miércoles, 15 de noviembre de 2023

El futuro

¡Pero bueno! ¿Esto qué es? Uno no necesita salir del barrio para ver cuál es la deriva que está tomando el mundo. Desde luego que El Fari se murió a tiempo porque de haber seguido vivo hubiera reventado de indignación. Hombre blandengue, decía él, pero no se imaginaba hasta qué grado. Iba el otro día paseando por el muelle norte de la dársena del pesquero cuando voy y no puedo dejar de fijarme en un tipo de aspecto tirando a saber mucho de futbol que estaba quitando, con esa delicadeza que proporciona el operar con el dedo meñique, unas legañas a su perrazo; concluida, al parecer con éxito, la intervención, le aplicó un par de amorosos besos en el morro. Bueno, mujeres besando a perros, las hay por todos los lados, pero un tiarrón... sin el menor recato, como importándole un bledo el qué dirán. ¿Ustedes creen que esto es normal? 

Por otro lado, es impresionante la cantidad de caribeños que me topo por la calle con ese aspecto repulsivo que proporciona la tortura mental. Corporeidades disidentes, que diría ahora un socialista. Se nota de lejos que se han sometido a terapias hormonales y sabe Dios a cuantas barbaridades más. Me da la impresión de que la mayoría son cubanos que han escogido esa vía de autodestrucción para olvidarse de las terribles humillaciones a las que se han visto sometidos por haber nacido en el sitio equivocado. No quiero ni imaginarme el horror que debe vivir instalado en esas cabezas. ¿Cómo se ha podido llegar a esto? ¿Cómo puede haber médicos que se prestan a realizar semejantes mutilaciones? Y alegar que con ello se alivian las torturas mentales de esos desgraciados me parece una excusa canallesca. Todo ello es de una degradación moral insufrible. Ni siquiera aquellas barbaridades de los antiguas que leemos en Heródoto le llegan a la suela de los zapatos a estas sofisticaciones del horror.  Además, como si fuese lo más natural del mundo: ayer me contaba mi hija que en el colegio al que va la suya se habla de los que llaman trans como de algo chistoso. Sí, porque ni siquiera ahorran a los niños en esta deriva suicida. 

Pero lo más chusco de todo esto es que cuando va Putin y dice que en Rusia esto de los trans y cosas por el estilo es algo que hay que arrumbar en la inevitable trastienda donde se cuecen las miserias de cualquier sociedad, pero que, a la vista, y menos a la de los niños, será perseguido por ley. Y entonces van todos los medios de comunicación de por aquí y le ponen de chupa de domine. Ya ven, Rusia, ejemplo de nada para un occidental que se precie. Porque es que, para libres, nosotros. Porque esa es la milonga que nos han colado aquí. Me seguía contando mi hija ayer que no hay serie de Netflix en la que no aparezca los trans y todas las demás aberraciones de la especie como algo habitual en nuestras sociedades. 

Netflix, propaganda en vena. Y luego llaman conspiranoicos a los que sospechan de la existencia de un designio de los poderosos para reducir la población mundial. Que, por cierto, el otro día aparecía con sospechosa insistencia por todas las redes un gurú indio, de esos que tienen pelo hasta en los dientes, dando una conferencia en el Foro Económico Mundial en la que no tenía más tema que el de la conveniencia insoslayable de reducir la población mundial sin pararse en mientes a propósito del procedimiento a elegir. Matas unos cuantos miles de millones y se acabó la rabia, venía a decir. Un gurú indio, ¡qué desfachatez! ¿No podría haber empezado el buen hombre repartiendo los consejos en su propia casa en vez de ir por ahí aireándolos? Y, además, como si Natura necesitase consejos para tomar sus decisiones. Dejémosla que ya se encargará ella de poner las cosas en su sitio. 

En fin, ¡qué día tengo hoy! Y, sin embargo, todo apunta a que debiera estar contento porque no cejan de llegarme buenas noticias de mis más allegados. Quizá es que lo uno trae inevitablemente lo otro. La felicidad, el miedo a perderla. Y, aunque personalmente, en el mejor de los casos, me quede ya muy poco futuro, me preocupo por el que pueden llegar a tener los que aquí voy dejar. Así somos los humanos y no hay forma de evitarlo.  

martes, 14 de noviembre de 2023

El ocaso de los símbolos

La anécdota se podría titular el ocaso de los símbolos. Iba el otro día de paseo, llegando ya a los confines del barrio pesquero, donde limita con la dársena, cuando de pronto vi a un tipo por los sesenta o así, con la típica cara enrojecida de los que aguantan las borrascas en el mar a pie firme sobre la cubierta y, también, supongo, por las horas de taberna una vez desembarcados, pero, en fin, a lo que iba, que es que me llamó la atención porque iba muy decidido a tirar al contenedor de la basura una reproducción del Guernica de Picasso debidamente enmarcada y en bastante buen estado a lo que me pareció. Me imagino a su señora diciendo: "Toñin, tira esta mierda por hay"... porque la gente del común siempre dice hay donde debiera decir ahí.

El Guernica, símbolo de toda una época de grandes ilusiones y, por tanto, de mayores frustraciones. Visto con perspectiva, uno no puede sino sentir vergüenza por haberlo tenido alguna vez colgado en el living room, por encima del sofá, como buscando el encuadre perfecto. Recuerdo haberlo comprado en uno de aquellos viajes a Biarritz a ver cine porno. Luego, pasarlo por la frontera con el culo prieto, porque nos gustaba creer que nos la estábamos jugando. ¡Más tontos y no nacemos! Y mientras tanto Picasso viviendo a cuerpo de rey en el París ocupado por los nazis. Por lo visto, cobró una pasta por él del gobierno de la república cuando ya, esté, no era más que un trampantojo, o sea, la bonita fachada de nada por detrás.

