya personal, como la de Sinuhé. 

Ahora, como ando con lo de Heródoto, precisamente por la parte en la se demora en Egipto, no puedo sino maravillarme ante el grado de desarrollo que había alcanzado aquella sociedad si lo juzgamos por la magnitud de las obras públicas realizadas. Obras públicas encaminadas a estabilizar la producción de alimentos que, a la postre, es lo que permite evolucionar hacia el conocimiento de las leyes de la naturaleza, y no por nada, sino porque la abundancia de alimentos crea, por medio del comercio, una clase social acomodada cuyos hijos se suelen dedicar al estudio. Así, Heródoto, yendo por allí, de monasterio en monasterio, que era donde estaban los ilustrados, se va percatando de todo lo que los egipcios habían aportado a los griegos. Las matemáticas, por ejemplo, que por mucho que la leyenda atribuya a los griegos, es probable que en buena parte la hubiesen aprendido de los egipcios, por no hablar de los mesopotámicos que cuatro mil años antes de Cristo ya conocían el teorema de Pitágoras según demuestran unas tablillas encontradas por allí.

Todas esas historias que nos relata Heródoto, sin duda están muy contaminadas por la leyenda, pero las obras públicas que vio daban un testimonio inequívoco de que allí había habido algo muy grande. Porque, además, es un periodo que se mide por miles de años. Imagínense aquellas sofisticadas obras de ingeniería que garantizaban el riego de inmensas extensiones de tierra: los españoles hemos necesitado esperar tres o cuatro mil años para tener algo similar. 

Al final, llegas a la conclusión de que tres o cuatro mil años en realidad no es más que un suspiro. Una cuestión de perspectiva. Así que, menos lobos, porque nada hay más tonto que pensar que esto de ahora es la repanocha. Que nos hemos convertido en tan listos que somos capaces de ganar tiempo al tiempo y chuminadas por el estilo. Estamos en donde estábamos y todo lo que no sea tener garantizado el condumio, por mucho que tratemos de disimularlo, nos la suda. En fin, qué vida ésta.

sábado, 10 de junio de 2023

Dar pol saco

Escorcollando -perdón por el catalanismo, pero es que me parece tan expresivo que no puedo evitarlo- en YouTube a la búsqueda de tutoriales musicales o de mates me voy haciendo una somera idea de lo que pasa por el mundo gracias a los titulares de los vídeos que forzosamente tengo que leer. Así me he enterado que en Ucrania han volado una presa sin que hasta el presente se haya sabido de quién es la autoría de tamaña bestialidad. Por cierto, que me ha traído a las mientes la aprensión que siempre me produjo la presa que hay un kilómetro río arriba de Aguilar de Campoo. 

Me entero, así, de muchas cosas que mayormente tienen que ver con el más manido asunto de todos los tiempos desde que nos bajamos de los árboles como especie diferenciada: la lucha por el poder. ¿Se imaginan ustedes que pueda haber cosa más tonta en este mundo? No se me ocurre nada, la verdad. Se me antoja que cuando mayor es la pulsión por el poder más baja es la posición en la escala filogenética. Es como un no poder sentirse seguro con las propias capacidades para sobrevivir y estar convencido de que sin parasitar las capacidades de los demás serías persona muerta. 

Sin duda, de todas las perversiones de que es capaz el ser humano, la más perniciosa es la adicción al poder. Lo mismo que los yonkis, pero a lo grande. Porque un yonki se las arregla con un navajazo que le proporciona fondos para el próximo chute, pero un político te tumba una presa como si tal cosa y no ha hecho más que empezar. Miles, millones de gentes, se la sudan con tal de salirse con la suya. ¡Cuánta destrucción no habrán provocado esos locos a lo largo de la historia! Aunque, por otro lado, si así es, no puede ser por otra causa que no sea el querer de los dioses. Ya saben que los dioses escriben recto con renglones torcidos. 

