domingo, 15 de octubre de 2023

Homilía dominical

El parecer los congresistas de EEUU han echado atrás una ley que pretendía la digitalización del dinero por parte del banco central. O sea, la desaparición progresiva del dinero físico. En resumidas cuentas, estamos en lo de siempre, unos intentando controlar y otros zafándose del control. ¿Se imaginan lo que pasaría si todo el dinero fuese digital y, por tanto, no hubiera la menor posibilidad de defraudar un céntimo al afán recaudatorio del Estado? Bueno, tal posibilidad es de todo punto un imposible metafísico. Una irrealidad. Todo fuera imponer ese dinero digital y empezar a aparecer como por ensalmo el dinero físico en sus mil formas posibles. Empezando por el oro y la plata. Pero es que, además, el dinero digital está sometido a la implacable ley natural que preconiza que la vulnerabilidad de algo es directamente proporcional a su sofisticación. Y lo del dinero digital es sofisticado de narices. Imagínense todo el tinglado que hay detrás de una tarjeta de esas que nos da el banco para que compremos o saquemos dinero físico del cajero. Si le surgiese un enemigo a ese tinglado tendría mil sitios por donde atacarlo. Simplemente, cortando la electricidad ya se iría todo al carajo. No, desde luego que los congresistas americanos no han sido tontos al rechazar la centralización estatal del dinero digital. 

Y así es todo en esta sociedad totalmente sometida al dios de la tecnología. Acuérdense que a ese dios patizambo su bella mujer le ponía los cuernos con el dios de la guerra. A partir de ahí, el pobre desgraciado ya no tenía cabeza para otra cosa que para atrapar infraganti a los dos desaprensivos. Venus y Marte, para que nos entendamos. Hay demasiada simbología en todo esto y, el que no la quiera ver, o sea incapaz de verla, allá él, que siga confiando en su fuerza para tirarse a Venus hasta que, indefectiblemente, quede atrapado en la maya de hierro.  

Es impepinable, a más sofisticación, mayor vulnerabilidad, lo cual nos conduce, inevitablemente, a la obsesión por la seguridad. O sea, el círculo infernal por antonomasia. No hay forma de escapar a la maya de hierro que la sofisticación se ve obligada a construir en un inútil intento de protegerse. Porque mientras haya Venus y Martes habrá cuernos para el responsable de tanta sofisticación. ¡Por Dios Bendito, lo que son capaces de inventarse los amantes para engañar a los maridos! De poco les va a servir a estos pillar infraganti a a aquellos. Una vez consumado el acto ya no hay quién pare la debacle. 

En fin, yo añoro aquellos tiempos en los que los médicos íbamos con el fonendo y el sentido común por toda herramienta. Me consta que aquello era infinitamente mejor para los enfermos que lo que hay ahora. Al menos no corríamos tanto peligro de quedar atrapados en la quimera de la seguridad, es decir, del miedo insensato que señorea la vida.

En definitiva, que fuimos a por lana y resultamos trasquilados. 

sábado, 14 de octubre de 2023

Mística

Como ya tengo el Marabino en el bote, ayer me puse con el Pica Pica, otro vals venezolano, también conocido como La Partida y, en Argentina, como Quiero Ser tu Sombra. Desde luego que, en otras cosas, no sé, pero lo que es en música no hay quien gane a los sudamericanos. Mejor dicho, los americanos al sur del Rio Grande. Vas país por país y, si uno es bueno, el otro mejor. Y todos con una personalidad propia. Porque así son las cosas de este mundo, que no por más desastres se deja de ser más inteligentes. A ver, por poner un ejemplo, quien en el mundo fue capaz de escribir, hace ya doscientos años, una gramática que le llegue a la altura del tobillo a la del venezolano Andrés Bello. Que una gramática no es, por cierto, cualquier cosa. Hace falta haber mamado mucha civilización para ser capaz de semejante hazaña del espíritu. Y de los valses, digo lo mismo. 

En cualquier caso, cada día que pasa estoy más convencido que cualquier cosa que hagamos los humanos que no tenga por fin glorificar a Dios es, no ya una pérdida de tiempo, sino algo que nos perjudica gravemente. Esa idea que no sé quién nos metió, seguramente el demonio, de utilizar el conocimiento para construir cachivaches que nos faciliten la vida es la trampa perfecta. Ya me dirás tú, el don de la ubicuidad: en seis horas cruzas el Atlántico como si fueses un Dios. Por no hablar de la omnisciencia que nos promete el internet de los cojones. ¿Ustedes creen que la especie ha mejorado un ápice en cualquiera de sus facetas desde que tenemos todos esos cachivaches a nuestro alcance? Yo, desde luego, no lo veo por ningún lado. Al revés, solo veo inutilidad y barbarie. Ahí están, todo el día tirados en las terrazas, viendo la televisión y acariciando a los perros. ¡Menudo proyecto de vida! No me extraña nada que de lo que más se hable sea de la enfermedad: solo se levantan de la terraza para ir al hospital a hacerse una prueba diagnóstica. La sombra de la muerte planea sobre los ociosos como un vampiro insaciable... perdonen el pleonasmo. 

Pues sí, hay mucha diferencia entre aprender geometría con la sola finalidad de que te admitan en la Academia platónica a aprenderla para hacer puentes y carreteras. O sea, a mayor gloria de Dios o, por el contrario, mayor sufrimiento de los hombres. Ganar tiempo al tiempo, que para eso se construyen puentes y carreteras, solo sirve para precipitarse cuanto antes en el infierno del ocio. Lo veo cada vez más claro, donde estén un vals venezolano o un "huerto de Renato" que se quiten de enmedio todos los Golden Gates y Empire States del mundo. Alimento para el cuerpo y alimento para el espíritu: todo lo demás es veneno. 