En mi descargo tengo que decir que el Guernica como símbolo de libertad y demás mandangas por el estilo, me duró cuatro días que, no obstante, fueron semilla del diablo que dio sus frutos hasta, como les decía, en los confines del barrio pesquero. Porque yo era por entonces un señorito por los cuatro costados de los que van abriendo trocha a golpe de pedagogía de costumbres. Pero, es lo que pasa, que el pueblo llano tiene una irreprimible tendencia a quedarse colgado de las mitologías de la juventud. Por eso supongo es que todo vaya tan lento y haya tanto rokero que nunca muere. Y que al pobre desgraciado de la cara roja le haya costado llegar a viejo para darse cuenta de que el Guernica es una mierda. Que, además, porque se lo ha dicho su señora, porque por él... 

Pues sí, los símbolos a la basura y borrón y cuenta nueva. Pero, no nos engañemos porque no es tan fácil encontrar sustitutos. Quizá haga falta una juventud rebelde sin causa que plante la semilla de cualquier cosa, porque el qué no importa mucho, que luego irá fructificando en los rezagados como símbolo de una cierta redención. Porque el mundo necesita ilusiones so pena de colapsar. En fin, no les descubro nada nuevo: esto ya se sabía desde la noche de los tiempos. 

lunes, 13 de noviembre de 2023

Narciseando

Nos propone Juan un acertijo que juega con los tiempos verbales:

La edad de Carmen era el doble que la edad que tenía Luis cuando Carmen tenía la edad actual de Luis. Cuando Luis tenga la edad de Carmen sus edades sumarán 112.  ¿Cuántos años se llevan Carmen y Luis?

Juan es un tipo curioso. Debe ser medio ruso porque ha abierto un canal en YouTube en el que da clases de ruso y el otro día vi un vídeo en el que andaba paseando entre montones de nieve y bloques de viviendas con la típica factura soviética con la finalidad de que se le ocurriese nuevos vídeos de matemáticas. Tiene colgados un montón de ellos que a mi juicio son muy amenos. Porque es un poco como Walter Lewing, aquel mítico profesor de física del MIT que daba espectáculo a la vez que ciencia. Por cierto, me dijo Santi que a Walter le habían echado del MIT por tener un asunto con una alumna. Ya no se respeta nada; por todas las partes emerge el cáncer de la censura. ¿Quién es quién para meterse en los asuntos íntimos de dos personas mayores de edad? Aunque se lleven entre sí más de cincuenta años. ¿A quién que no sea un puto envidioso le tiene que importar eso? Pero, en fin, parece ser que hemos entrado en una de esas épocas oscuras de la humanidad. ¡Y qué le vamos a hacer si de pronto se nos echa encima como una especie de sunami de envidia! La naturaleza es sabia y, cuando hace algo que nos desagrada, sus razones ocultas a los humanos tendrá. 

Pero volviendo a lo del acertijo. Como todos, es un problema de comprensión lectora. O sea, de músculo espiritual. Hace años me hubiera costado Dios y ayuda resolver éste, pero ayer me puse con él y no creo que llegase a dos minutos lo que me costó descubrir que eran diez y seis años los que separan a Carmen de Luis. El secreto no es ningún secreto: gimnasia. Sal Khan, Salvatore Vargas, Juan y un largo etc.. Todos los días, casi sin excepción de hace quince años para acá, paso un rato en este tipo de gimnasios. Y no es que piense, Dios me libre, de que así voy a interpretar mejor los intríngulis del mundo que me rodea. Ni por acaso, es simplemente por el placer que me produce acertar acertijos, valga la aliteración. Como que después de hacer diana me veo más guapo en el estanque dorado. Ya ven, a mi edad y narciseando todavía. 

Bueno, vamos a ver, porque hoy va a hacer un día casi veraniego. Será cosa de irse por ahí con el kindle en el bolsillo y, de parque a parque, y sentada que te crió... porque es que ya uno... 



domingo, 12 de noviembre de 2023

Con cien cañones por banda

La figura de Casanova se me está haciendo odiosa por momentos. Más o menos como se me hizo la mía cuando tenía la edad que ahora tiene él, rozando los cuarenta. Es tal la obsesión por el placer a toda costa y tan estúpidos los triunfos que ya solo esperas que la inevitable justicia divina venga a poner las cosas en su sitio. Hasta qué punto se vuelve uno idiota cuando, viento en popa a toda vela, vas cual velero bergantín con cien cañones por banda. Presume Casanova de que en una noche le ha echado nueve polvos a Clementine, algo muy difícil de creer y más si se tiene en cuenta que la hermana de Clementine está en la misma cama haciéndose la dormida. A todo esto, el despilfarro para conseguir sus fines es de calibre homérico: son los polvos más caros de que tiene noticia la historia. Intercala el relato de estos imposibles con reflexiones filosóficas sobre la felicidad en las que despliega todas sus dotes para la impostura narcisista. No dice más que tonterías disfrazadas de agudas ocurrencias. Algo muy de la época; la literatura francesa está llena de este tipo de desfachatez: gente engreída sobrevolando la vulgaridad ambiental sin apercibirse de que el castañazo estaba a la vuelta de la esquina. Mientras desplegaban su ingenio en los rutilantes salones el despreciable vulgo estaba ya plantando las guillotinas en el las plazas.  

Perseguir el placer tirando de chequera es la tentación a la que sucumben todos aquellos, que somos casi todos, a los que natura escatimó conexiones neuronales. No ves más allá de tus narices y eres incapaz de interrelacionar media docena de ideas simples. Casanova, en esto, es de libro. Un poco más tonto y no nace, como se suele decir ahora. Pero, sin embargo, el relato de sus peripecias, inventadas en su mayoría, tienen un valor inestimable como espejo en el que mirarse. Por lo menos, en lo que a mí hace, me devuelve una imagen todavía más nítida de la que mis muchos remordimientos me habían proporcionado ya. Vivir es, fundamentalmente, hacer el imbécil y conseguir desvelar tan dolorosa verdad es quizá la única tarea por la que merece la pena luchar en la vida. Porque no es fácil y la mayoría nos vamos como vinimos, ósea, flotando en la imbecilidad. 

