miércoles, 15 de octubre de 2025

Cofradía de los lletraferit

No sé si leer libros habrá sido la ocupación más importante de mi vida, pero de lo que sí estoy seguro es de que ha sido la que más horas me ha llevado y la que más ratos de dicha me ha proporcionado. Por lo demás, no estoy muy seguro de que, a efectos prácticos, sirva para mucho. He conocido gente en la que me pareció descubrir una sabiduría fuera de lo común y que, sin embargo, en su vida habían leído un libro. Pero me da igual que sea como sea, lo que me importa es que desde que, hacia los diez años, empecé a leer libros, no he podido parar porque muy pronto se convirtieron en un escudo sin el cual me hubiera sido imposible resistir los embates de la vida. En los peores momentos, me puse detrás de los libros y conseguí sobrevivir. Por eso es que me considero miembro de pleno derecho de la cofradía de los lletraferit (letraherido). Y ya saben lo que pasa cuando vas por ahí y te topas con un cofrade; de inmediato entras en sintonía con él, lo cual, como supongo sabrán por experiencia, está entre las cosas más placenteras con las que nos ha querido obsequiar la naturaleza. Y eso es lo que me ha pasado con Thoreau, que me he encontrado con un cofrade... de entre los más esclarecidos que he conocido. Y entonces va y me dice las mismas cosas de las que tantas veces he comentado con otros cofrades; pero las dice con tanta elegancia...  


"En los intervalos de mi trabajo leí uno o dos superficiales libros de viajes, hasta que esa ocupación hizo que me avergonzara de mí mismo y me pregunté dónde vivía yo.

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A veces los hombres creen que el estudio de los clásicos tiene que ceder el paso, por fin, a estudios más prácticos y modernos, pero el estudiante aventurero siempre leerá a los clásicos, cualquiera que sea la lengua en que estén escritos y por antiguos que sean. Pues, ¿qué son los clásicos sino el registro de los más nobles pensamientos del hombre? Son los únicos oráculos que no han decaído y brindan tales respuestas a la investigación más moderna como nunca dieron Delfos y Dodoma. De igual modo podríamos omitir el estudio de la naturaleza por ser vieja. Leer bien, es decir, leer verdaderos libros con un espíritu verdadero, es un noble ejercicio, y ocupará al lector más que cualquier ejercicio estimado por las costumbres del día. Requiere un entrenamiento como el de los atletas, la firme intención de casi toda una vida con este objetivo. Los libros deben ser leídos tan deliberada y reservadamente como fueron escritos."

Ese es el asunto, que los clásicos son los únicos oráculos que no han decaído. Por eso es que, a partir de ellos, todo lo que se ha escrito no es más que repetición de la jugada. Es muy difícil, por no decir imposible, que alguien pueda descubrir algo nuevo respecto de la condición humana. A lo más que se ha podido aspirar desde entonces ha sido a decir lo mismo de una manera adaptada a los gustos de la época... algunas veces con gracia y la mayoría de las veces con maldita la gracia.
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A la postre, lo que cuenta es no tener que avergonzarse por haber malgastado tu tiempo en leer superficiales libros de viajes... libros para chachas que dice el periodista Sostres. 
 

martes, 14 de octubre de 2025

La mañana

"La mañana, el momento más memorable del día, es la hora del despertar. Es entonces cuando estamos menos soñolientos y, al menos durante una hora, despierta una parte de nosotros que dormita el resto del día y la noche. Poco ha de esperarse del día, si podemos llamarlo así, en que no nos despierta nuestro genio, sino los codazos mecánicos de un sirviente, ni nos despiertan la fuerza recién adquirida y las aspiraciones internas, acompañadas por las ondulaciones de la música celestial, en lugar de la sirena de la fábrica...

Diría que los acontecimientos memorables transpiran en el tiempo matutino y en una atmósfera matutina. Los Vedas dicen: «Toda inteligencia despierta por la mañana». La poesía y el arte, y las más hermosas y memorables acciones de los hombres, datan de esa hora. Los héroes y poetas, como Memnón, son hijos de la aurora, y emiten su música al salir el sol. El día es una mañana perpetua para aquel cuyo elástico y vigoroso pensamiento corre parejo con el sol. No importa lo que digan los relojes o las actitudes y trabajos de los hombres. La mañana llega cuando estoy despierto y hay un amanecer en mí. La reforma moral es el esfuerzo para quitarnos el sueño de encima. ¿Por qué los hombres dan tan pobre cuenta del día si no estaban durmiendo? No son calculadores tan pobres. Si la somnolencia no los hubiera vencido, habrían hecho algo. Hay millones lo bastante despiertos para el trabajo físico, pero sólo uno en un millón está lo bastante despierto para el ejercicio intelectual efectivo, sólo uno en cien millones, para una vida poética o divina. Estar despierto es estar vivo. Nunca he conocido a un hombre que estuviera completamente despierto. ¿Cómo podría haberle mirado a la cara?"

Lo de ponerse a hacer metafísica es señal inequívoca de que el tiempo que pasa te está aplastando. Entonces, para escapar a esa tortura, te pones a dar vueltas a cualquier cosa. En este caso, Thoreau, se pone a filosofar sobre las indudables ventajas del madrugar, que es lo que él hace. Se levanta antes de que salga el sol y se baña en la laguna, lo cual, dadas las temperaturas del agua en aquellas latitudes, tiene que ser como un despertar al cuadrado. En fin, sea como sea, lo que importa es que nos deja unas reflexiones sobre el despertar que tienen cierta gracia. Porque, no nos equivoquemos al respecto, lo que muchas veces llamamos estar despierto no es más que una somnolencia que solo nos sirve para satisfacer las necesidades más vitales y, luego, acaso, ir a una terraza a ver un partido de fútbol o, en su defecto, asistir a un baile de vampiros.  En realidad, casi todo lo hacemos en la vida en estado de somnolencia y, muy de tarde, tomamos conciencia del significado de lo que estamos haciendo: son pequeños momentos de lucidez que en ocasiones utilizamos para dar un giro a nuestras vidas.   