Por lo demás, vuelvo a Pessoa y el desasosiego. A qué bueno demorarse con los problemas que no tienen solución. Mejor dedicarse a los de matemáticas que son los únicos que la tienen y, por tanto, los únicos con capacidad para sosegar el ánimo. Por no hablar de la satisfacción íntima que produce avanzar por una partitura. No entiendo, la verdad, cuáles pueden ser las razones por las que hay tanta gente que no estudia música. ¿Cuántos músicos conocen ustedes que se dediquen a ir por ahí dando pol saco a la gente? En fin... 

viernes, 9 de junio de 2023

Muerto el perro...

Remedando a Hamlet, la pregunta sería la siguiente: soy o no soy un vampiro. Hasta que no nos planteemos tan elemental cuestión es imposible que avancemos un ápice en la apolínea aspiración del conocerse a uno mismo. Y es que uno avanza en ese camino, precisamente, por el procedimiento que les está vetado a los vampiros, que no es otro que el de reflejarse en los espejos. Si no nos vemos en el espejo que para nosotros son los otros, lo tenemos chungo. Y no por nada sino porque es muy probable que todo eso que tan aficionados somos a criticar en los demás lo tengamos dentro de nosotros sin que seamos capaces, por esa carencia, de darnos cuenta. 

Es un problema psiquiátrico de primera magnitud ya que, al conducir a la autoindulgencia, convierte a la persona en un monstruo: en mayor o menor grado lo que somos todos. 

Es que, como les iba contando, ando con la lectura de dos monumentos literarios que me tienen completamente sorbido el seso: Drácula y Casanova. Tal para cual. Dos seductores irresistibles. Dos inteligencias privilegiadas. Dos vampiros, en definitiva. ¡Ah, pero entonces...!  ¿En qué quedamos? Porque se supone que la inteligencia sirve sobre todo para saber verse en los múltiples espejos que nos ofrece el cotidiano deambular por la vida. 

Así es que no me extraña nada que la siquiatría sea tan comecocos. Porque es imposible recurrir a la lógica para encontrar explicación a las paradojas con las que está construida la mente humana. Por eso supongo que será que, a la postre, se acabe recurriendo a la química para aplanar el electoencefalograma. Muerto el perro... 

jueves, 8 de junio de 2023

Lo huella

Avanzo por la partitura de Libertango a paso de tortuga. Seguramente es porque en el último año he saturado mi memoria. Aunque no sé si eso existe o es simplemente que Libertango es más difícil que las otras partituras que aprendí. En cualquier caso, Oblivion lo toco ya por debajo de la pata, así que ya tengo a Piazzolla agarrado por sus partes que es de lo que se trataba. En fin, menudencias de la vida, como lo es todo, al fin y al cabo. 

Pero el caso es que como la partitura que estudio está en un tutorial de YouTube, cada vez que la abro, me tengo que tragar los preceptivos anuncios. Y la verdad es que casi nunca me entero de qué van, pero ayer, no sé por qué, me impactó uno que decía tal que así: el Tulipán deja una huella de carbono un 70% menor que la que deja la mantequilla. Como diría Chiquito de la Calzada: ¡Te das cuin!

Y así es todo en este mundo que vivimos: un no pararse en mientes con tal de metérsela al personal. ¿Cómo coño han calculado esos aquilatados porcentajes? Ni siendo dioses podrían hacerlo porque, en última instancia, seguramente que ni siquiera existe ese engendro. Pero han fabricado el sintagma y, de tanto repetirlo, la pobre gente se ha quedado con la copla y, ahora, cuando lo escuchan es como si tuviesen un doctorado en ciencias ambientales que, también, es otra tontería. 

Y así vamos, de tontería en tontería, y perdonen que me demore en ellas, pero es que ayer pasaba por delante del colegio que hay aquí al lado justo a la hora de la entrada de los alumnos y estaba aquello que parecía la romería de San Pantaleón. Entonces vi que una madre, de tipología albóndiga, por cierto, portaba con orgullo una tarta de esas que venden en los supermercados con unas velas encima que seguramente eran tantas como los años de la hijita que la seguía agarrada a sus faldas. Si señores, así es como corre la escuela socialdemócrata, con tartas de cumpleaños para que a los niñitos no les falte de nada. Me imagino que la niñita en cuestión tendría luego en su casa otra ración de tarta y, casi seguro que, después, otra en casa de los abuelos. Lo que haga falta, en fin, con tal de adquirir esa tipología que, ya digo, podríamos definir como de albóndiga que es que, luego, se ponen esas indumentarias ajustadas que las hacen tal como si fuesen envasadas al vacío y, bueno, parece ser que hay hombres a los que les chiflan esas vitolas. 