En fin, hoy me levanté místico, qué le vamos a hacer. 

viernes, 13 de octubre de 2023

Todas las horas

Leo: "El malvado jefe de policía ha construido un terrorífico sistema de vigilancia para controlar a los amantes de los placeres mundanos, pero, debemos confesarlo, no le sirve de mucho. La voluptuosidad se dispara cuando alguien trata de restringirla; y así será por siempre mientras los hombres tengan pasiones y las mujeres deseos. Amar y disfrutar, desear y satisfacer los deseos, tal es el circulo en el que giramos y del que no podemos salir. Cuando se imponen restricciones sobre las pasiones, como hacen en Turquía, es cuando más se desatan, pero siempre por métodos destructivos de la moralidad." 

Casanova se está refiriendo en este caso a Turín, pero, a la vez, generaliza. Extrae de su propia experiencia una ley de la naturaleza. El mundo funciona así. Como las personas. Cuando más se esfuerza uno por aparentar bonhomía es que más tiene que ocultar. Es un indicador que no falla: hay una relación directamente proporcional entre el puritanismo institucional y la corrupción medio ambiental. 

Es tan de Perogrullo todo esto que la sabiduría popular lo clava con ese refrán que sostiene que "dime de qué presumes y te diré de qué careces". Mi pobre padre que en gloria esté, no se cansaba nunca de repetírnoslo. Desde luego que nunca conocí hombre menos presumido. Aunque, seguramente, tampoco era mérito suyo. Quizá no era más que, al estar en el sitio adecuado haciendo lo que sabía hacer, ya tenía recompensa suficiente para satisfacer su ego. A la postre, los que presumen de lo que sea, manifiestan a las claras su miseria. Y si, ya, de lo que se presume es de puritanismo, entonces, aléjate, porque, si no, te mareará la hediondez.  

En resumidas cuentas, que uno no tiene la suficiente voluntad para prescindir de cualquier forma de información que no sea a través de las novelas. Me descuido y se me cuelan noticias de lo que pasa por el mundo que, aunque sean las mismas de siempre, tienen la virtualidad de estragarte el ánimo. Porque los seres humanos, por el hecho de serlo, sufren tanto que sin querer buscan consuelo haciendo el mal a los que piensan, equivocadamente, que están mejor que ellos. Ésta, también, es una ley de la naturaleza y, por, tanto, incontrovertible, Así es, que, la única salida que nos queda es recurrir a las maravillosas sentencias que genera el estoicismo. A Baroja, que era bastante de esa cuerda, le gustaba mucho recordar que "todas las horas hieren menos la última que mata". Incluso, creo recordar haber leído en algún sitio que a la entrada de su casa había un reloj de pared en cuya esfera estaba inscrita esa sentencia. 


jueves, 12 de octubre de 2023

Hermano lobo

Volvemos a las andadas. No hay signo premonitorio que mejor anuncie la catástrofe que se avecina que el afán de los que mandan por controlar la información. Controlar la información es un imposible metafísico. Está fuera de la realidad. Es como querer retener el agua en un cesto. Solo mentes perturbadas por la soberbia pueden pretender tal dislate. Yo, no sé ustedes, pero a mí cada vez que me ponen delante la petición de una firma para que liberen a Julián Assange, firmo sin pensármelo dos veces. Me importa un carajo si por ello me meten en una lista de desafectos porque, pienso, una vida sin lo que Assange representa no merece la pena. Nadie tiene derecho a limitarme información sobre asuntos que me conciernen. Y esos que dicen Secretos de Estado no son más que tretas de los que están en el poder para intentar perpetuarse en él. Todo lo que tiene que ver con el Estado me concierne y quiero saberlo para poder tomar mis decisiones personales.   

Sí, pueden estar seguros de que algo gordo se avecina, porque tanto en el parlamento británico como en el europeo se han promulgado sendas leyes con la pretensión de retener el agua en el cesto. Como era de esperar, el pitorreo ha sido mayúsculo. La comisaria europea de la cosa ha considerado oportuno pegarle un toque a Elon Musk por aquello de que es dueño de una red social que se pasa por el culo las leyes represivas de los parlamentos. No hemos tenido que esperar mucho para poder disfrutar de la respuesta de Elon: un vídeo haciendo mofa de la censura informativa cuando lo de la famosa pandemia. Video que, por supuesto, ha sido visto no por cientos sino por miles de millones de pacíficos ciudadanos. Siempre pasa igual, cuando un poder caduco trata de reprimir a la gente es cuando surgen los mejores chistes. Los de mi edad, aquí en España, tenemos bastante experiencia a tal efecto. "Hermano lobo" y todo aquello que tanto nos alegraba la vida en los estertores del franquismo. 

¡Ministerios de la verdad! Mira que hay que ser tonto para que se te pase por la cabeza tal posibilidad. Claro, a los tontos no les da el cacumen para leer el Quijote y por eso no saben que, si hay algo en este mundo que no necesite defensa, eso es la verdad. Siempre acaba flotando sobre la mentira como el aceite sobre el agua. Pero, en fin, es de lo más normal que a un tonto en aprietos no se le ocurra mejor cosa que huir hacia delante. Justo hacia donde están los que disparan. Así es siempre la traca final. Aunque como la traca anterior, la de los bigotitos, fue tragedia, esperemos que la que se avecina, por lógica histórica, sea comedia, continuación, en cierto modo, de la que se representó en Rusia cuando lo de la caída del muro. Nos quisieron convencer de que aquello era una cosa y, lo que teníamos nosotros, otra completamente diferente. Esa fue la gran mentira que ahora se está deshaciendo: lo de ellos y lo nuestro se parecían como gotas de agua; todos sometidos al poder omnímodo del Estado. 