El caso es que en estos últimos tiempos -after pandemic, concretamente- se habla mucho del despertar. Y es que la actitud de la inmensa mayoría ante la sarta de disparates que los gobernantes impusieron a los gobernados por aquellos nefastos días no dejó lugar a mucha duda acerca de la escasa actividad cerebral del populacho. Solo la gente somnolienta se puede comportar así, haciendo caso omiso de las facultades que la naturaleza nos otorgó. Y así sigue la mayoría. ¿Cuántos de ustedes, por cierto, se han enterado, de los resultados de los trabajos que se han hecho comparando la salud de los vacunados con la de los no vacunados? Resultados que invitan a coger una metralleta. ¡Apetece fusilallos!, como decían aquellas pintadas que había por las paredes de Portugal cuando la Revolución de los Claveles. 

Sí, lo de estar despierto no es sencillo. Exige voluntad. No se puede aprender jugando, como dicen los pedagogos marxistas. Voluntad, esa es la palabra que mejor define el estar despierto. Porque hace falta mucha voluntad para bañarse en un lago de aguas heladas nada más levantarse, como hacía Thoreau o su discípulo más sobresaliente, Chris Stevens, el locutor de la radio local K-OSO de Cicely, Alaska. Uno y otro, únicos entre cien millones por la calidad de su vigilia... poética y rozando siempre lo divino. 

No sé, porque cada cual es cada cual; yo solo sé que, tan pronto me despierto, no puedo resistir ni un segundo más en la cama. Me levanto como un tiro y de inmediato entro en acción. Bien es verdad que las pilas ya me duran muy poco. Allá, hacia el mediodía, a efectos mentales, ya no puedo con mi alma. Entonces, me instalo en la somnolencia a la espera de enchufarme de nuevo al cargador a la caída del sol. Todo lo cual no quita para que esas primeras horas mañaneras sean una fiesta en la que hago intentos de rozarme con la divinidad... que es la vigilia por excelencia.

lunes, 13 de octubre de 2025

Pecios a la deriva

Navegando esta mañana por YouTube a la búsqueda de pecios -restos de naufragios a la deriva- me topo con uno que me inspira de inmediato curiosidad: es un fragmento de una entrevista a Fernando Savater -pecio a la deriva donde los haya-. Este hombre que, a estas alturas, tiene que andar justificándose por haber cambiado de ideas; siempre, incomprensiblemente para mí desde hace muchos años, blasonó de ser de izquierdas... precisamente por eso lo fui apartando de entre mis instructores habituales. ¿Cómo puede un intelectual ser de cualquier cosa? Como dice en el pecio encontrado: cambio de forma de pensar porque pienso; solo el que no piensa se mantiene en sus trece. ¡Correcto! Pero, entonces, ¿cómo nos va a justificar ahora toda una vida blasonando de ser de izquierdas? Desde luego que, una vez más, por la boca muere el pez. Ya me pareció a mí hace tiempo que, a este hombre, de tanto ir por los caseríos a comer chuletones se le había reblandecido algo la sesera. Aunque, sí, por otra parte, se pudiera decir que más vale tarde que nunca, resulta que, el que tuvo, retuvo, y, ahora, con la misma actitud convincente, defiende la figura de Ayuso, la presidenta de la comunidad madrileña. Y añade: es que la izquierda no hace nada bien. 

Bueno, sí, Ayuso, aunque de muy lejos, es lo que más se acerca en este país -el resto está a años luz- al "vive y deja vivir", que es la única política a la que realmente se le puede dar el nombre de política... a la que impera, yo la llamaría tocar los cojones hasta hacérnoslos tener siempre en forma de sarpullido. Pero, en fin, me inspira ternura este Savater pasado de chuletones en caseríos. Fue para mí un gran maestro cuando aquellos maravillosos años. "Criaturas del Aire", "La Infancia Recuperada", me ayudaron mucho a ir adentrándome por este camino de la literatura que, a la postre, ha sido el jardín en el que más tiempo me he demorado a todo lo largo de la vida. Todavía me emociono recordando el impacto que me causaron las reflexiones que en esos libros encontré sobre la figura de Guillermo Brown, mi indiscutible introductor en el mundo literario. No creo que haya habido personaje de ficción que, ni de lejos, haya influido tanto en la formación de mi carácter... pero esta es otra historia que daría para llenar muchos folios. 

El caso es que los humanos tenemos una propensión irreprimible a adorar ídolos. No por nada, sino porque son el camino fácil para aliviar la angustia que el vivir ocioso nos produce. Y nadie se salva de caer en esa trampa; ni el mismísimo Salomón que, según dicen, fue el más sabio de todos. Y eso fue en lo que se convirtió Savater para mí, en un ídolo que me suministraba los alimentos ya digeridos. No me enseñaba a pensar; me decía lo que tenía que pensar, y yo feliz, porque era un pensar que me venía de molde para estar integrado en las corrientes de la moda que frecuentaba. !Es tan agradable estar de acuerdo en todo con los compañeros de francachela! ¡Ay, juventud, maldito tesoro! 

domingo, 12 de octubre de 2025

A imagen y semejanza


Quién podría discutir que en el mundo hay podredumbre para dar y tomar; es la consecuencia inevitable de nuestras bajas pasiones con la cobardía a la cabeza. El miedo a enfrentarse con la realidad es lo que te hace adoptar posturas despreciables. ¿Quién es el que no ha estado implicado en ello alguna vez, o incluso toda la vida? Sí, todo eso es de lo más lamentable y no nos queda más remedio que vivir con ello sobre la conciencia. Pero nos convertiría en seres miserables no saber reconocer que toda esa podredumbre resulta radicalmente eclipsada por los destellos de belleza producidos por la insistencia de los valientes en relacionarse con lo divino. No nos podemos engañar al respecto: este mundo es vivible gracias a los valientes. 