Parecerá a alguno de mis imposibles lectores que exagero, pero, entonces, que me diga por qué otra causa puede ser que en el mundo pasen las cosas que pasan. La persecución del placer a tota ultrança es la meta que nos propone la publicidad que no paramos de tragar mientras miramos la televisión a leemos los periódicos. Hay publicidad burda como la de los anuncios y otra sibilina, como la de las películas y documentales, pero, en cualquier caso, todas sirven para el convento de la imbecilidad. Y, para más inri, de vez en cuando te intercalan uno en el que te cuentan que no sé cuántos niños están muriendo en gaza... ¡ah, pero no habíamos quedado que con esa colonia de marras las va a dejar a todas espatarradas! ¿En qué quedamos?  

sábado, 11 de noviembre de 2023

El poder

Ayer comencé a revisitar la Ilíada. La magia de este tipo de libros es que cada vez que les lees te parecen más intensos. Es el primitivismo, esa característica de la condición humana que nos hace auténticos. Sin dobleces, sin cinismos, a rostro descubierto. A dos pasos de la condición animal en estado puro. 

Pareciera que, con el paso de los siglos, nos hemos colocado muy lejos de eso, pero solo es una ilusión. Miras a tu alrededor con un poco de detenimiento y compruebas que de Homero para acá no hemos evolucionado un ápice: entre los humanos, como seguramente es en todas las especies, todo consiste en relaciones de poder. No hay forma de escapar a eso por más que todos los constructos que llaman ideologías nos quieran convencer de lo contrario. En definitiva, el que detenta el poder es el que se las folla a todas. Y de eso va la Ilíada, de que Agamenón se las folla y a Aquiles solo le queda el recurso a la cólera. Con lo poderoso que es Aquiles, pero, ya ven, lo es menos que Agamenón. 

Y así estamos, bombardeando poblaciones civiles, y no porque haya especial interés en matar gente, ni mucho menos, sino porque hay que dejar claro quién es el que manda aquí. Una vez humillados los que intentaban subirse a las barbas ya está allanado el camino hacia la satisfacción de los deseos. Es algo completamente infantil, esa edad de la vida en la que solo se ve de cerca y se desconoce que hay unos dioses que juegan con nuestro destino poniendo un especial interés en castigar nuestra soberbia. 

Poder, infantilización, soberbia y destrucción. Por ese orden. No hay forma de escapar a esa maldición divina. Es el triste tránsito de la ilusión que es todo poder a la realidad que es la inevitable destrucción. Y todo, como decía el protagonista de La Chica de Rojo, por echar unos cuantos polvos de más; la verdad, no creo que merezca la pena, concluye. Y esa es la tragedia, que los dioses apenas crean gentes capaces de darse cuenta de lo que merece y no merece la pena. 

En fin, la condición humana que es que a veces parece que es obra de nuestro peor enemigo. Menos mal que uno se mete en la cocina y se olvida de todo: voy a hacer humus; y con el caldo de los garbanzos una sopa juliana de las que se la levantan a un muerto, valga la redundancia.  

viernes, 10 de noviembre de 2023

Lucubraciones

Ando ya finiquitando el Silvestre Paradox de Baroja. En realidad, no es más que una galería de fracasados que recurren a la picaresca para ir tirando mientras el cuerpo aguante. Es el mundo de las pensiones que tanto frecuenté en mis años estudiantiles. Hoy día, como en prácticamente todas las capitales de provincia hay universidad, los estudiantes suelen vivir con sus padres y, los pocos que son de afuera, o están en una residencia universitaria o alquilan un piso entre varios. En cualquier caso, ya no conviven con esa parte de la sociedad con la que Fortuna se cebó... porque de qué otra manera hubieran podido ser aquellas vidas no por más literarias menos desgraciadas, sino por el querer de la diosa Fortuna. 

Ya les dije más de una vez que los dioses escriben recto con renglones torcidos. Y así era que por aquel entonces quisieran poner a disposición del escrutinio de los estudiantes a aquellas gentes desgraciadas. Seguramente, era una parte importante del aprendizaje de la vida que un buen estudiante debe realizar. Nosotros, observábamos aquello divertidos y, luego, en las tertulias de los cafés desmenuzábamos el fenómeno. A la postre, aunque no lo verbalizásemos, concluíamos que había que andarse con cuidado e irse para casa a estudiar. Porque aquellos tipos, generalmente, ya fueran ovejas negras, ya miembros de familias venidas a menos, lo pasaban de pena por más que aparentasen tener la piel corácea. En realidad, no hacían otra cosa que huir hacia delante, siempre hacia el precipicio en el que indefectiblemente acababan por caer. 

En el fondo todas estas historias de las que hablábamos y nunca acabábamos por los cafés de Valladolid, o, luego, leíamos en los libros de Baroja que comprábamos por tres pesetas en la Cuesta Moyano de Madrid, no diferían mucho en cuanto a su función moralizante de aquellas vidas de santos que era la única literatura que nos permitían leer en el colegio salesiano al que mi mala fortuna me arrojó por un par de años, así, en plan purgatorio. La única diferencia entre unas y otras historias era que las unas, las de santos, iban tan directas al grano que tendías a rechazarlas, mientras que las otras, las de los pícaros, daban tan tortuosos rodeos que te lo tragabas con gusto sin notar que eran tan ejemplarizantes como las de los santos. 

Son las paradojas de la vida, que leyendo vidas de santos es muy probable que te conviertas en un pícaro y, por contra, leyendo historias de pícaros acabes yendo para santo... o, sí no, por lo menos, acabes teniendo una cierta obsesión moralizante que te empuja a interpretar el mundo como un lodazal en el que la única opción viable para sobrellevarlo es la fobia social que, si bien se considera, no es más que una coraza para defenderte de las tentaciones suicidas que provoca la clarividencia.  