Resumiendo, quizá todo esto no sea más que la consecuencia de tantos años seguidos de aconsejar los padres a los hijos que no sean tontos y se hagan funcionarios. "Tú, algo seguro", les dicen. Como si los Estados no se fuesen a tomar vientos cada sí y cada no. Pero no hay forma de que aprendamos. Al menos hasta que empezamos a ver las orejas al lobo. 

miércoles, 11 de octubre de 2023

Los Martín de Torre Don Miguel

Como dice la familia Martín de Torre Don Miguel, vamos a asar un cacho de panceta que está la cosa pa pocas bromas. El suculento manjar, puntualiza Feli, el padre. Y ahí les vemos, optimistas, alrededor del fuego, partiendo el día entre la agricultura de la mañana y la ganadería de la tarde. Esta familia que decidió instalarse en el escaparate de las redes sociales para darnos una imagen genuina de la vida rural. Algo que concuerda plenamente con el imaginario de las masas cosmopolitas respecto de lo que era la vida de sus antepasados. Porque todos venimos de lo mismo, de lo que el marxismo rampante dio en calificar, con mucho acierto, de sector primario. ¿Porque qué cosa más primaria puede haber que la producción de comida? Efectivamente, pa pocas bromas al respecto.

El caso es que la familia Martín es cualquier cosa menos paleta. Un día, alguien le achacó a Nazaret, la hija, un hablar cateto y, entonces, fue ella y, cual Marcela del Quijote, se subió a una peña y empezó a disertar sobre las lenguas y su uso. Ni el profesor Pascual lo hubiera hecho con tanta sabiduría. Y es que, Nazaret, es pastora por propia elección, no porque se lo haya impuesto el destino. Fue a la universidad, hizo dos carreras y a continuación concluyó que lo suyo era el campo. Y allí se fue para, entre otras cosas, dar pábulo a la nostalgia de esas masas que agobiadas por el tráfago de la vida cosmopolita sueñan con el campo como paraíso perdido... en Nazaret y su familia, de alguna forma, lo vuelven a hallar.  

Entre unas cosas y otras, la familia Martín se ha convertido en un interesante referente para los aficionados a la literatura, porque, en el fondo, lo que nos ofrecen es, cual fuera el caso de Casanova, unas memorias noveladas. Ahí está la condición humana en carne viva para que le echemos un vistazo y saquemos nuestras conclusiones. Y por tal es, supongo, el que tengan tantos seguidores. Porque son muy buenos en lo que hacen, con esa sensación de naturalidad que saben dar que, como saben, es la esencia de la buena literatura. Porque, acaso van a creerse ustedes que la imagen que la familia Martín da de sí no es una ficción exactamente igual que la que todas las familias intentan dar de sí cuando se ponen a contar sus cosas. 

En fin, sea como sea, a mí los Martín me caen muy bien y, sobre todo, me entretienen... de la misma forma que lo hace Zalacaín el Aventurero que es lo que estoy leyendo ahora antes de ir a la cama. 


martes, 10 de octubre de 2023

La reina del cielo

Andábamos por los cuarenta o así, como quien dice lo mejor de la vida, y entonces vimos aquella película, "La balada de Narayama". La cosa iba de que la gente de aquel lugar cuando le llegaban los setenta años se iba monte arriba a morir de hambre y frio. Así sus familiares no tenían que pasar por el trance de presenciar su decrepitud y agonía final. Aquello nos dio para mucho pensar y no pocas conversaciones. Claro, todavía veíamos lejos los setenta y, eso, condicionaba nuestros razonamientos. En las cosas complicadas de la vida es muy difícil opinar, sobre todo cuando no estás metido de lleno en el ajo. Así que no quiero ni pensar en las cosas que se escucharon sobre el particular por aquel entonces, y más si se tiene en cuenta que mi entorno tenía muchos trabajadores de hospital acostumbrados a ver la degradación física y mental de cerca... tales circunstancias, nada tiene de extraño que acaben por influir en el carácter de las personas orientándolo hacia la forma que los ingleses califican como callous, o sea, una palabra con la misma etimología que calloso, es decir, con una costra sobre la piel que la hace insensible al dolor. 

Les he contado esto porque ayer me llegó la noticia de que unas callous enfermeras de mediana edad del Reino Unido que trabajaban en un pabellón de viejos deteriorados se dedicaban a sedarlos para así tener ellas una más "easy life" (vida fácil) y, de paso, poder dedicarse a "their own amusement" (su propio entretenimiento). El problema que tuvieron estas callosas señoras es que, como con cierta frecuencia se les iba la mano, llegó un día en que unas de esas raras personas que sí les importa que hayan matado a su deteriorado familiar se pusieron a investigar y se descubrió todo el pastel. La cosa fue rodando y salieron a la luz algunas curiosidades. Por ejemplo, que en el pabellón donde trabajaban las interfectas hay una cultura del abuso y una corrupción rampante que lleva al 95% del personal a utilizar "on a recreational basis" (para dograrse) los medicamentos sedantes que se almacenan en el pabellón para las necesidades terapéuticas inmediatas.

El caso es que la gente se rasga las vestiduras cuando se entera de este tipo de cosas, pero, después, cuando tienen al viejo deteriorado en casa, remueven el cielo y la tierra para que los funcionarios del Estado les saquen de encima el marrón. O sea, que es todo muy por el lado de la hipocresía. La misma que mostraron las legiones bienpensantes cuando escucharon decir al Rey Hassan II de Marruecos que si él se enteraba de que en su país habían abierto una residencia para ancianos inmediatamente mandaría cerrarla y detener a sus propietarios. Los ancianos, dijo, son cosa de su familia. Ver su deterioro y muerte es parte fundamental de la educación sentimental de las personas. 