Pensaba en estas cosas ayer mientras contemplaba un video de Juan, el de Matemáticas con Juan, en el que hace una representación gráfica de la Identidad de Euler. Es increíble la belleza de esa fórmula y la infinidad de perspectivas desde las que se la puede afrontar. Resulta muy difícil concebir que algo así haya podido ver la luz sin intervención divina por medio. Euler, a buen seguro, fue un luchador infatigable que consiguió poner a los dioses de su lado. Para mí, no tiene otra explicación. 

Pero no hay que ir tan lejos para extasiarse ante la belleza; me son suficientes unos boleros como los que ayer me mandó Manolo. Me resulta impensable un mundo sin boleros; y me digo que pocas creaciones humanas habrán contribuido tanto como ellos a perpetuar la especie. ¡Si tú me dices ven, lo dejo todo! ¿Es que puede haber endecasílabo que mejor exprese la pulsión generativa? Eso es lo que son los boleros, pulsión generativa. Eros en acción.

En fin, matemáticas, música, la demostración palpable de que estamos hechos a imagen y semejanza de los dioses. A partir de ahí, solo hay que ser valientes para comer a su mesa y, de paso, arrebatarles algo de fuego. 

sábado, 11 de octubre de 2025

Epimeteo cabalga

"There is no scientific truth, only replicable science. Then it becomes theory, but not law. And not truth. There are fundamental laws of physics that have been overturned. Law is not truth, law is law, and in science, law can be overturned."

(No hay verdades científicas, solo ciencia reproducible. Entonces se convierte en teoría, pero no en ley. Y tampoco verdad. Ha habido leyes fundamentales de la física que han sido anuladas. Ley no es verdad. Ley es ley y, en ciencia, la ley puede ser revertida.)

Ya ven, algo tan sencillo de entender parece ser que no está al alcance de muchas de las mentes que se sientan en los escaños de los parlamentos de toda calaña, porque, otra cosa no, pero parlamentos los hay ahora hasta en la sopa. Les digo esto porque ayer me mandaron un vídeo en el que se veía a un científico chocando frontalmente con unos parlamentarios por la cuestión esa tan chusca del cambio climático. A los parlamentarios, como cuando lo de la falsemia, no se les apeaba de la boca la palabra ciencia con todos sus derivados semánticos. Es lo que tiene el no querer creer en Dios, que de inmediato te pones a adorar a los dioses más absurdos. ¡Dios mío, las barbaridades que no se habrán cometido en nombre de la ciencia! Más o menos las mismas que se han cometido en nombre de cualquier Dios que no sea el verdadero... es decir, esa abstracción que nos hemos fabricado para aliviar la angustia que nos produce el no encontrar respuesta a las grandes cuestiones. Desde que le hemos descubierto nos basta con pensar que las cosas son como son porque así las tiene Él dispuestas. Lo único que tenemos que hacer, entonces, es confiar, guardar su ley no escrita, y dejarnos llevar de su mano sabiendo que, mientras le seamos fieles, no nos abandonará. Ya sé que es una ilusión, pero funciona como nunca funcionó nada en la Tierra. 

La ciencia, habría que decir a esos parlamentarios, es ese fuego que robamos a los dioses y que, después, se nos va de las manos y causa grandes catástrofes. Esto es algo que se sabe, más o menos, desde que Apolo dejó conducir a su hijo Faetón el carro del sol. Ahí nos queda, como recuerdo de aquella veleidad, el desierto del Sahara. Luego, Hesíodo, versificó el asunto con lo que todo quedó niquelado. Así que, el que no lo entienda -como esos parlamentarios que les decía-, es, sencillamente, porque está afectado por carencias estructurales básicas. Que no otra es la gran tragedia del mundo, las carencias estructurales del hermano tonto de Prometeo, Epimeteo, que para desgracia de la humanidad fue el encargado de hacer el reparto de dones entre las especies. 

Pues sí, ahí están todos esos Faetones y Epimeteos, partiendo el bacalao desde sus escaños parlamentarios. Y así nos va. Pero ¿cómo pudimos consentirlo? Pues por lo mismo que Apolo consintió a Faetón o Prometeo a Epimeteo, por decadencia. El esquema se reproduce ad infinitum. Así que no podemos esperar otra cosa que unos cuantos desiertos como el del Sahara repartidos por el mundo. Ya ven, ahí están todos esos Faetones y Epimeteos que se acaban de cargar unos cuantos millones de personas con las vacunas y como si nada porque fue en nombre del dios ciencia. Y están echando unas mierdas en el cielo para cambiar el clima que, a saber qué regalito nos reserva de rebote. Por no hablar del uso que están haciendo de lo digital, que, por cierto, ayer hizo un comunicado al respecto Pável Dúrov, el fundador de Telegram, en el que nos avisa de que ya se nos pueden ir poniendo los pelos de punta porque la cosa no va a ser para menos. 

Así son las cosas de este mundo, por cada Prometeo que sabe que no sabe hay millones de Epimeteos que viven convencidos de que saben lo que no saben. Cojan, por ejemplo, ese libro sobre la ciencia médica de Vernon Coleman. Por cada vida que salva un buen médico mueren mil personas a manos de los malos médicos. La historia da cumplida cuenta de esa realidad que no quiere cesar, seguramente, porque Él Todo Poderoso así lo tiene dispuesto.  

viernes, 10 de octubre de 2025

Ya va siendo hora

 
Hay una chica muy mona por ahí, que, por lo visto, pasó de cajera de supermercado a ministro del gobierno de España en menos de lo que canta un gallo. La he visto en un video, de esos cortos que tanto abundan en las redes, echando sapos y culebras por su boquita divina. Me ha recordado mucho a aquella desalmada que llamaban la Pasionaria, que tanto contribuyó a que pasase lo que pasó, ya va casi para noventa años. El odio, la envidia o, como también se dice, la mala hostia. Esa forma de expresarse es sin duda el resultado de un malestar interior insufrible que no deja resquicio al uso de la razón; todo lo que se dice, entonces, sale de las entrañas que, como todo el mundo sabe, están llenas de mierda. 