Pero no se preocupen que seguro que la tarta de marras había sido confeccionada con tulipán en vez de mantequilla. O sea, que nada que temer en lo que hace a la huella, que ya saben que es una cosa que tiene mucho que ver con lo del cambio climático que, por cierto, es otro sintagma que no sé si tendrá algo que ver con la realidad porque, ayer, precisamente, salí a dar un paseo a media tarde y tuve que ponerme asubio durante casi una hora porque es que caían chuzos de punta como, por otra parte, siempre fue en Santander que no es por nada que la canción diga que, si vienes aquí, no te olvides del paraguas que no deja de llover, que rima con Santander y en eso estriba la gracia. 

Sea como sea, parece que hoy será otro día bochornoso con sol por la mañana y lluvias por la tarde. Lo suyo por estas fechas si es que los señores gobernantes no echan mierdas por el cielo que, según dicen, han dejado de echarlas porque la gente protestaba y, ahora resulta que, al volver el clima por sus fueros, no solo hay que sacar el paraguas en Santander, sino que unas tormentas han mandado a tomar pol saco la cosecha de cerezas del valle del Jerte ¡vaya por Dios, que nunca llueve a gusto de todos!

miércoles, 7 de junio de 2023

Hesíodo

Peter Gertjie es un investigador médico danés que dirige el  Nordic Cochrane Center de Rigshospitalet en Copenhage. Desde luego que no es un cualquiera y mucho menos para la mafia médico-política-farmacéutica que se la tiene jurada. 

Desde muy en los inicios de mi ejercicio profesional como médico caí en la cuenta de que la inmensa mayoría de los medicamentos son un fraude. A ello me ayudó el haber tenido la suerte de tener un jefe excepcional que, como sabía un montón de fisiología, podía curar a los enfermos yendo al fondo de la enfermedad. Concretamente, en los enfermos crónicos respiratorios que lo que les desequilibra todo el organismo es la falta de oxígeno en la sangre. Los órganos, entonces, no se oxigenan debidamente y, por tal, funcionan mal. Pues bien, la lógica que se usaba en los hospitales era suministrar un medicamento para cada órgano malfuncionante. Al final, el paciente tomaba una ristra de medicamentos que no es que no le sirviesen para nada, es que le empeoraban. Una estupidez, decía mi jefe: si el mal tiene su origen en la falta de oxígeno, le suministramos oxígeno y, de inmediato, los órganos al empezar a oxigenarse se recomponen por sí solos. El problema era que como los médicos no sabían fisiología aplicaban el oxígeno de una manera que hacía más mal que bien. 

Todo esto lo vi claro desde el principio, no por nada, sino porque estudié fisiología. Así, cuando cambié de hospital y empecé a aplicar los conocimientos adquiridos me encontré con la enemiga generalizada. Los médicos, por una parte, porque ya saben lo necios que suelen ser. Los representantes de los laboratorios, por otra, que se percataron de inmediato que mis conocimientos era un torpedo en la línea de flotación de sus intereses. Y, luego, la propia dirección del hospital que no quería problemas. Así es como ha funcionado el mundo desde sus orígenes respecto del avance del conocimiento. Es un lento arrastrarse que nunca tiene fin. Resumiendo, que me costó lo suyo convencer a los colegas de cual era la forma correcta de aplicar el oxígeno, pero al final lo conseguí. Sin embargo, del uso de los medicamentos fue imposible deshacerse: en ello iba la ganancia de los laboratorios, las gabelas de los médicos y la paz por encima de la verdad como política de la dirección. 

