Ver a Edith Pageaud sentada en el presbiterio, ante el ara y con los vitrales góticos iluminados por la luz del amanecer al fondo, interpretando a la guitarra la Sonata K. 466 de Scarlatti... bueno, sí, todo aquel esfuerzo que hicieron en siglo XIII, o XIV, unos creyentes, cobra sentido: por fin la relación con lo divino se ha consumado gracias a las habilidades artísticas de la sacerdotisa Edith. Nadie puede quedar indiferente ante tan alta manifestación del espíritu. Pensar en todo el derroche de voluntad que fue necesario para que una escena tal haya sido posible, estremece. ¿Dónde queda uno ante semejante magnificencia? Supongo que es a todo eso a lo que algunos llaman Dios.
En cualquier caso, me suelo desayunar con este tipo de liturgias. No porque crea ni deje de creer en Dios; eso es algo que me la trae al pairo. Es, simplemente, mi forma de reconciliarme con esta vida que tanto duele a nada que uno se abandone a su putrefacto ombligo. Es, en definitiva, la percepción de la belleza, algo que no nos es dado porque sí; se precisa de la ascesis previa para que se consume el milagro.
Por lo demás, sigo con la lectura de las novelas ejemplares de Cervantes. ¡Cómo le debía doler a este hombre el señoritismo que impregnaba toda la vida española de su tiempo! Se diría que sus novelas son en gran medida una venganza contra esa lacra, no extinguida todavía, por cierto, y que tan cara nos ha costado y sigue costando. Bueno, si bien se mira, toda la literatura es una venganza... pero esto es tema para otra ocasión.
la Pageaud, además de estar de toma pan y moja, toca como los ángeles.
ResponderEliminarAsí es.
ResponderEliminar