En fin, unas culturas, otras culturas... en los libros de Heródoto se encuentran no pocos pasajes en los que trata el asunto de los viejos. Describe multitud de formas de irse de aquí. Algunas tan sorprendentes que le hacen filosofar sobre la costumbre al Emperador Ciro. La costumbre es la reina del cielo, viene a concluir. Porque los que han visto desde que nacieron que a los viejos se les come en una fiesta organizada a tal efecto para que su alma pase a su descendencia y no se pierda en la nada, pues, digo, esa gente considera su costumbre como la cosa más natural y racional del mundo. 

Resumiendo, que de todas las variables del asunto, yo me quedaría con el modelo Narayama. Así es que cada día que pasa me adentro un poco más en el monte para, así, dar la menor tabarra posible. Y lo de las callosas británicas, ¡anda que no habré visto yo de eso en esta vida! Es la costumbre en tales lugares. La reina del cielo. 

lunes, 9 de octubre de 2023

Los idiotas

Me envía Fede el enlace a una entrevista que le hacen en el periódico ABC a Alexandra Henrion Caude, la genetista francesa de la que ya les hablé varias veces en este blog. Ella, como su colega Luc Montagnier, denunciaron desde el principio el fraude del circo covid. Y fueron por ello llevados a la hoguera de la opinión pública más necia desde que tenemos noticia de que tal cosa existe si es que existe. Porque ya tengo mis dudas que la gente en general piense otra cosa que lo que le manda pensar el poder en curso, que no para otra cosa se inventaron los púlpitos. Desde ellos, con toda su parafernalia, es muy fácil convencer al personal, lo mismo de que la Virgen María baja en carne mortal a Cova de Iría, que de que existe por ahí un virus que, como dijo un niño desde uno de aquellos balcones en los que se aplaudía, nos va a matar a todos... le faltó decir "y a todas" para estar en perfecta sintonía con los subnormales que nos gobiernan. Porque yo ya estoy completamente convencido de que todo esto ha ido de subnormalidad. ¡Qué mala es la gente idiota! 

El único consuelo que nos puede quedar es la certeza de que los idiotas siempre acaban perdiendo. Es una ley de la naturaleza y, por tanto, infalible. Por la misma razón que por muy muy poderosa que sea el agua siempre queda por debajo del aceite a nada que haya un minuto de sosiego. Y por eso debe de ser que los idiotas no quieren que soseguemos un minuto. Desde sus púlpitos no paran de amedrentar, pero como todo tiene un límite, la gente ya se está cansando de ir a la iglesia y el sosiego le está llegando por añadidura. Y, como diría Gracián, está dando con el portillo del caer en la cuenta, que no de otra causa es el que el ABC haya hecho una entrevista a Alexendra Henrion Caude. 

Porque por mucho que avancen los idiotas siempre acaban metidos en el cuello de botella de las Termópilas donde les esperan los Trecientos lacedemonios. Y luego los atenienses les rematan en Salamina. Dos generaciones más y todo el imperio persa es conquistado por Alejandro. Es lo que tiene el poner la cabeza por delante de los músculos, que siempre se gana. Pasaron dos milenios y medio y todavía siguen mandando los griegos. Y porque conozco esa Historia es por lo que me río de todo este escepticismo cobarde que señorea mi entorno. A estos no hay quien les mueva de ahí, me dicen, cuando los sugiero que se aproxima la hora de rendir cuentas. Es lo que tiene el haberse dejado arrastrar por la estulticia rampante, que luego prefieres seguir chapoteando en la mierda que tener que reconocer lo que eres.

Sí, cualquiera que haya seguido las informaciones que ha venido dando la plataforma digital World Doctor Alliance sabe que ahí han estado siempre los trescientos de las Termópilas con sus Leónides a la cabeza. Les podría dar el nombre de todos, pero, para qué si ya se encargará de recordarles la estela que se está esculpiendo en las conciencias. Porque, que nadie se haga ilusiones: al final, a palos, hasta los idiotas acaban aprendiendo.   


domingo, 8 de octubre de 2023

Por decir algo

Seguiré dándoles la matraca con Casanova. La lectura de sus memorias me está resultando como una especie de examen de conciencia y, sobre todo, mucha contrición de corazón. Del propósito de la enmienda, ya, por razones biológicas, puedo prescindir. Aunque solo en la práctica, porque cuando voy por la calle y veo un culo bien puesto la imaginación se echa a volar.   

Lo de la relación de los hombres con las mujeres, como bien saben los que saben reconocerse en su justa medida, es algo que condiciona la vida de tal manera que todo intento de racionalización siempre resulta baldío. Yo aseguraría, con poco miedo a equivocarme, que la inmensa mayoría de las tonterías que hacen los hombres tienen como trasfondo el objetivo, casi siempre imposible, de poseer una determinada mujer. A mi juicio, todo ello no es más que la consecuencia de lo poco evolucionados que estamos respecto de nuestra condición animal. Sin darnos cuenta, a la que vemos a una mujer que nos atrae, cosa tremendamente frecuente, de una forma inconsciente nos ponemos a emular al pavo real con resultado por lo general de una patosidad vergonzante.    

Y ahí está el punto, en la vergüenza de sí mismo que uno va acumulando a lo largo de la vida. De todo lo que uno se arrepiente, en su inmensa mayoría, está relacionado con las mujeres. La cantidad de energías dilapidadas en tan vano objetivo. Porque esa es la cuestión, lo absolutamente vano que resulta conseguir algún aparente pequeño éxito de vez en cuando. El engreimiento dura poco más que el tiempo de un suspiro. Liberada la tensión acumulada por la incertidumbre resulta, vuelves automáticamente a las mismas, o sea, a seguir buscando la manera de tener nuevos motivos de los que poder avergonzarte después. 