Pues bien, señoras y señores, lo que vale para los enfermos respiratorios, vale para casi todas las otras enfermedades. Si conoces la fisiología puedes ir al fondo del problema y, entonces, necesitas muy poca medicación si es que alguna. Y eso es, precisamente, lo que dice el Dr. Peter Gertjie, que, para rematar, ha escrito un documentado libro sobre el tema en el que demuestra de forma fehaciente que tras los cánceres y las enfermedades vasculares la causa más frecuente de muerte es la medicación que prescriben los médicos. ¡Muy fuerte, tío! 

Así corre el mundo. Leía el otro día que en el Reino Unido ocho millones y medio toman a diario pastillas antidepresivas. ¿Ustedes se hacen cargo de lo fácil que tiene que ser gobernar un país en el que tanta gente ve las cosas color de rosa gracias a la medicación que recibe? Color de rosa o, simplemente, no las ve. Así es que van como momias, cuando no como vampiros que se pasan la vida de baile en baile. 

Quiten la medicación a los ancianos, dice el Dr. Gertjie, y no tardarán en verles rejuvenecer diez años. Desde luego que doy fe de semejante realidad. He visto extinguirse a demasiada gente por culpa de la medicación. Y es dificilísimo luchar contra eso. Cuando sugieres algo, te saltan al cuello como fieras. Y es que, claro, estas cosas solo se pueden sugerir por razones obvias. Si las cosas de la naturaleza se rigiesen por leyes matemáticas podrías ser contundente en tus afirmaciones. Pero, como las leyes no pasan de la mera estadística, hay que limitarse a conjeturar. ¡Y buena tienen la cabeza para conjeturas los que toman pastillas! Y sus familiares, que también las suelen tomar, ni te digo. 

Es muy complicado todo esto, pero la realidad es la que es que, por cierto, traté de plasmarla en un relato corto que titulé "Apoteosis". Me inspiré en el infierno que vi padecer a mi padre en las acaballas de su vida cuando no hacía el día con menos de cuarenta pastillas. No hubo forma humana de hacerle bajarse del carro ni lo más mínimo. En su inducida locura estaba convencido de que lo tenía controlado todo al milímetro. Es el sueño socialdemócrata, o marxista, en definitiva; creer que hemos llegado a tal grado de sabiduría que tenemos soluciones para todo. Desde luego que si a mi padre le hubiesen citado a Prometeo le hubiese sonado a chino. Y es que ¿acaso se puede ejercer correctamente la medicina sin haber leído a Hesíodo? Francamente, pienso que no. 

martes, 6 de junio de 2023

El Puntal

Cogí la lancha al Puntal y estuve por allí como cuatro horas o así a merced de los elementos: un sol prístino y una suave brisa del noreste. Caminé hasta Loredo y me tumbé un rato en la arena. Descansé, le di a lo de Casanova e, incluso, me quedé traspuesto un rato. Luego, de regreso, me senté en el bar de los surferos a tomar un piscolabis. Había allí un ambiente bon enfant que invitaba a demorarse, así que saqué lo de Casanova y me demoré. Anda el tío ahora en la cresta de la ola, social y económicamente, pero, también, dándose de bruces con su despreocupado pasado. Le acaba de salir una hija por ahí y en un prostíbulo de Ámsterdam ha reconocido a una antigua amante. Así es que le llegan los primeros remordimientos. Nadie se libra de cargar con la losa del pasado. ¡Qué me lo digan a mí! 

Casanova es un ser favorecido por los dioses. Un físico agraciado no solo en sus proporciones, sino, también, con una agilidad que le permite ser un consumado espadachín. Unas dotes intelectuales sobresalientes con una voluntad de hierro para poder cultivarlas. Pero, como nadie es perfecto, le pierden las faldas. Cada vez es más selectivo al respecto, hasta que llega a un punto en el que las cosas ya no son fáciles. Hay mujeres a las no se puede convencer con zalamerías. O hay papeles por medio o puerta. Y, claro está, escoge la puerta con engaños, lo cual va dejando su poso. Y es difícil encontrar una literatura que describa tan bien estos no por livianos menores tormentos del alma. 