En fin, uno se pone a lucubrar y nunca sabe a qué extrañas conclusiones puede llegar... siempre equivocadas, por supuesto.   

jueves, 9 de noviembre de 2023

El lado correcto

El estar del lado correcto de la vida, esa quimera que se ha llevado por delante a media humanidad para que la otra media pudiese comer. Porque los campos nunca dieron para alimentar a tanta gente como la capacidad genésica de la especie puede producir. Se inventaron los tractores, los glifosatos y demás, que multiplicaron la producción de alimentos y, con la misma, como por ensalmo, se multiplicó la capacidad genésica de la especie. Quedamos como estábamos, es decir, a merced de las guerras para establecer una relación favorable entre la producción de alimentos y el número de personas. 

Como todo esto es muy bestia, ahí es donde entra el lado correcto de la vida para dulcificarlo: yo no te mato porque me quitas la comida sino porque estás equivocado. Tu dios es una filfa y el mío el verdadero. Parece un juego de niños, pero así ha funcionado siempre. Funcionado a las mil maravillas. Que bien se han preocupado los poderes de construir templos para evitar que la relación del hombre con la divinidad nunca fuese personal sino colectiva y regulada por el dogma.

Regular por el dogma es a lo que se llama religión. Si toda la humanidad se rigiese por la misma religión, como por otra parte parecen pretender los que las practican, El catolicismo se califica a sí mismo de ecuménico, lo que quiere decir que su pretensión es que no quede nadie fuera de su égida, coraza o escudo, para que nos entendamos. Yo soy la verdad y la vida, etc., ect.. Una solemne necedad todo ello, porque si todos estuviésemos cubiertos por el mismo manto sería imprescindible inventar otras patrañas para justificas las necesarias matanzas.

Ya casi acabo El Gallardo Español de Cervantes. Se desarrolla en Orán, siglo XVII, cuando el imperio turco le disputaba al español el dominio del mediterráneo. Una historia de moros y cristianos que son tal para cual. Como personas se entienden entre ellos divinamente. Pero, ¡ay!, cuando están en lo mejor salta el dogma a la conciencia para recordarles que se tienen que matar entre ellos. Verdaderamente, lo mágico de todo esto es, no solo los mecanismos que pone en marcha la naturaleza para mantener los equilibrios que la permiten perpetuarse, sino también el arte que se da para encubrir la crudeza de sus motivaciones con milongas filosóficas. A los palestinos su religión no les permite razonar y por eso nos hacen la vida imposible, dicen los judíos. A los judíos la soberbia que emana de su religión no les deja ver la realidad y nos matan como a conejos, dicen los palestinos. Razones, desde luego, no les faltan para matarse los unos a los otros. Claro que, si no quisiesen estar todos en el mismo sitio, o aquello fuese más rico y grande, o fuesen muchos menos de los unos y los otros... en el fondo, y también en la superficie, aquello de Palestina no se diferencia mucho del Serengueti: comer y no ser comido. No hay más filosofía cuando la naturaleza se pone hostil. 

miércoles, 8 de noviembre de 2023

Los antiguos

Da igual quien lo haya escrito porque es tanta la verdad que, a mi juicio, encierra que lo inteligente es tenerlo muy en cuenta y obrar en consecuencia. Transcribo:

"Los antiguos, cuya imaginación fue muy fértil en alegorías, solían imaginarse la Inocencia jugando con una serpiente o una flecha muy afilada, Aquellos sabios antiguos hicieron un estudio muy profundo del corazón humano; y cualesquiera que sean los descubrimientos que la ciencia moderna haya hecho, el estudio de la vieja simbología puede ser todavía de gran utilidad para aquellos que desean ganar en profundidad en el conocimiento de cómo funciona la mente humana."

La perversa mente humana que no cesa de jugarnos malas pasadas porque tiene una tendencia irrefrenable a jugar con serpientes y flechas afiladas. ¡La dichosa inocencia! Como algo parezca servir para nuestros inmediatos propósitos, allá que nos tiramos de cabeza sin pararnos en muchas mientes. Y así luego pasa lo que pasa. 

Leía ayer en la Teogonia de Hesiodo, uno de los pocos libros que nunca puedo dejar de lado: 

" A Prometeo abundante en recursos le ató con irrompibles ligaduras, dolorosas cadenas, que metió a través de una columna, y lanzó sobre él su águila de amplias alas. Ésta le comía el hígado inmortal y aquel durante las noches crecía por todas partes en la misma proporción que durante el día devoraba el ave de amplias alas."  

Sí, ese es el asunto, que todos esos recursos que pensamos nos facilitan tanto la vida, a la postre, la mayoría de ellos, nos tienen encadenados y con el hígado roído por la desesperación que nos produce comprobar lo caro que suele salir todo lo barato. Porque, mis queridos, no hay manera de engañar a los dioses. Y soportan muy mal que intentemos trasmutar el orden natural... como si eso fuera posible. 

El caso es que me puse a pensar en estas cosas porque, por varias fuentes me han llegado noticias de que en los EEUU de América está creciendo con fuerza una corriente de opinión que cuestiona la efectividad de las vacunas en general, y de algunas en particular. De ser considerada esa corriente, cuando venía mansa, cosa de frikis, se ha pasado a la guerra sin cuartel contra sus publicistas a los que se aplican los peores insultos que se pueden concebir. Lo que pasa es que los insultadores cada vez lo tienen más difícil porque la corriente ha dado en ser capitaneada por un candidato a la presidencia que, además, se da la circunstancia de que es hijo de Robert Kennedy, de los Kennedy de toda la vida. Por lo demás, la corriente viene avalada por estudios científicos que solo con mala fe se pueden descalificar a la primera de cambio. Y más, habiéndose descubierto que la FDA -la agencia para el control de los alimentos y medicamentos- encargó un estudio cuyos resultados, ocultados cuidadosamente durante años, han salido por fin a la luz a causa de la traición de un empleado de la agencia. Y cosa curiosa: los niños con todas las vacunas reglamentarias puestas tienen a lo largo de su vida diez veces más enfermedades infecciosas que los que no recibieron vacunas de ninguna clase. Pero es que, además, los vacunados tienen una serie de enfermedades raras para las que no se encuentra explicación. Los casos de autismo, por ejemplo, son muy raros en los no vacunados.  