Es muy curioso todo esto, porque desdice algunos de los presupuestos con los que nos veníamos desenvolviendo a la hora de considerar la realidad: a una tía buena, por definición, le sonríe la vida por la sencilla razón de que, por lo menos la mitad de la humanidad a su alrededor, babea imaginando lo que haría con una cosa así entre las manos. Pero ya ven, a esta señorita parece que con eso no le basta. Ella no se sacia con nada y, como consecuencia, se la llevan los demonios y, de ahí, esa verborrea con la que trata de destruir todo lo que es sagrado... empezando por la propiedad privada de los otros, que, la suya, ni se la toquen. 

La magia de todo esto es la sintonía que este tipo de poseídas por el demonio establecen con amplias capas de población. Y no precisamente con las más desfavorecidas; más bien con los hijos de esas clases medias que, según Franco, eran la garantía de un futuro de paz social. Sin duda Franco no sabía tanto como presumía saber. Si hubiese leído un poco, Nietzsche sin ir más lejos, habría sabido que clase media y mediocridad son sinónimos. Lo sé muy bien por haberlo vivido desde que nací. ¡Qué triste es la mediocridad! Es la alergia al riesgo. La burocracia. La carcoma que todo lo destruye, en definitiva.

Está todo muy claro. Lo vimos cuando lo de la inventada pandemia: una sociedad de mediocres mierdosos incapaces de cuestionarse nada. Porque mira que había que ser mierda para no darse cuenta de que todo aquello era un montaje. Igual que lo de ahora con lo de Gaza, ¡por Dios bendito!, si lo único que todavía nos puede dar alguna esperanza en la humanidad es la actitud con la que Israel se está enfrentando a la barbarie. ¿Cómo se puede estar tan ciego para no verlo? Pero, claro, se comprende, porque es muy duro mirarse en ese espejo; mejor emborronarlo todo para no verte. 

Sí, Israel es la esperanza, y, en contra de lo que pudiera parecer tras una mirada superficial, cada vez hay más israeles por el mundo. Por eso están tan nerviosos los mediocres, porque presienten que se les va acabar el chollo. Y es que ya va siendo hora.   

jueves, 9 de octubre de 2025

El hedor

 Estoy, tan ricamente, escuchando tal que STAN GETZ & BILL EVANS_NIGHT AND DAY y, así, de improviso, un dardo ponzoñoso me atraviesa el alma: "lo que pagas en impuestos vuelve a ti". De una temporada para acá da igual al medio que te asomes porque desde todos te arrojan, como una lluvia incesante, ese dardo infame. Primero te lo quitan y luego te lo dan... y por el camino ya saben lo que pasa. Bueno, si Dios lo quiere así, será que es lo que nos merecemos, lo cual no es óbice, ni tampoco cortapisa, para que, todo sea oírlo y arrastrarme de los pelos un enjambre de demonios. ¡No me resigno a que me tengan que devolver lo que antes me habían quitado! ¿Por qué me lo tuvieron que quitar? 

El caso es que yo estoy desde hace ya bastante tiempo en el trance de que me vuelva, pero solo en forma de dinero, lo cual se agradece hasta donde se puede que es más bien poco: no pasa de amargo consuelo. Y es que un día, ya lejano, caí en la cuenta de que el dinero no era lo más importante de lo que me estaban quitando; lo terrible eran los pedazos de alma que me habían arrancado para, así, convertirme en una mierda pinchada en un palo. Al menos, esa fue la sensación que tuve el día que di con el portillo del caer en la cuenta... y menos mal que salté por él. Desde entonces, no he hecho otra cosa que tratar de liberarme del hedor con el que aquel pasado ominoso había infiltrado mi espíritu: el hedor de la cobardía. 

Ese es el asunto, que uno se hace a todo, y al hedor más que a cualquier otra cosa. Sobre todo, al propio hedor. Por eso cuesta tanto darse cuenta de lo cobarde que es uno. No por otro motivo es que se nos vaya la vida tomando la cobardía por inteligencia. Ya saben, lo que sea con tal de tener "calidad de vida". Calidad de vida, uno de los tantos sintagmas engañabobos salidos de la factoría socialdemócrata. Calidad de vida, o sea, funcionario. Muerto viviente, para que nos entendamos; lo que yo era hasta que di con ese escondido portillo que les decía. Sí, desde que salté por él las he pasado canutas, pero mucho más llevadero que cuando me obligaban a obedecer a los que no sabían mandar porque nada sabían que no fuese obedecer. 

Resumiendo, que, como dijo Temístocles a los atenienses cuando lo de Salamina, "estaríamos perdidos si no hubiéramos estado perdidos". El caso es caer en la cuenta de que lo has estado y, ¡zas!, saltas... y se te empieza a ir el hedor. 

miércoles, 8 de octubre de 2025

Saber prescindir

 Mi principal habilidad, dice Thoreau, es la de saber prescindir. ¡Uno se siente tan seducido por tantas ortopedias como ofrece el mercado! En vez de utilizar las piernas, te colocas bajo el culo un vehículo a motor que te lleva mucho más rápido y más lejos. Así te hace tener la sensación de que estás aprovechando mucho más la vida. Pero es solo una sensación que, una vez analizada, deja muchos cabos sueltos a la verdadera satisfacción que siempre estará ligada a la necesidad. ¿De verdad necesitaba yo ir tan rápido y tan lejos? ¿Para hacer qué? Desde luego que, no sé ustedes, pero, lo que es yo, en la actualidad vivo convencido de haber perdido miles y miles de horas a causa de haber comprado un día esa ortopedia que te colocas bajo el culo para ir a sitios en los que no se te ha perdido nada.