La literatura, evidentemente, no puede ser otra cosa que el trasunto de las experiencias del literato. Pueden ser contadas camufladas tras una novela o ir a cara descubierta en unas memorias. En otras ocasiones, cual es la nos ocupa, es difícil distinguir lo que hay de una u otras. ¿Son memorias o es novela lo que nos legó Casanova? Es difícil imaginar una vida tan exuberante, aunque seguramente las hay. Y lo mejor del caso es poder vivirlas por la delegación de un extraordinario literato. Los infinitos matices de una vida que son los de la propia vida a poco, o mucho, que hayas vivido y tengas conciencia de ello. Porque esa es otra, la conciencia de lo vivido no se hizo para todas las mentes, aunque, esto, da para un extenso tratado de psicología que no es mi intención escribir, aunque, inmodestia aparte, bien que podría. 

lunes, 5 de junio de 2023

Agencias gubernamentales

Heródoto, siguiendo el ejemplo de Tales de Mileto, siempre se está preguntando por el porqué de todo lo que pasa. Así es que se mata a hacer conjeturas de todo tipo, pero, eso sí, sin dejar de advertirnos en cada una de ellas que solo es una conjetura. Este detalle de la cultura griega clásica ha sido fundamental para el desarrollo del conocimiento. Porque es que se da el caso, lo constatamos continuamente, que el ser humano tiene una propensión irreprimible a tomar las conjeturas por certezas. Yo diría que no hay mejor descripción de la idiocia que la de dejarse arrastrar por esa propensión. Los idiotas tienen tanta sed de certeza que toman por tal cualquier conjetura de mierda. Y, claro, como el mundo está atiborrado de idiocia, resulta que vive apoyado sobre certezas que solo son conjeturas... y así nos va, que es que no paramos de pegarnos castañazos un día sí y al siguiente también.   

Es tan grave el asunto que el país que dio a luz Oxford y Cambridge ha decidido instalarse en la certeza por decreto. Así ha sido que el gobierno se Su Majestad ha creado una agencia que en adelante será la que certifique lo que es cierto y lo que no lo es. Parece de chiste, pero a esto es a lo que se ha llegado en el natural proceso de degeneración de todos los organismos vivos. Ahora ya solo le queda al gobierno de Su Majestad -por cierto, que qué majestad más cutre la de turno- levantar los preceptivos cadalsos, o montones de leña seca, por tal de que la gente no se les suba a las barbas, porque con solo amenazas me parece a mí que todo va a quedar en nada. 

El caso es que, aparte de las certezas matemáticas, que esas sí que lo son, la única irrebatible es la de que es imposible quedarse aquí para siempre. Como les decía, todo lo que vive muere. O al menos eso es lo que nos habían dicho las agencias de la verdad que de una forma u otra siempre tuvieron todos los poderes constituidos que en el mundo han sido y son. Pero, desde que Bram Stoker escribió Drácula, que fue como poner negro sobre blanco, sabemos que hay por ahí circulando mucho muerto No muerto. Vampiros, para que nos entendamos. En teoría, un día se murieron, pero, al caer la tarde, salen de sus tumbas y acuden a los bailes cada vez más numerosos por todas las ciudades del mundo. No sé si a ustedes les habrá pasado, pero lo que es yo, me veo preguntándome cada vez con mayor frecuencia si realmente estoy vivo o solo soy un No muerto que ando por ahí dando la vara. Nunca lo podré saber.  

domingo, 4 de junio de 2023

Madame d´Urfe

Por lo visto ayer tocaba desfile de las fuerzas armadas. Y, lo mejor de todo, que fue una mujer la que se tiró en paracaídas portando desplegada la bandera de España. La noticia mereció las portadas de todos los grandes medios de comunicación y es que no fue para menos. Porque es que siempre habían sido hombres los que habían llevado a cabo tamaña hazaña. Así es que no hay día que no nos desayunemos con la noticia de la última consecución de la mujer en su, al parecer, desesperado empeño por equipararse al hombre en todas y cada una de las gilipolleces de las que es capaz el sexo conocido como fuerte, precisamente por eso, porque la naturaleza le dotó de mayor masa muscular.