En fin, que mira tú por donde nos habíamos figurado que gracias al invento de las vacunas ya teníamos en el bote todo esto de las enfermedades trasmisibles, ¡y va a ser que no!, que a los dioses no les gusta que destruyamos los mecanismos que tenían dispuestos para mantener el equilibrio de la naturaleza. A la postre, Prometeo, el rico en recursos, tiene un hermano, Epimeteo, que es tonto del culo hasta decir basta, y que, para nuestra desgracia es el que administra esos recursos que Prometeo roba a los Olímpicos cuando le invitan a cenar.

Efectivamente, como les iba diciendo, el estudio de la simbología que crearon los antiguos nos puede dar muchas claves que nos ayuden a romper las cadenas y a ahuyentar al águila que nos roe las entrañas. 

martes, 7 de noviembre de 2023

Designios divinos

No hay nada que defina mejor a la chusma que su convencimiento de estar siempre del lado de lo justo y equitativo. Ella no necesita leer la Biblia ni demás libros de historia para saber que los judíos son los malos y los palestinos los buenos. A la chusma le basta con ver la televisión para saber de todo. Y así es como corre y ha corrido el mundo, y correrá por siempre jamás, porque donde no hay entendimiento el hábito, o la imagen interesada, califican, porque olvidan que los entresijos de la condición humana son tan inescrutables como los designios de Dios. Sí, eso es, los designios de Dios, que Él sabrá por qué tiene que ser que pasen los milenios y judíos y filisteos, que viven puerta con puerta y son primos hermanos, sigan sin ser capaces de entenderse.  

Tenía yo unos primos que en apariencia no les faltaba de nada: buenas carreras, buen estatus económico, salud, ect., pero, era evidente que con eso no les bastaba para atemperar su ego, cualquier cosa que eso sea más allá de un invento de los charlatanes. Y así fue que varias veces tuviera que acudir la guardia civil al llamado de los vecinos, porque, abandonados a sus instintos, mis primos estaban poniendo por obra su intención de matarse el uno al otro. Yo hacía tiempo que no les trataba, pero como sus querellas eran la comidilla del entorno, estaba al cabo de la calle de su irracionalidad. Y alguna vez me topé con ellos y, como si se tratase de un resorte, ambos saltaron con sus razones de ofendidos por parte de la parte contratante... porque la cosa iba de tragicomedia. Al final se murieron los dos manteniendo el statu quo y aquí paz y después gloria. 

Lo de no entenderse es, indiscutiblemente, una cuestión de mentiras. Por una parte, los judíos se definen a sí mismos como el pueblo elegido. Como los catalanes o los vascos, para que nos entendamos. Y, sí, se ve que semejante patraña funciona a la perfección como cemento cohesionador. Aunque, claro, como nada es perfecto, ese cemento deja unas excrecencias en forma de soberbia que, como no podría ser de otra manera, provoca el odio de los que no participan de la fiesta. 

Por su parte los filisteos, se han inventado la milonga no menos cohesionadora de que los judíos les expulsaron del territorio de sus antepasados en el que la mayoría vivía en palacios rodeados de naranjos. Claro, un agravio de tal calado no se olvida nunca y, a la menor oportunidad, se intenta la revancha con los resultados de todos conocidos que, a la postre, no son más que más leña al fuego.   

Para mí que lo que pasa es que lo de educar a los niños en la creencia de que pertenecen a un pueblo elegido es el camino más seguro hacia la conducta neurótica. Porque el estar condenado a dar siempre la talla de tal condición inequívoca no puede sino producir todo tipo de emociones negativas, empezando por la ansiedad incontrolable, siguiendo por los sentimientos de culpa y, terminando, con esa verborrea incontenible que quiere ser autoanalítica, pero no es más que autojustificatoria de las propias pasiones inconfesables. Bueno, si han visto películas de Woody Allen, ya saben de qué estoy hablando. 

Y a los filisteos, ¡échales de comer a parte! Son más vagos que los chicharos y más viciosos que los monos del zoológico: no parecen tener otra filosofía que la del ponte bien y estate quieta, que no por otra causa es que sus poblaciones explosionen... ya saben, e elevado a nt... pero esta es otra historia. El caso es que un día llegó Mahoma y mandó parar porque es que según cuentan los libros de historias estaban estos payos en sus jaimas venga a tirarse a sus hijas a la que cumplían estas los siete años. Y es que es lo que tiene el hacinamiento mezclado con el ocio, que uno no se puede parar en mientes. 

En resumidas cuentas, que la chusma lo tiene fácil lo de escoger, porque donde esté lo de las jaimas que se quite lo de las neurosis que producen las aspiraciones a la superioridad étnica y mandangas por el estilo. Pero, en fin, estamos en lo de siempre, que así es porque así lo quiere Dios. 

lunes, 6 de noviembre de 2023

2, 7182818284...

El otro día pase un buen rato revisitando los intríngulis del número e. Hacía tiempo que no me entretenía con este tipo de vídeos, pero he descubierto a un muchacho mexicano que lo explica todo divinamente con esa prosodia cantiflesca que es una verdadera delicia. Desde luego que los hispanos no sabemos muchas veces valorar lo que tenemos y más nos valiera empezar a darnos cuenta de lo afortunados que somos. Pero, en fin, ésta es una historia para otro día. 

El caso es que, algunas veces, cuando retomas algo que tenías arrumbado en alguna olvidada repisa del cerebro es como si hubieses descubierto un tesoro deslumbrante. Te parece que lo entiendes como nunca lo habías entendido y das gracias a los dioses por haberte concedido tamaño don. Porque no hace falta darle muchas vueltas al asunto para entender que la comprensión de lo sofisticado es de entre todos los placeres posibles el de mayor calado por aquello de que te eleva a alturas olímpicas, es un decir. 