Pues bien, así vienen a ser las memorias de Casanova, una persecución infatigable de autoafirmación por medio del uso de la polla. Y a veces pareciera que lo está consiguiendo, porque los adictos suelen ser muy poco conscientes del daño y sufrimiento que les está produciendo su adicción. En el fondo puede que no sea más que una fatal falta de inteligencia, por más que las apariencias digan lo contrario. Casanova era un redomado necio cuyas pulsiones suicidas se canalizaban a medias entre la persecución de las mujeres y el juego. Afortunadamente tuvo también la pulsión narcisista del exhibicionismo, debido a lo cual ha sido que nos haya dejado sus memorias noveladas que, como digo, tienen la virtualidad de servir como una especie de Kempis invertido: a la postre, caes en la cuenta, no hay vida más miserable que la de la persecución a ultranza del placer. En fin, por decir algo.  

sábado, 7 de octubre de 2023

Nunca quiebra

Las autoridades de Santa Rosa, California, decidieron los pasados días imponer el uso obligatorio de la mascarilla en toda la ciudad y para todas las actividades. Pues bien, la población se pasó por el arco de triunfo el mandato, a la vista de lo cual las autoridades dijeron que ya había pasado el peligro y dejaron la obligación solo para el personal sanitario. Ni siquiera los que acuden a los hospitales la tienen que usar. Claro, tres de los cuatro principales contendientes a las próximas elecciones presidenciales han denunciado el fraude que se ha escondido y esconde detrás de todo el circo covidiano. 

Hoy pueden ver en las redes la entrevista que el Dr, Campbell le hace al Profesor Dalgleish. El Profesor Dalgleish es una de esas eminencias británicas que solo conocen los que están en el ajo. Trabaja en el Sant George, el hospital fundado en 1733 y que en mis tiempos londinenses seguía utilizando el mismo edificio original con pequeñas adaptaciones. Lo visité varias veces, entre otras razones porque allí vendían unos estetoscopios, marca de la casa, que estaban considerados entre los entendidos lo más de lo más en su especie. Compré para mi padre, mi hermano y, por supuesto para mí. Hace poco lo tiré a la basura porque las gomas estaban muy deterioradas, pero el resto estaba impecable. Podía haberlas cambiado, pero detesto tener en casa cualquier cosa relacionada con la enfermedad. 

Sea como sea, el Profesor Dalgleish, un viejecito venerable, le cuenta unas cosas al Dr. Campbell que son para poner los pelos de punta. Cómo fueron sus relaciones con las autoridades sanitarias cuando lo del circo, como le ningunearon, humillaron, despreciaron... en fin, que deja meridianamente claro con sus explicaciones que detrás de aquellas actuaciones tenía que haber algún designio que solo las autoridades conocían. Nada de lo que hicieron tenía sentido, sobre todo la obstinación en no atenerse a ningún tipo de razones ofrecidas por parte de los especialistas más calificados del país en asuntos de epidemias y similares. 

Lamento mucho traer a colación estas cuestiones porque sé que a la gente no le gustan nada. Seguramente es porque les recuerda que pasaron por el aro, que es, en cierta medida, como haberse puesto debajo de una espada de Damocles. En fin, de una cosa estoy seguro hasta donde se puede estar seguro de cualquier cosa, que, hasta que se dilucide todo este asunto del circo, no vamos a sosegar porque hay una procesión por dentro que es que no se puede aguantar. Dentro de unos días habrá un debate en el parlamento británico en el que se intentarán dilucidar las causas del exceso de muertes, hasta un 20%, que se están produciendo en los países hipervacunados. Por más que los medios oficiales traten de ignorarlo, es inútil, porque ya saben que la verdad puede adelgazar, incluso mucho, pero nunca quiebra.  

viernes, 6 de octubre de 2023

Acumulando

Pasan los años y vas acumulando un repertorio. Es como un patrimonio. Cuanto mayor es, más titánico tiene que ser el esfuerzo que haces para conservarlo. Porque todo tiene una tendencia irreprimible a desvanecerse. Me he puesto esta mañana con la bourrée de una suite de Bach que en tiempos trabajé mucho hasta tenerla muy interiorizada y he tenido que ir sacándola a trompicones, empezando mil veces para coger carrerilla y llegar cada vez un poco más lejos. La memoria tiene eso, que arrumba los recuerdos que no sacas a la luz de vez en cuando y los va cubriendo de polvo y roña, aunque ahí están siempre por si quieres restaurarlos. De hecho, una pieza de esas que llevas años sin tocarla, te pones a ella y en media hora ya la tienes niquelada. 

En cualquier caso, sea repertorio o no, ¿qué sentido tiene acumular? Admiro a esos músicos que cogen cualquier instrumento que encuentran por ahí y se ponen a improvisar. Son como los pájaros que cantan en la floresta. No tienen otra partitura que lo que les sale de la cabeza en cada momento. El entorno manda.  

Así debiera ser todo en la vida, sobre la marcha, con lo que vas encontrando por ahí. Siempre hay algo que echarse al coleto. Algo que ponerse encima. Un lecho en el que reposar. Claro, quizá sea ese el privilegio de los dioses, no preocuparse por la supervivencia. Pero, nosotros, los mortales... acumular y acumular y acumular, como si con eso no nos fuésemos a morir. ¡Mira que somos tontos! Y sobre todo inútiles. 

jueves, 5 de octubre de 2023

Plumeros

Cuando de niño me llevaban a Santander, normalmente íbamos por la carretera que cruza el centro de Maliaño y va a dar al Empalme. Pero recuerdo que alguna vez nos desviábamos por una carreterita adoquinada que pasaba por delante de los astilleros y luego iba entre marismas. En lo que hoy llaman marismas negras, mi madre pedía a mi padre que parase para ir a coger unos plumeros que nacían por allí. Era una planta muy llamativa por exótica, que quedaba muy chula en un jarrón puesto encima de la librería que teníamos en la sala de estar. Ya ven que los tiempos cambian y lo fue un adorno apreciado con el paso de los años se convierte en una plaga odiosa, por sumamente dañina, por el simple procedimiento de la proliferación. Hay campañas institucionales para erradicarla que, a juzgar por lo que veo, son completamente fallidas. 