Es una cuestión de economía, de cálculo, de saber llevar las cuentas. Y, también, de saber resistirse a la corriente de estulticia generalizada. Saber decir: ¡no, gracias!... tanto a los demás como a uno mismo. Porque, los demás, se pasan la vida tratando de autoafirmarse en sus convicciones por medio del infantil procedimiento que es el hacer proselitismo: ¡no hay nada que se pueda comparar con el viajar!, gritan como posesos en los bailes de vampiros a los que acuden tan pronto abandonan por un rato la somnolencia en la que viven a perpetuidad. ¡Los pobres! ¡A cualquier cosa le llaman viaje! Pero eso no es nada comparado con la dificultad de saber controlarse; a la que te bajan un poco las hormonas que propician el bienestar interior ya eres presa fácil de todas las insinuaciones. Mantenerse firme, entonces, exige atarse al palo mayor de la nave, cual hiciera Ulises. 

El caso es que Thoreau demuestra con números lo barato y asequible que es vivir a tu bola. El mejor trabajo, dice, es el de temporero: con seis semanas al año se tiene de sobra para satisfacer las verdaderas necesidades. Y es que las verdaderas necesidades son muy baratas. "De balde compra, el que compra lo que ha de menester", se decía en aquella España del Siglo de Oro. Y es que de siempre se ha sabido que lo de las necesidades es el gran negocio del diablo. Las crea en donde no las hay y ya tiene a legiones de incautos encadenados y picando piedra en la cantera.

Bueno, todo esto es muy manido y allá cada cual con cómo se lo monta. Yo no quiero, dice Thoreau, que nadie haga como yo. Lo interesante del mundo es que no haya dos personas iguales; que cada cual pueda escoger su propio camino... por más que la mayoría de los caminos no sirvan para otra cosa que para engendrar pestilencia. Aunque esto de la pestilencia es algo muy personal: la mayoría, se podría decir, vive a sus anchas dentro de ella... y no por nada, sino porque el demonio les ha hecho confiar a ojos ciegas en las vacunas. ¡De qué te vas a preocupar si la ciencia tiene remedios para todo!  En fin, lo dicho, allá cada cual con sus elecciones.

martes, 7 de octubre de 2025

La Diligencia

Ayer estuvimos viendo La Diligencia. Por enésima vez y con el mismo entusiasmo que si hubiese sido la primera. Algo debe tener esa película para que así sea. Es épica, es lírica, es cómica... todo sabiamente entrelazado para dar en un final de comer perdices. Es una de esas creaciones tocadas por la gracia divina. Seguro que mientras la producían se estaban divirtiendo de lo lindo sin sospechar en ningún momento hasta qué punto se estaban inmortalizando. Supongo que a todo eso que llaman arte le debe pasar lo mismo; surge de una necesidad interior de poner orden en el caos que es la realidad. En fin, da igual, porque lo que cuenta es que del contacto con el arte suele salir uno con el espíritu ensalzado. 

El arte, ese gran misterio que nos pone en contacto con la divinidad. Por eso el artista es el auténtico mediador en los dioses y los hombres. Al final, si bien lo pensamos, la historia de la humanidad es la historia del arte. Por eso, los cuatro nombres que van quedando son nombres de artistas. Y los hitos más significativos son la aparición de las obras de arte, algo que, por cierto, se da de Pascuas a Ramos. Por eso es que aquello a lo que podemos llamar arte se pueda contar con los dedos de las manos. Luego está la artesanía, que está muy bien, pero nada que ver con lo divino. Artesanía, para que lo entiendan, es lo que hay en los museos, esos lugares a los que van los turistas para matar el rato entre el desayuno y la comida. 

Así es la vida, siempre queriendo tirar el pedo más alto que el culo, y por eso es que, en esta ciudad de provincias en la que vivo, que se propone vivir del turismo, estén en este momento habilitando tres nuevos museos, dos de pintura y uno de prehistoria. ¡Que con su pan se lo coman! Lo que es yo, ni ciego de grifa me van a ver por sus lujuriosas estancias. Para saciar mis anhelos de divinidad me sobra y me basta con lo que tengo en casa, un par de docenas de libros y otro par de docenas de partituras... bueno, y las tres guitarras que tengo, que son artesanía, pero rozan el arte. ¿Se han parado a pensar alguna vez en todo el cálculo matemático que hay dentro de una guitarra? Fue la obra de millones de artesanos que se fueron aupando los unos sobre los hombros de los que les precedieron hasta dar con esta perfección actual, difícilmente superable.

lunes, 6 de octubre de 2025

Picar piedra

Leyendo el Walden de Thoreau, me pasa algo parecido a cuando leí el Cuaderno Gris de Pla. ¿Cómo gente tan joven puede tener una cabeza tan madura? A los veinte Pla, a los treinta Thoreau, ya habían llegado mucho más allá de a donde he podido llegar yo a los ochentaypico, que tampoco creo que haya sido muy lejos. Pero ese es el caso, que hay gente, sin duda favorecida por los dioses y por las circunstancias, que no necesitan atravesar los desiertos de la estulticia por los que la mayoría necesitamos andar perdidos por lo menos cuarenta años y de los que muchos no consiguen encontrar nunca la salida.  