Retoricas aparte, lo del número e es una cosa de entre las más sorprendentes a las que ha tenido acceso la mente humana. Me imagino que el porcentaje de gente que tiene idea de su existencia será mínimo, lo cual no quita para que sus vidas estén condicionadas por lo que supuso su descubrimiento para la evolución de esto que llamamos civilización. Porque ese es el asunto, que el alumbramiento de ese número irracional, 2,7182818284..., supuso para la humanidad un hito, por lo menos, si no más, a efectos prácticos, cual pudiera haber sido la llegada de Colón al nuevo continente. Y ahí está el detalle y, de paso, la tragedia de este mundo, que una verdad tan trascendente solo es accesible a ese mínimo porcentaje de favorecidos por los dioses para la comprensión de lo sofisticado. 

Se imaginan lo que pudiera ser esto si tal verdad se expandiera por el mundo y miles de millones pudiesen gozar de su comprensión. La comprensión, en definitiva, de la importancia de la tensión espiritual como fuente de placer. Porque, esa es la gran tragedia de la vida, que todas las demás fuentes nunca sobrepasan su condición de sucedáneos. 

domingo, 5 de noviembre de 2023

Narayama

Como les iba contando, Casanova no ceja en su empeño. Anda aproximándose a la cuarentena y, como les suele pasar a esas edades a muchos hombres, necesita demostrarse a sí mismo que el tiempo no pasa para él. La mejor forma de conseguirlo es, sabido es de sobra, seguir siendo atractivo para el sexo opuesto. Bueno, en estos tiempos que corren, mucho más cutres que los de Casanova, el truco consiste en comprarse una moto de alta cilindrada que, según dicen, produce una sensación de fuerza genésica que como que vas a dejar a las mujeres turulatas. Pero a lo que iba, que, a la sazón andaba intentando ligarse a una adolescente aristócrata que vivía con su familia tronada en un castillo a las afueras de Milán. Como la niña era aficionada a leer y escribir, opta por comprarle una selección de libros que al él le parecen el no va más. Con tan fausto motivo nos hace unas digresiones literarias que demuestran a las claras que no por ser un mujeriego empedernido deja de tener una formación y una sensibilidad fuera de lo común. Les traigo esto a colación porque, de pronto voy y me topo con una reflexión que me pega de lleno y que, en parte, pienso, explica esta propensión al aislamiento que ha ido ganando fuerza a medida que los años se me iban acumulando peligrosamente. Transcribo: 

"Si tengo algún lector, le pido perdón por estas digresiones. Deben recordar que estas memorias fueron escritas cuando ya era muy viejo, y los viejos siempre son reiterativos. La vejez vendrá también para ellos y, entonces, entenderán que si los viejos se repiten mucho es porque viven en un mundo de recuerdos, sin presente y sin futuro."

En mi juventud a estos síntomas demoledores les etiquetábamos como síndrome del Abuelo Cebolleta. Ahora no sé cómo le dirán, pero, por menos de nada, cualquier joven te suelta que no te quedan ni dos telediarios. ¡Ni te digo los años que hará que no veo uno! Pero, en fin, el caso es que a la vejez no hace falta liquidez, como sostienen mi hermana y sus amigas, sino la lucidez suficiente para hacer lo de aquel personaje del novelista Narayama que evitaba todo tipo de reunión familiar o de cualquier tipo y disfrutaba viendo la puesta de sol desde su cuarto mientras cenaba un plato de arroz y escuchaba a lo lejos los gritos de los niños que jugaban. 

La naturaleza que, según dicen, es sabia, sabrá por qué tiene dispuesto que los viejos tengamos tendencia a conservar solo la memoria lejana. Se nos olvida lo que hicimos ayer y recordamos perfectamente las travesuras de nuestra infancia. Por así decirlo es prácticamente imposible fabricar nuevos recuerdos. A eso se le llama no tener presente. Y como futuro, tampoco, solo nos queda la opción de vivir en el pasado: recordando. Y los recuerdos, no lo pierdan nunca de vista, siempre se toman a beneficio de inventario... es decir, que suelen ser más falsos que los duros a cuatro pesetas. O sea que, eso, que la opción más inteligente y noble en tales situaciones es la del personaje de Narayama: pura sensualidad... la puesta de sol, el plato de arroz, los gritos de los niños a lo lejos.  

sábado, 4 de noviembre de 2023

Aliteración

" I must say I have been slightly rocked by some of the data on Covid fatalities. The median age is 81-82 for men, 85 for women. This above live expentancy. So get Covid and live longer... and I no longer buy all this NHS overwhelmed stuff"

 (Debo decir que he sido ligeramente conmocionado por los datos de las muertes por Covid. La edad media para hombres es de 81-82, y de 85 para mujeres. Esto está por encima de las expectativas de vida. Por tanto, agarra el Covid y larga vida... y nunca más compraré al Servicio Nacional de Salud toda esa exagerada mierda.)

Pues bien, este es el mensaje que envió Boris Johnson el 15 de diciembre de 2020 a su principal consejero Lee Cain. 

De entre los refranes que me cansé de escuchar en mi niñez hay uno que viene como de molde para todo esto que ha pasado estos tres últimos años: Dios escribe recto con renglones torcidos. Porque, cada vez más, es evidente de toda evidencia que lo sucedido no ha sido más que una treta que ha utilizado Dios para poner al descubierto toda la corrupción e imbecilidad del sistema por el que nos regimos. No en vano los expertos que se inventaban las variables del virus de marras le ponían nombres como ómicron, que es un anagrama de moronic, es decir, imbécil. ¡Lo que se debían estar riendo aquellos tipos!