Es una ley de la naturaleza, que todo lo que prolifera desestabiliza el equilibrio natural con consecuencias imprevisibles, pero siempre indeseables. El problema es que tendemos a olvidar que también los humanos somos naturaleza y estamos sometidos a sus implacables leyes. Por eso siempre que ha proliferado algún espécimen de ser humano se ha producido una inevitable decadencia. Como pasaba cuando existían las leyes de Mayorazgo que irremisiblemente llevaban a los segundones a ganarse la vida, ya fuera de curas, ya de soldados. Dos profesiones que son muy necesarias en sus justas proporciones, pero que si, a causa de las malas leyes, proliferan, irremediablemente conducen a la corrupción de las costumbres o la desolación de las guerras. También hubo la posibilidad catalana, que llevó a los segundones hacia el comercio fraudulento, ya fuera de esclavos, ya de sustancias espiritosas, que no de otra actividad le viene el garbanzo al pico a la sociedad catalana. Todo ese modernismo hortera de nuevos ricos que es el que ahora les ha echado en manos de la industria turística. ¡De plaga en plaga, y tiro porque me toca! Y lo peor es que salpican. 

Como todo se trasmuta con el tiempo, en estos que corren, curas y soldados son médicos y políticos, las dos plagas que, sobre todas las demás, nos están asolando. A la gente le han cantado la milonga de que la carrera de médico es muy difícil; pues bien, les puedo asegurar por propia experiencia que nada más lejos de la realidad. Es una carrera que se hace con la manga y, más hoy día que todos los exámenes son a base de hacer crucecitas en cuadraditos. O sea, que no se necesita ni saber escribir, ni saber hablar ante un tribunal. Respecto a los políticos, huelgan comentarios. El que no sirve para otra cosa y tiene un poco de retentiva para los lugares comunes, no tiene mejor salida que apuntarse a las mafias que so capa de dedicarse a organizar las vidas ajenas resuelven las suyas.  

Médicos y políticos se han apoderado de la vida de las pobres gentes por el simple procedimiento de inculcarles la idea de que vivir es un sinvivir de dificultades imposibles de solventar por uno mismo. Para eso están ellos ahí, para facilitar la solución. Así es como, en mí ya larga vida, cantidad de cosas que formaban parte de la cotidianidad más anodina, hoy día son problemas que exigen la formación de comisiones parlamentarias, institutos de observación, oficinas de seguimiento... la cantidad de sintagmas carentes de significado es abrumadora, pero los que viven de ello, ¡viva la Pepa! Nada hay más fácil e inofensivo para una mafia que meter la mano en bolsillos ajenos.

De la mafia médica, no digo más porque ya les he dado basta la vara en múltiples ocasiones. Es una gentuza que no tiene ni siquiera la capacidad histriónica de algunos políticos para dar espectáculo. Como los curas de antaño, a los que en buena medida sustituyen, viven en la hipocresía más absoluta. Conchabados con la industria farmacéutica han convertido el mundo en una película de zombis. 

En fin, mejor dejarlo... pero eso sí, ya que no hay campañas institucionales para erradicar tan dañinos especímenes, los erradico yo de mi vida con todas las potencias de mi alma. 


miércoles, 4 de octubre de 2023

Turbión

Decido comprar kiwis. ¡Leches, siete euros el kilo! Poco más o menos, a euro el kiwi. Quizá no sea mucho, pero es que estaba acostumbrado a pagar menos de la mitad. Luego voy a por un paquete de arroz bomba y exactamente lo mismo, más del doble del último que compré. Del aceite de oliva, como de las mujeres del tango, mejor no hay que hablar. Yo no sé cómo serán las cifras oficiales de la inflación, ni me preocupa en absoluto saberlo porque sé de sobra que estarán amañadas a conveniencia de la clase política. Yo, veo lo que veo y con eso me basta porque tengo mucha Historia leída: todo se debe a que, los que nos han estado prestando dinero estos últimos años, ahora nos están urgiendo a que les paguemos lo que les debemos. O es que creen que lo tenemos todo tan bien montado que, por poner un ejemplo, es normal que una cajera de Mercadona se pueda ir de vacaciones al otro lado del charco. Pues no señores, no es normal. La cajera puede hacer eso porque todo está subvencionado por el Estado que es el que pide prestado al que lo tiene: los grandes fondos de inversión y cosas por el estilo. 

El rollo de la inflación es de lo más interesante. No hay nada que incite más a vivir, no ya al día, sino al instante. Con una mano cobro y con la otra lo gasto. Visto y no visto. La palabra ahorro desaparece del diccionario como por arte de birli-birloque. Por eso es que uno va por la calle y tiene la impresión de que hay cualquier cosa menos crisis económica. Todo está a tope, luces, música, coches... ni huella de carbono ni leches. ¡A vivir que son dos días! El otro día paseaba con un amigo y nos topamos con la salida de un colegio. No me explico, me dijo, como todavía hay gente que tiene el valor de tener hijos. 

Sí, la inflación es lo que tiene, que degrada los principios en los que se sustenta la sociedad. Y entonces, de forma natural, se pasa a la vida nocturna que es cuando todo invita al vicio. El vicio trae las mafias que no tardan en apoderarse del Estado. Y entonces es cuando llega Hitler y manda parar. La secuencia no falla. 