Desde luego que el camino de la liberación femenina está siendo largo y, sobre todo, arduo. Y menos mal que siempre hubo pioneras de la cosa; de hecho, si pusiésemos juntas a todas las que nos han dicho que lo fueron a buen seguro que no cabrían en cinco estadios como el Bernabeu y, seguramente, me quedo corto. Porque, anda que no hemos conocido todos a unas cuantas de ellas. Y sin darse importancia, que es lo suyo cuando alguien quiere ser realmente elegante, o sea, lo que más merece la pena en esta vida. 

De hecho, como uno no puede parar de leer, continuamente se está encontrando con ejemplos al respecto; Madame d´Urfe, sin ir más lejos. Esta madame es un conocimiento que Casanova hace en el Paris de mediados del XVIII. Viene de una familia de estudiosos de lo esotérico, es decir, de lo que necesita de iniciación para poder hincarle el diente. En realidad, supongo, todo conocimiento en sus inicios es esotérico. ¿O es que se puede conocer algo sin antes haberse iniciado? Pero, en fin, el caso es que Madame d´Urfe es una aventajada alquimista que anda pretendiendo convertir cualquier cosa en oro. Y no es que lo consiga, pero por el camino va descubriendo la química tal y como hoy día la conocemos, que es que es la condena prometeica por excelencia. Todo se puede hacer con la química, aun a riesgo de estar envenenándonos sin que queramos ser conscientes de ello. Porque el caso es ese, que si Madame d´Urfe manejaba el ácido nítrico, y el sulfúrico, y otros cuantos más, quiere decir que no estaba muy lejos de la tabla periódica de los elementos de Mendeléyev, este sí, hombre al fin y al cabo. 

Y, bueno, en esas estamos. Pero lo que no veo yo que avancemos, lo que se dice un pelo, los hombres, es en lo de poder hacer lo que hacen las mujeres, que eso si que es importante, si no es que es lo que más. Porque, que yo sepa, por mucha vagina artificial que hagan los cirujanos, por ahí nunca se ha conseguido que salga nada que no pueda salir por la chorra. Pura frustración, en definitiva. Aunque, también reconozco, que la capacidad de fabulación de algunas personas es prácticamente infinita. 

sábado, 3 de junio de 2023

Así de sencillo

 Mi padre era médico de pueblo. Decir médico de pueblo era un poco peyorativo, porque se suponía que los médicos buenos estaban en la capital a la que se acudía cuando el médico de pueblo veía sobrepasadas sus posibilidades de actuación. Sin embargo, la gente de los pueblos, por lo general, veneraba a sus médicos porque sabían que siempre estaban allí para cualquier cosa que le necesitasen. Esa veneración que les digo se podía comprobar en cómo estaba la despensa de cualquier casa de médico rural. Sobre todo, por las navidades era una avalancha de regalos de todo lo mejor que produce el campo. Era rara la familia que al hacer la matanza no apartase una porción de lo más cotizado del cerdo para llevárselo al médico. "La muestra del bicho", le decían. Por tales costumbres fue que me criase bastante regalado en aquellos años de la postguerra en los que la gente, sobre todo la de las ciudades, las pasaba bastante canutas para alimentarse. 

En casa sonaba el timbre a cualquier hora. Si no era urgente, mi padre apuntaba el nombre en una libreta y se pasaba por el domicilio del paciente en el día. Si era urgente, salía pitando. Acudía a la cabecera del enfermo, que por eso a este tipo de médicos también se les conocía como médicos de cabecera. Entre el médico de cabecera y sus clientes había un contrato tácito, es decir, que no necesitaba papeles ni firmas. Cualquiera venía a casa a apuntarse para pagar la iguala trimestral y ya estaban cumplidos todos los trámites. Se sabía que, aparte de la iguala, había que pagar ciertos extraordinarios, como la pequeña cirugía y, sobre todo, para evitar abusos, las visitas nocturnas. Mi padre tenía un cobrador que pasaba por las casas cada tres meses y la gente por lo general pagaba sin rechistar y si alguno no lo hacía era porque no podía y no necesitaba dar más explicaciones; en cualquier caso, seguía siendo atendido, aunque como en los pueblos todo se sabe, si el moroso gastaba mucho en los bares se le pegaba un toque de atención. 