Al final, te das cuenta de que en la vida todo consiste en eso, en dar con alguna salida para escapar del desierto de estulticia al que inevitablemente te arroja el deseo de emancipación que nace con las primeras oleadas de hormonas sexuales en sangre... la pubertad que le dicen. Sí, te suben las hormonas y de inmediato quieres contribuir a la perpetuación de la especie. Y para eso tienes que escapar de la protección paterna e ir por ahí a buscar pareja y construir tu nido. Pero, ¿con qué bagaje escapas? Pues, más o menos, el mismo que los israelitas llevaban cuando Moisés les sacó de la esclavitud del faraón. Era gente acostumbrada a que alguien decidiese por ella. Tenéis que hacer esto, les decían, y ellos lo hacían y, así, en vez de palos, recibían comida. ¡Pero, ay, hijo, de pronto se ven libres y con comida que cae del cielo! Los pobres están tan indefensos que se lanzan furiosos a comprar todas las motos averiadas que les venden los hombres del carromato que pasan por allí. Siempre hay hombres del carromato por todas las partes; los manda el demonio que, excepción hecha de Dios, es el único que posee el don de la ubicuidad. A la que Moisés se descuida un momento, ahí les tienes a todos bailando alrededor de cualquier ídolo. 

En Walden, Thoreau, se pasa todo el rato señalando ídolos y derribándolos. Dice:

"¿Con qué fin se pica tanta piedra? En Arcadia, cuando estuve allí, no vi piedra picada. Las naciones están poseídas por la desquiciada ambición de perpetuar su memoria por la cantidad de piedra picada que dejan atrás. ¿Y si se tomaran la misma molestia por suavizar y pulir sus modales? Una pieza de buen sentido sería más memorable que un monumento tan alto como la luna. Prefiero ver piedras en su lugar... Casi toda la piedra que una nación pica se dedica solo a su tumba. Se entierra viva. En cuanto a las pirámides, no hay nada por lo que asombrarse tanto como del hecho de que pudiera haber tantos hombres degradados para gastar sus vidas en construir la tumba de un bobo ambicioso, que hubiese sido más sabio y viril ahogar en el Nilo, y arrojar luego su cuerpo a los perros. Posiblemente podría inventar una excusa para ellos y para él, pero no tengo tiempo..."

En fin, en mi descargo diré que, ni ciego de grifa me lleva a mí nadie a ver pirámides del tipo que sea. Y no necesité cuarenta años de desierto para caer en la cuenta de que ir a ver pirámides es una imbecilidad. Ahí tengo, en una estantería, treinta o cuarenta pirámides cien veces más altas que todas las de Egipto y México juntas. Pero no por eso canto victoria porque hay por ahí demasiados ídolos que ni siquiera sé que lo son, y es probable que me esté arrodillando delante de alguno para adorarle. Porque es que, si por algo morimos los humanos con las botas puestas, eso es por correr detrás de la quimera de que picando piedras se alcanza la gloria. 

domingo, 5 de octubre de 2025

¡Malditas veleidades!

En estas acaballas, tiempo de rendir cuentas al mundo y, sobre todo, a uno mismo, de arrepentirse, de pedir perdón... ¡madre mía, pero como pude ser tan cobarde! Porque no me engaño al respecto, fue cobardía pura y dura. Fue el miedo a enfrentar la vida el que me llevó a aquellas ideologías disolventes de cariz comunitarista. Creí que disolviéndome en la masa podría relativizar el compromiso y la responsabilidad individual, los dos pilares sobre los que se asienta una vida cumplida. Así fue que construí esos pilares con barro, de resultas de lo cual vino luego todo lo demás de lo que no paro de avergonzarme en las largas noches de insomnio. 

Esas ideologías promovidas por el demonio con la finalidad de convertir el mundo en un infierno. Porque, por fin lo descubrí: el infierno es el lugar donde viven los cobardes. Pongamos que Cuba. ¿Han visto ustedes esos vídeos de cubanos entonando lamentos por su desesperada situación vital? Entre ruinas, sin comida, sin esperanza... ¿qué les llevó a estar así? Pues se lo diré: el haber triunfado entre ellos aquellas ideologías con las que yo quise zafarme de la lucha en mi tierna juventud: todo es de todos y nadie es más que nadie. En definitiva, el mundo al revés. Ahora, víctimas del triunfo de sus ideas, el llanto y crujir de dientes.

Miro a mi alrededor y veo el mundo infestado de toda esa basura ideológica que, a la postre, no es más que puta cobardía. Bueno, tampoco hay por qué extrañarse: ¿conocen ustedes a algún maestro de escuela o profesor de instituto o universidad, que no esté dedicado en cuerpo y alma a inculcar a sus alumnos el amor por el mundo al revés? La mayoría sale de esas escuelas o universidades doctorada en cobardía. Su meta no es otra que la de dejarse pastorear y odiar a los que van por libre. 

Cobardes, educando para la cobardía: eso son los sistemas públicos de enseñanza. Ningún valiente manda a sus hijos a la enseñanza pública. Ni a nada público. Ni siquiera a las mujeres... que, por cierto, son las que más gustan a los cobardes. En fin, contrición de corazón, confesión de boca y satisfacción de obra... ¿cómo podría yo satisfacer de obra para quitarme de encima esta pesadumbre? ¡Aquellas malditas veleidades!

sábado, 4 de octubre de 2025

División social del trabajo

"La misma adecuación hay en un hombre que construye su propia casa que en un pájaro que construye su nido. ¿Quién sabe si, en el caso de que los hombres construyeran su morada con sus propias manos y se procuraran comida a sí mismos y a sus familias con suficiente sencillez y honradez, la facultad poética no se desarrollaría universalmente, tal como cantan los pájaros que se ocupan en estos menesteres? Pero, ay, nos gustan los garrapateros y los cuclillos, que ponen sus huevos en los nidos que otros pájaros han construido y no alegran a viajero alguno con sus gorjeantes y desafinadas notas. ¿Renunciaremos siempre en beneficio del carpintero al placer de la construcción? ¿Qué representa la arquitectura en la experiencia del conjunto de los hombres? No me he cruzado nunca en mis paseos con un hombre empeñado en una ocupación tan sencilla y natural como edificar su casa. Pertenecemos a la comunidad. No sólo el sastre es la novena parte de un hombre; otro tanto es el predicador y el comerciante y el granjero. ¿Dónde ha de acabar esta división del trabajo? ¿A qué objetivo sirve al fin? Sin duda otro podría también pensar por mí, pero no es deseable que lo haga hasta el punto de evitar que piense por mí mismo."