Pero ahora está saliendo todo a la luz y es muy improbable que un montón de gente no vaya a la cárcel. Y es que las aguas del río no paran de subir de nivel. El número de reclamaciones en los juzgados por daños colaterales ya no van por miles sino por cientos de miles y puede que por millones. No hay periódico ni televisión que diga nada al respecto, pero no se engañen, por cada persona que ve la CNN hay diez que prefieren a Joe Rogan para informarse de lo que pasa. Y Joe lo cuenta todo, que no por otra causa se ha convertido en uno de los enemigos públicos número uno. La corrupción combinada de médicos, laboratorios y políticos se ha hecho tan manifiesta que el escepticismo ha destronado a la borreguil credulidad que venía señoreando el mundo desde que, a finales del siglo XIX, alguien le dijo a Otto von Bismarck: pero, entonces, Excelencia, con lo que usted propone va a hacer a todo el mundo dependiente del Estado. Y él contestó: eso es, precisamente, lo que pretendo. Bien, pues ahora estamos saboreando las consecuencias de tan altruistas sentimientos.

Los altruistas sentimientos ya sabemos en que acaban. De ahí, el nombre de este blog, La Berza y el Tocino, que hace referencia a esa paradoja de la condición humana. Ya los romanos se habían dado cuenta de que los que miraban hacia la berza eran los que se comían el tocino. Claro, esto, hoy día, se entiende mal porque se ha dado en desprestigiar al tocino, pero antaño era un manjar exquisito donde los hubiese, que bien que lo puedo atestiguar yo que de niño no me cansaba de untar con pan el tocino del cocido. Pues sí, hoy día, todas esas legiones de servidores públicos vocacionales, o sea, que miran la berza, son las que, indefectiblemente, se comen el tocino. Ayer, sin ir más lejos, me mandó Isi un vídeo en el que se podía escuchar a Le Précepteur haciendo un recorrido histórico de lo que ha venido a significar para los filósofos la ley del más fuerte. ¿Quién es el más fuerte? ¿Quién, en definitiva, se come el tocino?  Es difícil saber, porque la vida da muchas vueltas y, no por nada, sino porque al que come mucho tocino se le obstruyen las arterias y se tiene que poner a régimen. 

Resumiendo, que ya va siendo hora de que pongamos a todos estos comedores de tocino a régimen, pero a régimen de rejas... ¡preciosa aliteración!, que diría Borges.  


viernes, 3 de noviembre de 2023

Gaza

 A parte de lo de Casanova, que es el cuento de nunca acabar -ahora le toca el turno a una adolescente que controla la mitología griega-, mis devaneos literarios actuales los reparto entre Cervantes y Baroja. Baroja, ya les dije, describiéndose a sí mismo en la figura de Silvestre Paradox, un personaje que vive del aire sin otra pretensión que la de lucubrar sobre lo humano y lo divino por medio de su formación autodidacta. Como ya se ha dado cuenta de que la física necesita formación académica se ha pasado a la filosofía que está al alcance de cualquiera con dos dedos de frente. Como no podía ser de otra manera, ha venido a aterrizar sobre Shopenhauer: ya les contaré. De Cervantes leo El Gallardo Español. Es una de esas historias que tanto le gustan a él, porque tiene conocimiento de causa, de moros y cristianos. Mezclar verdades con fabulosos intentos, como el mismo apunta. Está escrita en versificación libre, tipo romance, de una soltura tan sorprendente que bien nos podría haber servido para nuestras declamaciones alcohólicas en las noches de farra por aquel Valladolid de los primeros sesenta. En cualquier caso, lo estoy leyendo en voz alta y esforzándome por mantener el ritmo. ¡Es una verdadera pasada! Pero, música aparte, lo más sorprendente de esta obra, lo mismo que en El Cerco de Numancia que vengo de terminar, es la profundidad de las consideraciones acerca de la condición humana, que, en definitiva, es lo que hace grande a un escritor. Cada sí y cada no, tienes que parar para reconsiderar lo escuchado porque, de carrera, al primer intento, quedas a uvas cada dos por tres. 

Lo de las historias de moros y cristianos en las orillas del mediterráneo siempre han sido de lo más común porque nunca tuvieron demasiadas dificultades para convivir. Los líos, más que de cultura son de "a ver quién es el que manda aquí". Ayer mismo, en un momento de debilidad, me tope con un vídeo en el que se veía una iglesia católica, con sus Purísimas y tal, en la que los feligreses corrían asustados porque allí al lado había caído un pepinazo. Era gente, con más niños, eso sí, como la que podría haber en la iglesia de los Pasionistas de aquí al lado. Sin embargo, era en la torturada Franja de Gaza donde, al parecer, el treinta por ciento de la población es cristiana, un dato curioso que se suele desconocer cuando se habla por hablar para decir tonterías. Porque si hay un treinta por ciento de cristianos quiere decir que en esa Franja tiene que haber muchas historias de moros y cristianos del estilo de las que cuenta Cervantes.  

 En fin, hablando de moros, hoy tengo por delante un día de "papiles". A esto es a lo que hemos venido a dar con tanta civilización y progreso, a un mundo en el que se necesitan "papiles" hasta para respirar. ¡Y qué le vamos a hacer! A pasar por el aro y a callar. 

jueves, 2 de noviembre de 2023

Boris

Ahora resulta que Boris lo hizo, pero él, en realidad, no quería hacerlo. Se lo impusieron sus subalternos. Dice Boris que a los viejos se les debía haber dado a escoger lo del confinamiento. Y, también, que se le parte el corazón de pensar que haya que confinar a sus nietos para que no le perjudiquen a él. En resumidas cuentas, que ahora, cuando las orejas del lobo se ven en lontananza, vamos y nos enteramos de que Boris tiene un corazón de oro y que lo que en realidad pasó fue que sus subalternos se le subieron a las barbas, por más que él parezca bastante imberbe. 