En una de aquellas sesiones clínicas presididas por Jiménez Díaz a las solía asistir de estudiante, le oí decir en cierta ocasión que el paciente que llegaba al hospital sin un diagnóstico del médico de cabecera tenía un 95% de probabilidades de salir del hospital sin ser diagnosticado. Y Jiménez Díaz no era un cualquiera, desde luego, que si alguien hubo en este país que hiciese algo por elevar el nivel de la medicina, ese fue él. Resumiendo, que en esa sentencia del por entonces máximo paladín de la medicina patria está condensada la filosofía de lo que para él era un sistema sanitario digno de tal nombre. El médico de cabecera era la piedra angular sin la cual todo el edificio se viene abajo.  

Les he traído todo esto a colación porque ayer leí un artículo del Dr. Vernon Coleman, un prestigioso divulgador científico inglés del que ya les hablé en alguna ocasión, en el que, entre otras cosas, decía:

 Health care was doomed the minute GPs (family doctors) decided to stop visiting patients at home, at nights and at weekends. That decision forced sick and worried patients to use hospital emergency services and ambulance services – all of which duly failed. Until or unless GPs start providing a proper 24 hour service, health care will be in terminal decline. The medical establishment and the Government knew exactly what they were doing when they allowed GPs to stop offering a complete, traditional service to their patients.

(El sistema de salud fue hundido en el mismo momento en el que los médicos de cabecera decidieron dejar de visitar a los pacientes en sus domicilios, por las noches y los fines de semana. Esta decisión forzó a los enfermos y preocupados pacientes a usar los servicios de emergencia de los hospitales, así como las ambulancias, todo lo cual, como no podía ser de otra manera, provocó la quiebra de esos servicios. Hasta que los médicos de cabecera vuelvan a prestar su servicio durante las 24 horas del día, el sistema sanitario seguirá empeorando. Las jerarquías médicas y el Gobierno, sabían lo que hacían cuando permitieron que los médicos de cabecera dejasen de ofrecer sus tradicionales servicios a sus pacientes.)  

Ya les he contado como fue el desmoronamiento de mi padre. El gobierno del Generalísimo Franco decidió que lo suyo era el comunismo. Por eso les dio a todos los clientes de mi padre una cartilla de la seguridad social que les daba derecho a atención sanitaria gratuita. Gratuita entre comillas, bien sure. Porque entonces fue cuando el Generalísimo empezó a subir los impuestos a toda mecha. El caso es que a mí padre el Generalísimo no le pagaba por asegurado ni la décima parte de lo que era la cuota de la iguala. Afortunadamente la mayoría de la gente siguió pagando la iguala, pero los que no lo hicieron se condenaron a tener que ir al hospital de la ciudad por cualquier chuminada que les sobreviniese a horas intempestivas. A mí padre todo aquello le descompuso, porque, por un lado, los que le seguían pagando ya no era por un contrato libre entre las partes, sino porque le estaban haciendo un favor. Y por otro lado, el no atender a la gente fuera de hora laboral le traía no pocos malos rollos entre los afectados. El único contento con todos estos arreglos comunistas fue el taxista del pueblo que se forró a hacer viajes a la capital.  