Leyendo este párrafo de Walden, he recordado lo feliz que fui los días que pasé adecuando una vivienda que había comprado en Bellmunt de Segarra. Estuve haciendo de pinche de Josep María, un lugareño borracho, parrandero y jugador, que conocía todos los oficios necesarios, y unos cuantos más, para construir una casa. Fue un verdadero maestro: no pensaba por mí; me hacía pensar. Cuando acabamos aquella obra tenía la sensación de haber multiplicado por cien mis conocimientos útiles. ¿Después de saber cultivar un huerto, qué puede haber más útil que saber construir una casa?

También he recordado con aprensión el entusiasmo con el que Adam Smith describe en su famosa obra, La Riqueza de las Naciones, la fábrica de alfileres. Nos demuestra allí que si las tareas necesarias para fabricar un alfiler se reparten entre cinco operarios -cada uno de ellos especializado en una parte del proceso-, la productividad crece exponencialmente. Seguramente no hay palabra que más haya contribuido a degradar la vida en el planeta que la dichosa productividad, hija de la división social del trabajo. No hay más que asomar la cabeza por la ventana y ver toda la chatarra que hay en las calles. Pero lo peor no es en las calles; lo peor es en las cabezas de los superespecializados que acaban viendo el mundo por el ojo de la cerradura que es su especialidad. 

Seguramente el mundo es así porque no podría ser de otra manera, pero eso no quita para que podamos soñar en cómo sería si no hubiera tanta división social del trabajo y, por tanto, muchísimos menos alfileres y todas las demás manufacturas que so capa de facilitarnos la vida nos la llenan de ocio que, como bien es sabido, es la madre de todos los vicios y desesperaciones. En cualquier caso, como nos demuestra Thoreau, al respecto siempre se puede hacer algo a nivel personal. Uno puede diversificarse en varios jardines y pasarse la vida trashumando de uno a otro para que ninguno quede yermo. 

En fin, división social del trabajo, que le dicen. ¿Conocen ustedes algo en lo que se meta por medio la palabra social -o cualquiera de sus derivados semánticos-, que no acabe siendo una obra del diablo para allanarnos el camino del infierno?

viernes, 3 de octubre de 2025

Herencia franquista

Dicen las leyendas urbanas que, cuando Franco estaba ya en las últimas, el presidente estadounidense de por entonces, preocupado por lo que pudiese pasar en España a la muerte del dictador, mandó un emisario a hablar con él y, es de suponer, darle algún consejo. Pero Franco lo tranquilizó: no se preocupe usted, en España no habrá una guerra civil tras mi muerte, le dijo. ¿Por qué está usted tan seguro? ¿Acaso es porque confía en la unidad de las fuerzas armadas?, inquirió el americano. No, no es eso -contestó Franco-; la seguridad me la da el que en los últimos años se haya formado en España una extensa clase media que tiene mucho que perder si se mete en líos. 

En principio, pudieran parecer razonables las apreciaciones de Franco... pero solo en principio. Desconocía el dictador por completo el afán autodestructivo de las clases medias, vía educación de los hijos. Solo necesitó una generación aquella clase media franquista para producir una sociedad de blandengues hedonistas de las de dame pan y llámame alfombra. O, si mejor quieren, de las de, como decía Lenin: ¿libertad, para qué? Sí, esa es la cuestión, que libertad para toda esta chusma salida de la clase media franquista no es más que poder estar en las terrazas empatizando, socializando y todas esas mariconadas tan propias de los hijos castrados, hacer turismo cuanto más lejos mejor, marcarse unos cuantos tatuajes y, last, but not less, sacar a pasear el perro tres veces al día. 

A propósito de los perros, hay un video en YouTube de Antonini Jiménez, titulado: Animalismo: consecuencias fatales de llamarle a tu perro Roberto. Les recomiendo vivamente que vayan a YouTube y vean ese vídeo. La relación que los humanos han establecido con los perros nos da la clave de esta decadencia que se nos está llevando por delante. Porque en esa relación solo hay afectos y nunca compromiso... si el perro te sale mal, lo cambias por otro. Los afectos son el soporte psicológico de los blandengues; el compromiso el de los fuertes. Los afectos son instintivos; el compromiso se apoya en la razón. 

Esto de los afectos es acojonante. Iba ayer por el barrio y al pasar por delante de un colegio de primaria vi que en la fachada había pegados numerosos dibujos de los niños, todos ellos con el lema: no más violencia en el patio. No más pupas, no más raspaduras... todo así. ¡Imagínense que profesorado debe haber en ese colegio! Efectivamente, ésta es la herencia del franquismo a dos generaciones vista: una sociedad enferma de afeminamiento... que es la enfermedad más letal que puede haber a efectos de supervivencia.

Con lo fácil que hubiese sido que Franco hubiese hecho aquello para lo que, en teoría, ganó la guerra, es decir, instaurar en España los principios del conservadurismo en lo moral y los del liberalismo en lo económico, pero no, hizo, exactamente, lo que en teoría querían los perdedores de la guerra, liberalismo moral y conservadurismo económico... y por eso estamos como estamos, a bout de souffle. ¡Puto Franco!

jueves, 2 de octubre de 2025

¡Viva las caenas!