Y mientras tanto el país sigue bailando la yenca: derecha, isquierda; izquierda, derecha. Pasito palante, pasito patrás. Mira que hay que ser tonto para creerse eso. Así que lo suyo ahora es hacerse a un lado a rogar a Dios que no se te lleve el turbión que se anuncia en el horizonte.

martes, 3 de octubre de 2023

Nostalgia

Es curioso que tenga una especie de querencia por los espacios de la ciudad que fueron testigos de mis correrías infantiles. Para no tener que subir cuestas, ni soportar los ruidos del túnel, doy un rodeo a la colina Callaltera y por Isabel II, Jesús de Monasterio, voy a dar a la calle Burgos. Por ella subo hasta Numancia en donde me siento en una terraza a hacer el refrigerio de media mañana y, luego, me demoro allí, mitad ensoñando, mitad leyendo lo que sea que tenga entre manos. Aquello está muy cambiado porque lo que antes era carretera ahora es plaza, pero, lo que es el caserío, está bastante intacto.  Allí mismo, a menos de cincuenta metros de donde me siento, está la casa en la que viví un año a pupilaje. Está en la esquina noroeste de la confluencia de San Luis con Peñas Redondas. Pareciera que nadie la hubiese tocado.  Siempre miro hacia el balcón del segundo piso en el que incluso se conserva la jaula con los pájaros a los que tantos desvelos dedicaban Primitiva y Germana, mis patronas. En los bajos de la casa sigue habiendo una carnicería. Y el bar de enfrente, el que fuera Peñas Redondas, también se conserva; ahora con el nombre de La Cepa del Papi, lo que no es óbice, para que siga teniendo la misma pinta de taberna decimonónica.  

Cuando me canso, subo por La Alamedas, flanqueado por los plátanos que, seguramente, muchos de ellos son los mismos que me dieron sombra hace ya setenta años. A la izquierda sigue estando una breve ringlera de casas viejas, pero luego, ya, todo es nuevo. A la derecha, mucho más. La fábrica de cervezas, el palacete de la Clínica San José, y otros muchos por el estilo, han sido sustituidos por bloques de diez pisos sin demasiada personalidad. La excepción es la casa de La Bodega, de tres pisos y con miradores, que es como un oasis en medio de un desierto de anodinia. La Bodega a la que nos solían llevar a comer callos las patronas de la calle Perines, Antonia y Conchita, con las que habíamos sustituido, con grandes ventajas para nosotros, a las de la calle Peñas Redondas. Pocos sitios puedo tener yo más simpatías que a la calle Perines. Allí pasé de la infancia a la adolescencia con todo el tráfago de experiencias que esa transición en libertad supone. Porque, pienso, pocos niños fueron tan libres como yo. Salía del colegio y a la calle a jugar con los raqueros del barrio. A veces, ya adolescente, nos picábamos unos a otros, e íbamos al Frente de Juventudes a darnos un chapuzón en la piscina. En enero y febrero, porque, a partir de marzo, ya nos llegábamos hasta la Magdalena a poner a prueba nuestra resistencia al dolor. Al lado del Frente de juventudes estaba el Cine Alameda al que nos solían llevar nuestros padres cuando venían a vernos los jueves y domingos. A veces entre mis padres y sus amigos, y mi hermano y yo, ocupábamos toda una fila. Películas del oeste, sobre todo, que siguen siendo mis preferidas.  

La calle Perines, siempre miro a ver si sigue allí, al fondo, la casa con el chaflan redondo en el que vivíamos. Y veo a Curculio, con su traje negro y nariz roja, entrando y saliendo de El Paraíso, Alto aquí, Probar mi vino.  Y al Pipa con su traje de pana y su gorra de plato, apoyado el culo en el carro y los brazos en la escoba, dando palique a cualquiera. Y Mundín, de aquí para allá, siempre haciendo malabarismos con el carrete que le habían dado sus hermanas costureras para que se entretuviese. 

Tiro para arriba hacia Cuatro caminos. A duras penas se ven vestigios que no sea la plaza de toros en dirección sur. La Carmencita, aquel emporio hostelero, en el que celebrábamos las despedidas del internado en la cercana Valdecilla, se ha convertido en un edificio de diez pisos que en un rincón de sus bajos tiene un estanco que conserva el nombre. La Carmencita: su dueño tenía un cuello de Madelung que le hacía indespintable. Su mujer, siempre risueña, era una cocinera notable. Bordaba la merluza rellena que nunca faltaba en aquellas cenas de despedida en las que todos acabábamos como cubas, aunque unos más que otros.

Bajo por la cuesta de los Toros y veo a la derecha la mole del nuevo Valdecilla. Afortunadamente, han conservado algunos de los antiguos pabellones. Concretamente el 21, en el que tantas horas pasé durante tres años. Siempre me acuerdo de Palmira la enfermera que partía el bacalo allí. En un mundo justo sería ella la que tendría un monumento a la entrada del hospital. Sigo bajando y ya todo es irreconocible. La antigua fábrica de maderas es un parque en el que me demoro un rato a leer a la sombra de las catalpas o como sea que se llamen esos árboles frondosos. Luego, ya, todos aquellos arenales y marismas es ahora mi barrio cosmopolita. Y lo que fuera El Cuadro, al que a veces íbamos a bañarnos, es ahora la dársena del Pesquero. 

Resumiendo, que viviendo aquí es inevitable que esté sumergido en un mar de nostalgia que emborrona en gran medida todas las correrías que llevé a cabo por esos mundos de Dios. Ya se sabe de antiguo que, en la vejez, son los recuerdos lejanos los que dominan la memoria. Así ha querido Dios que sea, luego bien está.  

lunes, 2 de octubre de 2023

¡Adelante con los faroles!

El congresista por Kentucky, Thomas Messie, ha dicho en la Cámara de Representantes: "Scientists, funded with your tax dollars, are trying to turn edible plants like lettuce and spinach into mRNA vaccine factories. It's dangerous to play God with our food. The House just passed my amendment to prohibit USDA funding of this research."