En fin, coincidiendo con el Dr. Coleman, una cosa les puedo asegurar: si hubiesen seguido existiendo los médicos de cabecera les hubiera sido imposible a los gobiernos montar todo el tinglado de la pandemia. La cosa se hubiera limitado, igual que cuando la gripe del 56, a que los médicos de cabecera en vez de media docena de visitas domiciliarias al día hubiesen tenido que hacer una docena. Así de sencillo. 

viernes, 2 de junio de 2023

Animales

Como les iba diciendo, nada hay nuevo bajo el cielo. Me refiero a nada que tenga que ver con la condición humana. En concreto, quiero referirme hoy a la relación que mantenemos con los animales. Como todas las cosas de este mundo también esa relación es tornadiza. Lo que hay hoy nada tiene que ver con cuando era niño, casi un siglo para atrás. Los animales, entonces, se querían mientras servían. Nunca se mantenían por el simple afecto hacia ellos. En cuanto dejaban de cumplir su función, ya fuese cazar ratones, ya fuese arrastrar el arado, se hacían filetes con ellos y al coleto se ha dicho. Había por las calles de la ciudad unos señores llamados laceros que perro suelto que pillaban lo cogían y lo llevaban al matadero en donde hacían chorizos con ellos que, luego, merendábamos los niños que vivíamos a pupilaje. Porque era el chorizo más barato. Poco después, estudiante ya en Valladolid, alquilé una habitación en casa de Marialuisa, una señora que tenía un perro al que llamaba Tomasín. Tomasín era un coñazo que no paraba de ladrar, así que echábamos a suertes entre los que allí vivíamos a ver a quién le tocaba ir a darle una patada en los hocicos. Marialuisa había hecho de Tomasín el hijo que nunca tuvo. Lo vestía igual que a un bebé y lo acostaba en un serón y lo mecía. Era un ratonero que de tanto comer arroz con pollo se había puesto como una bola. Todo ello, por estrafalario nos daba para muchos comentarios, sobre todo por lo del arroz que tan bien nos hubiese venido a nosotros para matar el hambre que nunca cesaba. 

Hoy día, lo de Marialuisa es lo que se lleva. Últimamente se ha puesto de moda llevar a esos perritos asquerosos que no dejan de ladrar en cochecitos de niño. E, incluso, hay casas de moda para perros y demás animales que se dejan manosear. Da risa ver como perifollan a algunos para que llamen la atención. Por lo demás, Dios te libre de hacer algún comentario desafortunado sobre las cagadas y meadas que jalonan el territorio urbano. Se diría que son néctar y algalia... en fin, qué quieren que les diga que no sepan ustedes. 

Les traigo todo esto a colación porque, estando ayer con lo de Heródoto, vine a caer sobre lo que cuenta de los egipcios en lo que hace a su relación con los animales. Y no vean como era aquello; lo de hoy entre nosotros, tortas y pan pintado. Allí eran sagrados en la misma medida que entre nosotros lo es la sagrada hostia. El que mataba un animal duraba menos que un caramelo a la puerta de un colegio. Y no les podía alimentar cualquiera; lo hacía gente que había sido purificada por los curas de la época para conseguir el carné de alimentador de una especie determinada. Cuando a una familia se le moría el gato, se tenían que afeitar las cejas todos, luego llevar el cadáver del gato a embalsamar, meterlo en un féretro consagrado y mandarlo a la ciudad de Bubastis, único lugar en el que estaba permitido enterrarlos. La torta, un pan, en definitiva. Me imagino que sería cosa de ricos. Con los perros, igual, excepto que en vez de las cejas había que afeitarse todo el cuerpo. Un delirio, en definitiva, dirán ustedes.

De todo esto que les cuento, lo que me parece sumamente interesante y digno, como pocas cosas, de estudio, es el proceso que lleva a las sociedades a tal tipo de costumbres, digamos que estrafalarias, cuando no, suicidas. Porque los animales, se mire como se mire, son sobre todo comida. Cuando vienen mal dadas, lo primero que desaparecen de las ciudades son las mascotas. La historia tiene miles de ejemplos que lo confirman. Y esa es la cuestión, ¿cómo es que pasan esos animales de ser simple comida a convertirse en los reyes de la creación? No voy a entrar en consideraciones porque se me ocurren tantas que sería el cuento de nunca acabar, pero, desde luego que no es algo que me parezca tranquilizador como mero síntoma de un trastorno de las leyes naturales. En fin, entre unas cosas y otras, aquella civilización egipcia se fue al carajo. ¿Qué pasará con la nuestra? Pues lo mismo, pueden apostar por ello.