Cuando Tocqueville se dio una vuelta por los incipientes EEUU de comienzos del siglo XIX tomó buena nota de un hecho sorprendente por paradójico: los negros esclavos del sur vivían mejor que los negros libres del norte. Aquella era una época en la que el asunto de la esclavitud hacía furor; unos la querían abolir y otros mantener. Los del sur que se dedicaban a la agricultura, mantener; los del norte, que eran predominantemente industriales, abolir. La cosa, como todo en este mundo, no era en absoluto inocente ni propiciada por cuestiones morales, sino por el cálculo económico. A la agricultura le salía más baratos los obreros esclavos y, a la industria, más baratos, los libres. Es por el dinero por lo que la gente se mata, aunque, luego, para tranquilizar la conciencia, se quiera hacer ver que es por cuestiones morales. El sur agrícola y el norte industrial no tardaron en entrar en guerra, poco después de la visita de Tocqueville, y, los victoriosos, los abolicionistas, se apresuraron a revestir su triunfo de justicia divina. O sea, igual que ha pasado y pasará con todas las guerras: nunca las ganaron, ni las ganarán, los malos de la película.  

Por cierto, que Aristóteles filosofa largo y tendido sobre la esclavitud, para justificarla, por supuesto. Hay que tener en cuenta que en tiempos de Aristóteles la sociedad era predominantemente agrícola; muy otras, sin duda, hubieran sido sus deliberaciones, si aquella sociedad hubiera tenido un componente industrial significativo. Así todo, las cosas no son sencillas. Recuerdo una película española, de por los años setenta del siglo pasado, en la que Fernando Fernán Gómez interpretaba a un profesor universitario que decide, por considerarlo muy ventajoso para él, contratarse como esclavo en casa de una familia acaudalada. Allí lo tenía todo resuelto a cambio de educar a los niños de la casa. Comida a las horas, casa caliente en invierno, ropa limpia y, sobre todo, nada de burocracias. Y, para redondear, seguro que había por allí alguna criada a la que hacerla pasar un buen rato. 

Pues sí, señoras y señores, es mucho más paradójico de lo que a primera vista pudiera parecer esto de la esclavitud. El libro de Thoreau que estoy leyendo no para de incidir sobre tal paradoja. No cabe duda de que, para Thoreau, civilizarse es, en gran medida, esclavizarse. El proceso civilizatorio no es otra cosa que convertir en necesidades perentorias lo que son caprichos prescindibles. Al final, el pretendido civilizado no hace otra cosa en su vida que correr tras las quimeras que alguien le metió en la cabeza. No sé ustedes, pero servidor tiene sobrada y cumplida experiencia sobre el particular. 

Porque ese es el asunto, que nos han hecho creer que los que viven en casas confortables piensan mejor, que es de lo que se trata, que los que viven en tiendas. Pues yo les puedo asegurar que eso es mentira; allí donde hay hombres, dice La Bruyere en uno de sus aforismos, se piensa correctamente. El problema entonces, sería, que muy pocos llegan a hombres; la inmensa mayoría prefiere instalarse en la infancia permanente, siempre a la búsqueda de padres castradores... se vive tan seguro a la sombra de un padre castrador; de qué, si no, iba a existir el socialismo. ¡Sí señor, viva las caenas! 

miércoles, 1 de octubre de 2025

Cadenas

Cada vez me cuesta más cumplir con esta obligación que me he autoimpuesto de escribir todas las mañanas un post, que le dicen, para publicarlo en este blog. También me cuesta cada vez más realizar los ejercicios físicos que se supone me van a ayudar a mantener la autosuficiencia. Se necesita mucha voluntad para no abandonarse a los elementos y que sea lo que Dios quiera. Voluntad y, también, el autoconvencimiento de que alguien cuenta conmigo. Tener la sensación de servir para algo es, quizá, el mayor motor de vida que existe. Pero, en fin, no son más que suposiciones. 

¡Tanto tiempo para pensar! Sigo con la lectura, a pequeños sorbos, de Walden. Walden es el pensar incesante de un ocioso que en un tiempo pasado se empapó del pensamiento de las que se supone fueron las mejores cabezas de la antigüedad. Digamos que, ello, le permitía pensar con cierto método, lo cual vendría a ser la enjundia de cualquier literatura digna de tal nombre. Pensar con método, eh ahí la dificil cuestión que nos plantea la vida. Porque, no nos engañemos, pensar con método es el privilegio de unos pocos, entre los cuales es casi seguro que no nos encontremos. Así, que, amigos míos, seamos humildes so pena de no parar de meter la pata.  

Reflexionar sobre la civilización. ¿Qué es ser civilizado? ¿Qué es ser salvaje? A las afueras del pueblo donde vivía Thoreau, un grupo de indios había instalado sus tiendas. Vivían allí tan ricamente creando con ello, respecto de los civilizados invasores anglosajones, un contraste que era manantial inagotable de reflexiones para Thoreau. Los indios iban y venían de aquí para allá y en unas pocas horas tenían sus tiendas plantadas en las que parecían vivir a plena satisfacción. Los civilizados, por contra, vivían en una casa inamovible que la mayoría no conseguía pagar del todo en su vida. Las cuotas de la hipoteca eran como los eslabones de una cadena que les tenía atados a trabajos miserables; a la postre, la ambición de tener una casa, digamos que civilizada, se pagaba con esclavitud. Sí, eso es lo que nosotros llamamos civilización, la esclavitud envuelta en papel de regalo. 

Personalmente, me he pasado la vida tratando de zafarme del sentimiento de esclavitud que me producían los trabajos que me procuraban la subsistencia. Digamos que a los cuarenta años ya estaba parcialmente liberado, y a los cincuenta y tres, si no total, casi. No ha sido fácil saltarse la corrección. Es como si hubiese tenido que vivir a hurtadillas; sabía a ciencia cierta que los esclavos que desconocen su condición no perdonan a los que dieron con el portillo del caer en la cuenta y saltaron por él. Así uno se convierte en un espejo en el que muy pocos soportan mirarse. 

En fin, la civilización, no hay día en el que no sueñe con zafarme un poco más. ¿De qué me puedo deshacer hoy, me digo? Tengo unas cuantas cosas en el punto de mira -él ordenador, el móvil-, pero por el momento no me atrevo... y me temo que voy a ir de aquí arrastrando esas las cadenas.