Estamos en lo de siempre: utilizando la propaganda para convencer a la gente de que es lo que no es. Porque, no nos engañemos al respecto, la propaganda es muy raro que no funcione. Por eso vivimos en un mundo de ficción, creyendo siempre que es lo que no es. Luego, ya, a toro pasado, cuando se descubre el pastel, la verdad es como dar cebada al burro por el rabo. Y, sin embargo, nos pasamos la vida intentando descifrar la realidad para mejor acomodarnos al futuro. Pero siempre llegamos tarde porque la única realidad aprehensible es la que se desprende de la omnipresente propaganda. Siempre fue así y siempre será porque, pase lo que pase, siempre estará ahí alguien, subido en un púlpito, cantando una milonga que le viene como de molde al stutu quo, es decir, hablando en plata, que siga mandando el que está mandando. 

Y el caso es que yo no sé porque me he tenido que enterar de que, en realidad, Boris es un buen tipo, que hizo lo que hizo porque le tenían cogido por lo huevos. ¡Y a mí que coño me importará esa milonga! Me he levantado de la cama animoso, he desayunado como un príncipe y me he venido al salón a continuar con mis rutinas cotidianas, valga el pleonasmo. Y, ya ven, como si fuese un virus de esos que traspasan las mascarillas, se me ha colado lo de Boris, que malditas las ganas que yo tenía de saber nada de él. Es evidente que, si así ha sido, es porque algo estoy haciendo mal y los dioses me castigan. Se ve que no les ofrezco suficientes sacrificios. Porque, no se equivoquen al respecto, sin esos sacrificios todo se les pondrá en contra, que no hay que haber leído a los cásicos para saber que así es: basta con la propia experiencia. 

En fin, voy a ver si me pongo a hacer algo de provecho y así me olvido de lo de Boris. ¡Por Dios Bendito, qué tortura es esto de vacar! Se te cuelan todos los virus.

miércoles, 1 de noviembre de 2023

Jalogüin

Ayer, ya anochecido, llamaron a la puerta. Eran cuatro niños perfectamente disfrazados para la ocasión que venían a lo de "truco o trato". Sus padres estaban detrás mirando sonrientes. Afortunadamente había sido previsor y tenía unas mantecadas en la despensa. Di una a cada niño y se fueron contentos a proseguir su ronda. Éste es un asunto que forma parte de la ritualización de la vida, algo que la humanidad viene haciendo desde la noche de los tiempos porque seguramente intuye que es la única forma de que no andemos por ahí matándonos los unos a los otros. Por eso me parecen ridículas esas descalificaciones de los puristas por aquello de que esta celebración forma parte de la colonización cultural del imperio. Hasta un tonto sabe que cuando cuaja un nuevo rito es porque ha venido a llenar el hueco que dejó el que se apagó por ineficaz, por ejemplo, el de la misa. Antiguamente a misa se iba, entre otras cosas, a dejarse ver con las mejores galas. Era un lugar para marcar diferencias y por tanto un gran activador del comercio local. Es impensable que se pueda mantener un rito si no activa el comercio, y no por nada, sino porque el comercio es la forma más efectiva de interrelacionar a las personas al margen de toda sospecha. No hay mediador social que se pueda comparar al comerciante. 

Sea como sea, el caso es que los ritos relacionados con la muerte siempre han tenido mucho tirón. Los romanos ponían una moneda en la boca del muerto para que pudiese pagar con ella a Caronte que era el barquero encargado de pasar a los muertos al otro lado del río Leteo. Supongo que aquellas monedas siempre acababan en el bolsillo de los salteadores de tumbas, que siempre los hubo. Yo tuve un paciente que era el sepulturero de un pueblo de aquí al lado. Un convecino suyo, con el que hice alguna amistad, me contó que el tal sepulturero, una vez enterrado el finado, esperaba a la noche para desenterrarlo, abría el ataúd y colocaba la cabeza del muerto de la forma más adecuada para poder darle un golpe con la pala que hiciese saltar los dientes, porque se daba por entonces la circunstancia  de que mucha gente se ponía dientes de oro cuando se le estropeaban los naturales. Por lo visto aquel sepulturero se gastaba el oro en pagar a los brujos que prometían curarle la tuberculosis para la que los médicos no encontraban remedio. Así de chuscas son las cosas de esta vida. 

Y eso por no hablar de los mejicanos que, tal día como hoy, van a los cementerios en plan romería. Quizás esta fiesta de los muertos sea para ellos la más importante del año. Arreglan las tumbas, les ponen flores... seguramente es una versión barroca, como todo lo suyo, de una costumbre que les llegó de España cuando lo del imperio. Pero el caso es que el Vicecónsul del Reino Unido en Cuernavaca contemplaba desde la terraza del hotel, en la que se reponía de una partida de tenis, la citada romería en el cementerio y, eso, le hacía reflexionar sobre su adicción alcohólica. En realidad, no hacía otra cosa que reflexionar sobre esa adicción que le condicionaba la vida de tal forma que ni siquiera le permitía lleva calcetines a causa de las polineuritis inherentes al alcoholismo. Así todo, el Vicecónsul consiguió dejarnos una novela sobre el día de los muertos en México desde la perspectiva de un adicto desesperado que, ¡Dios mío!, por solo comprobar lo que pueden dar de sí veinticuatro horas cuando la cabeza es un hervidero, merece, y mucho, la pena pararse a leerla. 

Eso sí, a los niños del truco y trato no creo que se les pasase ni un instante por la cabeza la idea de muerte. Ellos se limitaban a disfrutar de ser el centro de la atención por un rato. Y bien está que a los niños se les preste atención, pero pienso que quizá fuese mejor hacerlo sin que ellos lo noten. Porque, ¡joder!, qué racha llevamos, si no son los padres, son los monitores, el caso es que los pobres chavales no puedan andar a su bola un minuto, no vaya a ser que les pase algo... como si uno pudiese llegar a algo si antes no le pasan montones de cosas desagradables. Por lo demás, el día ha amanecido lluvioso, como para dar color a la festividad que nos traemos entre manos.