(Científicos, financiados con nuestros impuestos, están tratando de convertir plantas comestibles como la lechuga o las espinacas en factorías de vacunas con tecnología mRNA. Es peligroso jugar a ser Dios con nuestros alimentos. El Congreso acaba de aceptar mi enmienda para prohibir que el Ministerio de Agricultura financie esas investigaciones.)

Lo realmente curioso para mí de todo esto es cómo la gente que manda, sean quienes sean, toman decisiones que afectan al futuro de la humanidad sin encomendarse a Dios ni al diablo. Su objetivo último es, sin duda, utilizar la quimera de la seguridad para tener a los mandados en un puño. En este punto, el cuento de la pandemia ha sido una bendición porque nos ha servido para enterarnos de muchas cosas que nos conciernen de muy cerca y de las que no teníamos ni idea de que existiesen. Por ejemplo...

¿Ustedes saben que hay unos laboratorios en los que se manipulan los virus para que sean más patógenos de lo que normalmente son? A eso lo llaman gain of funtion (ganancia de función). Cuando a Trump, siendo a la sazón presidente, le contaron que eso existía, se apresuró a prohibir que esos experimentos se financiasen con dinero público. Pero lo mismo que el campo no tiene puertas, los que de verdad mandan no tienen fronteras. Entonces, cogieron esos laboratorios y los trasladaron a China. Sí, sí, a China, han leído bien. Y Trump se quedó con dos palmos de narices. Hay quien dice que el supuesto virus de la supuesta pandemia salió de uno de esos laboratorios de China. Son habladurías de las que nunca conoceremos su parte de verdad, porque, precisamente, esa es una de las tretas que utilizan los que de verdad mandan, propalar rumores que nunca se resuelven. 

¿Qué coño es todo eso del mRNA? ¿Por qué los que mandan no pueden dejar en paz ni siquiera a las lechugas? ¿Es que toda esa gentuza no ha oído hablar de lo que le pasó a Prometeo y, por ende, a todos nosotros, por haber jugado a ser Dios? No sé, pero a veces me pregunto si no tendrían razón los jemeres rojos de Camboya cuando se dedicaron a matar a todo el que tenía pinta de estudioso. Porque es lo que tiene el aprender, que si cae en mentes inmaduras se puede convertir en una bomba de relojería. Que eso es exactamente lo que estamos viendo, que ya no hacemos otra cosa que esperar temblando a que la bomba estalle. 

En fin, se ve que la especie lleva en su adn lo de aspirar a ser Dios, así que, ¡adelante con los faroles!

domingo, 1 de octubre de 2023

¡Hay que joderse!

Que nada es para siempre lo está demostrando lo que, al parecer, está pasando ahora en Suecia. Dicen que se ha convertido en el país más inseguro de Europa. El mes pasado hubo once muertes por arma de fuego. Luego nos enteramos de que esas muertes se producen, por lo general, entre los miembros de las bandas mafiosas que luchan entre ellas por el mercado de la droga. La mayoría de esa gente miserable proviene de la inmigración. Las actuales autoridades, que son, según los medios no cesan de repetir, de extrema derecha, dicen que todo es debido a que las precedentes autoridades, de izquierdas a secas, fueron muy ingenuas con sus políticas de inmigración. Los inmigrantes no se han integrado en absoluto, como, por otra parte, podría haber previsto un niño y, dado que a los suecos les ha entrado, por lo que sea, el gusto por las drogas, pues ya tenemos ahí todos los elementos de una ecuación que puede resolver cualquiera que no esté envenenado por las diversas ideologías.  

Sea como sea, en aquel que fue paraíso para los de mi generación, ahora, por lo de la extrema derecha, o por lo que sea, el ejército va a patrullar las calles, que es tanto como decir que hay que prescindir de ciertos derechos fundamentales para restablecer el orden. Mano dura, en definitiva, al más puro estilo Bukele, ya saben, el presidente de El Salvador, ese país de Centro América que venía estando por generaciones especializado en balaceras. Bukele llegó, sacó al ejército a las calles, construyó nuevas prisiones con régimen draconiano, las llenó de maleantes y se acabaron las balaceras.

Sí, los días de las izquierdas misericordiosas se están acabando. Tanta bondad maleduca al personal. Y los maleducados ya saben lo que les pasa, que quieren diversión sin pausas. Y de ahí a la necesidad de las drogas solo hay un paso. Y, por añadidura, las mafias surgen como los hongos. Y con ellas las balaceras. Entonces es cuando entra en juego la que dicen extrema derecha, que cambia la misericordia por la justicia bíblica. El que la hace la paga. Ojo por ojo. 

A mi docto y muy experimentado entender, las cosas de la vida siguen un curso bastante lógico. Cuando la gente trabaja y se comporta las vacas no cesan de engordar. Estas vacas están demasiado gordas, piensa el personal, convendría empezar a comérselas porque, si no, van a reventar. Y comienza la fiesta. Y hay que ver lo fácil que se acostumbra uno a ella. Tanto, que no se da cuenta de que las vacas están enflaqueciendo. Hasta que se quedan en los huesos y ya no hay nada que rebañar. Es tiempo, entonces, de volver a sacar el ejército a las calles. 

Y así siempre, que no es que lo diga yo, que hasta la Biblia lo cuenta. Lo que pasa es que como ya casi nadie lee la biblia se ha dado en pensar que, con denostar de Franco, Bukele y Trump, ya se van a solucionar las cosas. Por cierto, que por parques y avenidas de la ciudad se suelen poner unos señores y señoras detrás de un cartel que dice que si quieres te ayudan a leer la Biblia. Siguiendo la moda de los tiempos que no es otra que la del pastoreo: un monitor para todo. Hasta para leer la Biblia. Por no hablar para hacer surf, que mira que hay que estar tarado para necesitar un profesor para aprender esa chorrada. Claro que los extremeños lo petan en esto de los monitores: los necesitan hasta para aprender a masturbarse. ¡Hay que joderse!